"Que vuelva la calma"

Manuel Zelaya, presidente depuesto de Honduras.
Image caption Muchos hondureños no están favor o en contra del regreso de Zelaya, sino que reclaman "tranquilidad".

“Queremos trabajar, que los niños vayan a clases, que se acabe el toque de queda”, dice una señora que no quiso ser identificada.

“No le quiero dar el nombre porque tengo miedo. A mí no me importa que Mel (Zelaya) vuelva o no vuelva, yo lo que quiero es tranquilidad”. Y muchos en Tegucigalpa piensan como ella.

Aquí se han alternado en el poder el Partido Nacional y el Partido Liberal y muchos de los ciudadanos comunes y corrientes se sienten al margen de ese bipartidismo.

“Los políticos se dedican a robar, de los dos lados, y yo tengo que alimentar a mi familia. Yo lo que quiero ahorita es que vuelva la calma al país”, dice un taxista que ha visto sus ingresos afectados por el toque de queda instaurado en el país desde las 10 de la noche a las 5 de la madrugada.

Tampoco le han venido bien las manifestaciones diarias a favor y en contra del gobernante derrocado. “Claro que ha bajado el trabajo y nadie sabe qué va a pasar aquí”, dice mientras esperamos en una esquina porque una marcha tiene bloqueado el camino.

¿Cuánto apoyo popular tiene Zelaya?

Lo mismo en los comercios, los bancos, las oficinas públicas. ¿Hasta qué hora está abierto? “Pues no se sabe, ya ve usted como están las cosas, todos los días cerramos a una hora diferente”, dice un vendedor.

Un señor de unos 60 años sentado en una banca de madera ve pasar la vida como si él ya hubiese renunciado a todo. “¿Qué se puede hacer? Nosotros somos un país hermoso, tenemos riquezas, tenemos gente linda. Pero estamos perdidos. Ahora se han ido los turistas… yo no sé si quiero que vuelva Mel. Yo no se qué es mejor o peor”, comenta.

“Lo que pasa es que la gente ve cómo se están enfrentando chavistas y antichavistas y quieren olvidarse de todo eso”, señala Manuel Torres, periodista hondureño.

“Zelaya había ganado bastante apoyo cuando subió el salario mínimo y con la aplicación de medidas asistencialistas, pero claro, no se han dado a conocer mediciones confiables para saber el nivel de respaldo”, agrega.

Sin duda el aumento del salario mínimo fue una medida que tuvo efectos en la sociedad hondureña. Unos la calificaron como “justicia social” y otros dijeron que era un atentado contra el aparato productivo y empezaron a despedir gente.

“Pa eso nos sirvió el aumento del sueldo mínimo. Pa que nos echaran del trabajo. Yo perdí el empleo porque mi patrón dijo que no podía subirnos el salario y que entonces nos fuéramos. Así no más fue”, dijo un taxista que estaba muy molesto con lo que él calificó como un “populismo envenenado”.

El sentimiento “antichavista”

Image caption Los seguidores de Zelaya exigen que se le devuelva la Presidencia al mandatario depuesto.

Uno de los factores que colaboró en la polarización social fue el vínculo entre Zelaya y el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Esa relación aquí en Honduras fue percibida como una alianza mortal. Un país que en los años ‘80 fue la base militar desde donde Estados Unidos coordinaba las operaciones contra los gobiernos de izquierda, de pronto transformado en un país bajo la esfera de influencia de Venezuela, Nicaragua y Ecuador.

¿No cree que la amistad con Chávez le jugó en contra al gobierno de Zelaya? Le pregunté a Rodolfo Pastor, ex ministro de cultura, que conversó con BBC Mundo desde la clandestinidad.

