"Que no se quede ninguno de los dos"

Tiene apenas 26 años. Es trabajadora, madre y estudiante. Cada día se levanta a las 4.30 de la madrugada para cocinar, llevar a su hija a la guardería y tomar el autobús para dirigirse al lugar donde comienza a vender cafés a las seis de la mañana.

Image caption Erika cocinando en su casa.

Y por las noches estudia. Está haciendo todo lo posible por terminar la secundaria pero, claro, con el golpe de Estado en Honduras, lleva casi dos semanas sin clases.

Con la crisis que existe en el país, un día perdió el bus y llegó una hora más tarde al trabajo. Le descontaron tres días de su salario. Un salario mínimo de 5.500 lempiras, unos US$300 al mes.

BBC Mundo quiso descubrir cómo es la vida de una familia hondureña bajo el golpe de Estado.

Y para eso compartimos un día con Erika Almedares, habitante de Santa Fe, en el norte de Tegucigalpa.

Ella está siguiendo atentamente las conversaciones que a partir de este jueves se llevan a cabo en San José de Costa Rica para saber si es posible que exista un acuerdo entre el depuesto presidente Manuel Zelaya y el gobernante de facto, Roberto Micheletti.

Erika cuenta su historia a BBC Mundo.

No sabía lo que estaba pasando

El día del golpe yo venía en un autobús. Pasamos por afuera del Estado Mayor y nos detuvieron. Subieron cinco militares con sus metralletas y nos dijeron que no podíamos pasar.

Sentí miedo. No sabía lo que estaba pasando. Llamé al jefe y le dije que me regresaba a mi casa, que no podía ir a trabajar. Andaban helicópteros en el cielo. Fuimos con mi suegra a comprar azúcar, arroz, aceite, leche para la niña y maseca (masa preparada para las tortillas)

Fui a comprar gas y había una cola de al menos 50 personas. Ese día cocinamos con fuego. Todavía es difícil conseguir gas. Ahora estoy cocinando con estufa eléctrica y cuando se va la luz, uso leña.

Suben los precios

El maíz subió de 18 a 20 (US$1) lempiras. El café sólo subió a 30 centavos, menos mal.

Image caption "Me parece triste lo que está pasando en el país."

Los negocios han cerrado más temprano. Las farmacias, por ejemplo. También los restaurantes. Es que hemos tenido toque de queda.

Cuando me vengo a trabajar, dejo a mi niña con mi suegra. Hoy fue por primera vez al kinder desde que empezó el golpe de Estado porque las clases estaban suspendidas.

Pero la mayoría de las secundarias y las universidades siguen cerradas. Algunas primarias han abierto, pero no todas.

Estudiante de negocios

Estoy sacando negocios en la nocturna. Desde el golpe nunca más fui. Me falta un año para terminar y si después sigo estudiando, podría trabajar como contadora.

Yo la verdad es que nunca había tocado una computadora. Llevo tres clases de computación. Me gusta mucho. Me gustaría estudiar informática y también un idioma para encontrar un buen trabajo.

Aquí el sueldo normal, promedio, es como de unos US$500 al mes. Yo gano alrededor de US$300, que es el sueldo mínimo. Trabajo ocho horas al día, seis días a la semana, con derecho a un día libre.

Image caption Erika con su hija Sthefany, de cinco años.

Me levanto a las 4:30 de la madrugada y despierto a mi hija a las cinco. Le hago la merienda, me hago "la burrita" para mí y para mi esposo.

Me vengo a trabajar con mi esposo en motocicleta, pero cuando no se puede, me vengo en autobús. Se demora como una hora más o menos.

Salgo a eso de las 15:00 del trabajo y voy a buscar a mi hija donde mi suegra. La lavo, la cambio, le doy comida y la vuelvo a dejar donde mi suegra.

A las 17:30 me voy a clases y ya no regreso a la casa hasta las 10 de la noche, más o menos.

