Brasil: el auge del turismo sexual que busca niños

Jóvenes prostitutas brasileñas.
Image caption La reputación erótica del país atrae a un tipo de turista indeseable.

Gran parte de la demanda de los turistas que viajan a Brasil en busca de relaciones sexuales la están satisfaciendo niños, reveló una investigación de la BBC.

Su pequeño bikini deja al aire su exigua contextura. No parece mayor de 13 años y es una de las decenas de niñas que se pasean en la calle en busca de clientes, bajo el sol abrasador de la mediatarde.

La mayoría proviene de las poblaciones marginales de los alrededores, las favelas.

Mientras estaciono el coche, la niña da unos pasos de baile provocativos para atraer mi atención.

"Hola, me llamo Clemie, ¿quieres programa?", pregunta. "Programa" es la palabra en clave para referirse a una hora de actividad sexual.

Clemie solicita menos de cinco dólares por sus servicios. Una mujer mayor se me acerca y se presenta como su madre.

"Usted puede elegir otras dos chicas, de la misma edad que mi hija, el mismo precio", explica.

"Lo puedo llevar a un motel donde se alquilan cuartos por hora".

Me disculpo y me encamino hacia los burdeles y los bares del cercano barrio rojo.

El Mundial en cuatro años

A pesar de que me han asegurado que la policía la persigue, lo cierto es que hay escasa evidencia de que la prostitución infantil esté desapareciendo de las calles de Recife.

En cuatro años más, el país será el anfitrión de la Copa Mundial de Fútbol, lo que impulsará enormemente su economía.

Brasil ha eludido los estragos del declive económico mundial gracias, en parte, a sus exóticas e interminables playas, las que atraen cantidades de turistas sin precedentes.

La reputación erótica del país ha atraído por mucho tiempo un indeseable tipo de turista.

Casa semana, operadores especialistas en vacaciones traen, en vuelos charter, a miles de europeos solteros que vienen en busca de relaciones sexuales por poco dinero.

Menores de edad

Cuando cae la noche, despierta el campo de operaciones del llamado turista sexual en Recife, en el estado de Pernambuco.

Image caption Ronison e Iván tienen 14 y 12 años respectivamente y ya se prostituyen para sobrevivir.

Las prostitutas se mezclan con los turistas, les bailan al lado y buscan con los ojos el potencial acuerdo.

La edad legal para la prostitución es 18 años, pero muchos se ven bastante menores.

Los taxistas trabajan con las niñas demasiado jóvenes para entrar los bares. Uno me ofrece llevarme a un motel local y dos chicas por el precio de una.

"Son menores de edad, así que salen más baratas que las mayores", explica mientras me presenta a Sara y María.

Ninguna de ellas hace el menor amago de esconder su edad. Una sujeta en las manos una cartera rosada, brillante, tipo Barbie. Ambas están de la mano, aterrorizadas ante la perspectiva de un potencial cliente.

El barrio rojo de Recife está atestado de coches que pasan lentamente frente a grupos de niñas que lucen su cuerpo.

Una de ellas, Pía, viste una camisilla rosada y minifalda. Tiene 13 años y acepta hablar conmigo sobre su vida como prostituta infantil.

Me explica que trabaja todas las noches, hasta la madrugada, en la misma esquina, para poder financiar su consumo de crack y el de su madre.

"Normalmente, tengo más de diez clientes por noche. Me pagan cinco dólares y medio cada uno, suficiente para una roca", dice.

Por seguridad, Pía trabaja con un grupo de niñas mayores que actúan como proxenetas, cuidando el dinero y velando por las más jóvenes.

"Hay muchas niñas que trabajan aquí. No soy la más joven, mi hermana tiene 12 y hasta hay una de 11 años."

Pía está preocupada por su hermana.

"No hemos visto a Blanca desde que se fue con un extranjero, hace dos días", afirma.

Pía empezó a trabajar como prostituta a los 7 años. UNICEF estima que hay unos 250.000 niños en Brasil que se prostituyen como ella.

"He estado haciendo esto hace tanto tiempo que ya ni siquiera pienso en los peligros", me dice Pía.

"Los extranjeros se aparecen así como tú. He estado con muchos de ellos."

Redadas

Apenas a un par de calles de distancia, la vereda está llena de trasvestistas que buscan clientes. Entre ellos, Ronison, de 14 años, e Iván, de 12.

