No es fácil ser perro en Cuba

  • 29 mayo 2014
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Daymara Image copyright Alejandro Rodriguez

Ser perro en este país no es cosa fácil. Uno puede imaginarse otra cosa porque los ve por ahí, callejeando felices, merodeando pizzerías o moviendo la colita entre la gente que camina, pero la realidad es bien distinta.

Yo lo sé porque me lo han contado: digamos que tengo cierta gracia para entender ese lenguaje gestual, porque los perros no hablan.

En mi ciudad –Camagüey- , además de una cifra imprecisa pero alta de perros callejeros, existe Daymara, quien los recoge y atiende en el patio de su casa. A sus 40 años cumplidos -con un hijo adolescente- lleva más de 30 acogiendo animales abandonados.

Ahora mismo su censo arroja números increíbles: 43 perros y 17 gatos; y la tendencia es al incremento.

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Siempre que cuento su labor suele destaparse esta reacción espontánea: … ¿y esa mujer está loca?, ¿es vieja, vive sola?... Pero nada de eso, y tampoco es devota de San Lázaro. Solo que no se conforma con que la gente haya "olvidado el amor de las mascotas" en medio de las carencias materiales que atraviesa Cuba.

Sin embargo es notable -hasta paradójico-, que sean precisamente las personas de menos recursos económicos las más dispuestas a darle hogar a un animal de la calle.

El gobierno local la apoya un poco: todos los días Daymara recoge un cubo de desechos de pescado (cabezas, colas) en una empresa de la Pesca, con lo cual cubre una parte de la alimentación de su jauría.

También logró legalizar el terreno que ahora ocupa su perrera; y ha crecido el vínculo con la Universidad de Camagüey, que la ayuda de vez en cuando a través de estudiantes de Veterinaria y grupos de Bioética.

Pero además de trabajo y buena intención su noble empeño precisa recursos, muchos más de los que hasta ahora ha conseguido.

Necesita medicamentos, vitaminas, alimentos, y mejorar la infraestructura de su "patio-perrera", que aun cuando no es ideal en cuanto a espacio, pues exacerba las relaciones de dominación dentro de la manada, siempre es mejor para los callejeros que la indiferencia y la crueldad que otros ofrecen como única salida.

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En Cuba se puede obtener una licencia del Ministerio del Trabajo y Seguridad Social para criar y comerciar animales afectivos, para cuidarlos por encargo, pero no para montar una clínica veterinaria por cuenta propia.

Los veterinarios -que gozan de gran prestigio-, no están autorizados a ejercer su profesión fuera de las estructuras estatales, quizás por la falta de un mercado legal, suficiente y estable, donde adquirir los productos e instrumentos que su actividad demanda.

En los últimos años algunas unidades estatales de comercio han comenzado a expender medicamentos de factura nacional para el tratamiento de determinadas patologías, pero parecen más dirigidos a los animales de la esfera productiva que a los de compañía.

A pesar de todo, los veterinarios trabajan aquí por su cuenta, y al menos en esta ciudad no hay acoso ni persecución en contra de lo que hacen porque la mayoría adquiere sus insumos gracias a amigos que viajan o viven en el exterior del país. De cualquier forma sería mejor que navegaran en las aguas seguras de un marco legal realista.

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Sé que muchos opinan que la preocupación por el bienestar animal es casi un exceso, un lujo que no podemos darnos en Cuba mientras no mejoren las condiciones de vida de la población, marcada en general por una economía de subsistencia.

Pero las peleas de perros, o la matanza pública de cerdos, suelen ser experiencias traumatizantes para los niños, que luego solo tienen la opción de crecer insensibles ante el panorama, o bien adaptarse a convivir con él, en amarga contradicción: …un perro aplastado en la vía puede robarle la sonrisa a cualquiera, y por desgracia es una escena muy frecuente.

La higiene urbana y sus impactos en la salud indican que no solo se trata de la suerte de un animal, sino también de la preservación física y el desarrollo espiritual de las personas.

Al final somos aquí gente pobre, pero gente buena con ganas de hacer.

Alejandro Rodríguez es un joven cubano emprendedor, que dejó el periodismo para dedicarse a su negocio privado. Vive en Camagüey, una provincial en el centro de la isla.

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