Vengo de “Los Nanzales”

Yo soy de una aldea muy pobre que se llama Los Nanzales, en el sur de Honduras. Es el último pueblo de Sabana Grande.

Mi madre desapareció cuando yo era niña y entonces me crió mi abuela. Mi abuela no sabe leer, pero se preocupó de que yo estudiara.

Ella sigue viviendo allá en Los Nanzales. Yo le mando todos los meses un poco de mi sueldo y una carta para que se la lean. Tiene 76 años.

Cuando cumplí los 13 años decidí venirme a Tegucigalpa. Trabajé como sirvienta varios años y vivía en las casa donde trabajaba. Busqué suerte en San Pedro Sula, encontré a mi madre y cuando tenía 16 años decidí volver a Tegucigalpa.

Era menor de edad y me vine sin rumbo. Me fui caminando a una colonia rica para buscar trabajo en alguna casa. Toqué un portón como si fuera un peregrino. Andaba con mi mochila. Estaba lloviendo.

Le dije a la señora: "Soy de Sabana Grande y estoy buscando trabajo”. Al principio no querían recibirme, porque no me conocían, pero al final me recibieron. Ahí estuve cuatro años. Comí en la mesa de ellos y les cuidé sus dos niñas.

Ahorré dinero

Iba a cumplir 19 años cuando decidí estudiar. Me fui a vivir a una "cuartería", una casa dividida en cuartos pequeñitos. Junté 5.000 lempiras y me arrendé un lugarcito. Lo hice en nombre de Dios.

Image caption Erika en el mecado de Santa Fe

Conseguí trabajo vendiendo helados y ahí fue cuando conocí a mi esposo. Vi que me trataba bien, que me respetaba. A veces me llevaba comida o regalitos. Y él ya había terminado la secundaria. Tenía su educación.

Se dieron las cosas, ni cuenta me di y quedé embarazada. En esa época yo trabajaba y estudiaba, y se me vino el mundo encima.

Nos fuimos a vivir juntos a un cuarto. Humildes pero juntos. Y ahí estuvimos mucho tiempo viviendo en la cuartería. Hay que compartir el baño, la pileta y a veces uno dejaba ropa para que se secara y cuando ibas a buscarla ya no estaba.

Pero lo bueno es que el año pasado nos vinimos a esta casa. Eso gracias a que subió el sueldo mínimo de 3.000 a 5.500 lempiras.

Me parece bien que estén dialogando

Me parece triste lo que está pasando en el país porque no sabemos a dónde van a llegar las cosas. Yo creo que vamos a comer sólo los que tenemos empleo.

Dice Micheletti que podemos resistir seis meses. Pero en mi trabajo han bajado las ventas y tengo miedo de quedarme sin empleo.

A muchos les molesta que vuelva Mel (Zelaya) porque podría haber enfrentamientos entre militares y civiles. Quién sabe.

A mí me parece bien que estén dialogando porque somos humanos. Tenemos que comunicarnos unos con otros en paz.

Que no se quede ninguno de los dos

Image caption Mercado de Santa Fe, en el norte de Tegucigalpa.

A nosotros, los hondureños, nos da miedo que Hugo Chávez intervenga en nuestro país. Eso no nos gusta. Pero creo que Mel hizo cosas buenas por los pobres, como subir el sueldo mínimo.

¿Que vuelva o que no vuelva Zelaya? No sé, a mí no me gusta Micheletti. Lo mejor es que se adelanten las elecciones y que no se quede ninguno de los dos. Simplemente para evitar problemas.

A mí me gusta Mel. Las soluciones duelen, la vida cuesta. Hay que buscar una solución equitativa.

Tengo fe en el diálogo de Costa Rica. Me gusta el señor Arias, tiene muy buenas maneras.

En el nombre de Dios, que encuentren una solución y que yo pueda volver a clases. Eso me gustaría.

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