“El presidente Zelaya resolvió el problema del abasto del petróleo con un precio preferencial por parte de Venezuela. La relación con el presidente Chávez era una relación estratégica, pero nunca pudimos explicarle bien a la población que era nada más que eso. Se le representó como una relación peligrosa”

Pero la oposición insiste en que Zelaya quería instaurar el comunismo en Honduras, algo que jamás sería permitido en un país que históricamente siempre estuvo ligado a EE. UU.

De hecho ven a Zelaya como un traidor. Un empresario de buena familia que no parecía amenazar los intereses de los inversionistas ni la empresa privada, de pronto, aparece como íntimo amigo de Chávez. A sus ojos, eso sólo podía ser una traición.

Y no sólo lo vio así la oposición. También dentro del partido gobernante, porque aunque parezca insólito Roberto Micheletti –el presidente interino designado por el Congreso tras el golpe de Estado del 28 de junio- es del mismo partido que Zelaya.

Más allá del blanco y negro

Image caption Los detractores del presidente depuesto critican los vínculos de Zelaya con Chávez.

Honduras es un país polarizado. El tercero más pobre de Latinoamérica y con los mismo problemas que el resto de las naciones centroamericanas: altos índices de criminalidad, desempleo, impunidad.

En las calles de Tegucigalpa las opiniones están divididas. No sólo a favor o en contra del regreso del depuesto presidente Manuel Zelaya, porque hay muchos matices en el medio.

“Yo no voté por Mel (Zelaya). Ni voy a votar por él, ni por su partido en las próximas elecciones. Pero yo quiero que vuelva para que lo dejen terminar su período porque eso es lo que corresponde. Que lo dejen terminar”, me dice el trabajador de un hotel en el centro de Tegucigalpa.

“Mel subió el salario mínimo casi al doble y eso los empresarios no lo pudieron aceptar. Fue un golpe bajo para ellos. Entonces lo que hicieron fue ponerse a despedir gente y a recargarle el trabajo a los que se quedaban”.

Según este trabajador, aquí en Honduras el pobre siempre va a seguir pobre y frente a eso no hay nada que hacer.

Él tiene seis hijos y desde el golpe de Estado están todos en la casa. Su hijo mayor estudia medicina y los otros más pequeños han perdido las clases.

“Hasta yo me he tenido que quedar a dormir en el hotel por el toque de queda. No nos podemos ir a la casa porque nos detienen”.

“Que las cosas se queden como están”

Otros, que tampoco son pro Micheletti, dicen estar cansados de tanta inestabilidad y no quieren que vuelva Zelaya simplemente porque están cansados de la inestabilidad.

“Mejor que las cosas se queden como están”, dice el señor que vende bananas en la calle.

¿Es él un pro o un anti zelayista? Difícil decirlo, es más bien el señor que vende bananas que quiere que lo dejen en paz y que probablemente no va a votar en las próximas elecciones, cuando sea que se celebren.

“Yo no le creo a nadie”, dice, mientras empuja el carrito con las bananas al tiempo que cruza frente a un grupo de militares apostados en la calle.

Adelanto de elecciones

La tesis de adelantar las elecciones previstas inicialmente para noviembre es la que, al parecer, se está imponiendo en las esferas diplomáticas.

Aquí la gente lo ve como una buena salida también. Que la población vaya a votar en agosto o septiembre y entonces asuma el poder un nuevo gobierno.

“Sí, que adelanten las elecciones y que vamos a votar y que tengamos un nuevo presidente. Ni Zelaya, ni Micheletti”, dice una dueña de casa con las bolsas del supermercado en la parada de autobús.

El punto controvertido en ese escenario es qué va a pasar en el período entre hoy y los comicios. Dos o tres meses de incertidumbre en un país donde dos personas se reclaman ser el presidente “legítimo”.

Zelaya tiene el respaldo internacional y Micheletti tiene el apoyo de los empresarios. En el medio, la gente sigue manifestándose a favor y en contra del depuesto gobernante.

Pero también están los otros, los que no se manifiestan, que son muchos y que preferirían cerrar los ojos para que todo esto acabe lo antes posible.

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