Defensa de las víctimas rubias

  • 28 enero 2014
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María, Madeleine y April Image copyright PA
Image caption María, Madeleine y April: Tres ejemplos de tristes historias que ojalá no tuviéramos que escribir.

La última vez que escribí en este espacio, mi blog sobre María, la niña búlgara que fue hallada en un campamento gitano en Grecia generó numerosos comentarios, mucho positivos, pero también duras críticas de quienes pensaban que sólo habíamos cubierto su historia porque era rubia.

Los más extremos me llegaron a tachar de racista y clasista, asegurando que si María hubiese sido morena no habríamos escrito sobre ella.

No es un tema que sólo cause controversia entre nuestros lectores; también lo discutimos con frecuencia en nuestras reuniones editoriales: si casos como éste ocurren con frecuencia, si en América Latina desaparecen miles de niños todos los días, por qué escribimos sobre algunos en particular.

Sin duda, no lo hacemos por el color de los cabellos.

Déjenme hacer una defensa de las víctimas rubias.

Image copyright AFP
Image caption Este niño en Tegucigalpa se alimenta de la basura. Otra terrible realidad que no quisiéramos que ocurriera.

El hecho de que María tenga el cabello claro no hace su caso menos trágico que el de cualquier otro menor -o adulto- que haya sufrido abusos.

Lo mismo pasa con Madeleine McCann, cuya desaparición en Portugal en mayo de 2007 dio la vuelta al mundo, o con April Jones, una niña rubia de ojos azules que fue secuestrada y asesinada en Gales en octubre de 2012. Tenía 5 años.

Escribimos sobre ellas porque el periodismo se trata de contar, analizar y entender nuestro mundo y desgraciadamente sus historias son parte de ese relato.

Las tres -y las uso sólo como ejemplo- pertenecen a distintas clases sociales. Madeleine McCann proviene de una familia de médicos acomodada, los padres de April Jones son profesionales de clase media y la pareja gitana con que vivía María asegura que su madre biológica era muy pobre para criarla.

Escribimos de ellas como hemos escrito de muchos otros niños víctimas del crimen organizado, de los conflictos bélicos, de las guerrillas, de delincuentes comunes, de mafias, del tráfico de personas, de la esclavitud.

Muchas veces víctimas anónimas, pero en otras ocasiones con nombre y apellido.

La lista es larga. Rubios, morenos, negros, castaños: da igual, todos son víctimas. Son historias tristes que se repiten todos los días en todo el mundo. Ojalá no hubiese que escribirlas.