Los primos se ven muy convincentes con sus tacos altos, minifaldas, blusas y su grueso maquillaje.

"Necesitamos ganar dinero para comprar arroz y alimentos básicos para nuestras familias", explica Ronison alisándose el pelo.

"Nuestros padres no se preocupan demasiado por nosotros. Les decimos que ya volvemos y, después, les damos el dinero para comprar comida. Saben cómo lo conseguimos, pero es algo que no se discute".

La mayoría de los turistas sexuales visitaba la ciudad de Fortaleza, a unos 750 kilómetros. Ya no.

Desde el año pasado, la capital del estado de Ceara -que también será sede del Mundial de Fútbol - ha estado enviando un mensaje claro: el turismo sexual no es bienvenido.

Image caption Los cuartos de motel en Recife se alquilan por hora.

Cada semana, una decena de coches con agentes de la policía armados con AK-47 hacen redadas en las calles del barrio rojo, echando abajo las puertas de los moteles y burdeles, arrestando clientes y llevándose a los menores a instituciones.

Eline Marques, la secretaria del estado para la protección infantil de la ciudad, afirma que las incesantes redadas están dando resultado.

"Hemos cerrado muchos locales en Fortaleza. Calles enteras están libres de prostitución ahora.

"Mi objetivo es intensificar estas redadas para llegar a tiempo a la Copa Mundial, atacando aquel turismo que es el que produce la prostitución infantil", expresa.

Otros estados dicen estar observando el desarrollo de la campaña de Marques y, de demostrarse exitosa, la pondrían en práctica ellos mismos.

Aterrada

Pero, por cada burdel que se cierra, por cada turista sexual arrestado, quedan víctimas en el camino.

Image caption La ciudad de Fortaleza no quiere ver turismo de tipo sexual en sus calles.

Muchas son trasladadas a instituciones de beneficencia. El Centro de Recuperación Rosa de Saron, cerca de Recife, no tiene vacantes porque no puede devolver a las niñas a la pobreza que las empujó a la prostitución.

Las niñas llegan aquí desde todo Brasil.

María, de 12 años, quiere vivir con su madre, pero no puede, dado que su proxeneta, que la forzó a trabajar en las calles y prostíbulos, amenazó con matarla si trataba de escapar.

Me dijo que aún vive aterrada.

"No tengo alternativa, sino hacer lo que dice. Sentía que estaba perdiendo mi niñez, tenía apenas 9 años", asegura.

"Tenía miedo. A veces, si llegaba sin dinero que darle, me golpeaba".

Jane Sueli Silva, quien fundó el centro, dice que la mayoría de las niñas tienen entre 12 y 14 años cuando llegan.

"No son pocas las que llegan con problemas graves, como cáncer cervical".

"Como el cáncer se encuentra generalmente es sus primeras etapas, podemos ayudarlas y gracias a Dios la cura es casi siempre un éxito", afirma.

Otras niñas llegan embarazadas de algún turista.

Esperanzas

La institución de beneficencia británica Happy Child International planea construir más centros para albergar el creciente número de niños que se prostituyen.

"El número de niños que recurren a la prostitución ha aumentado significativamente en el noreste de Brasil, en los últimos años, incentivado por el número de turistas extranjeros que viajan a Brasil en busca de relaciones sexuales", dice Sara de Carvalho, de Happy Child International.

"Es muy importante sacar a estos niños de la calle, romper el ciclo y darles un lugar seguro donde puedan vivir y recibir ayuda".

Pero las instituciones de beneficencia y las redadas policiales todavía tienen que alcanzar a niños como Pía, la prostituta de 13 años que me encontré en las calles de Recife.

Su casa era una pequeña choza que compartía con su madre, dos hermanos y su hermana de 12 años, quien todavía no regresa a casa.

No era más que una pieza cayéndose a pedazos, con dos sofás que hacen las veces de cama y un cubo de plástico para lavar la ropa y los platos.

Pía confía en que alguna vez podrá dejar la prostitución. Ha oído hablar de que hay instituciones que proporcionan un hogar para niñas como ella.

"Todos los días le pido a Dios que saque de esta vida. A veces paro, pero después vuelvo a las calles en busa de hombres. La droga es mala, la droga es mi debilidad y siempre hay clientes dispuestos a pagar."

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