Aguanta con el Mundial

  • 10 junio 2014
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Brasil 2014 Image copyright Getty

Llegó la hora que llega cada cuatro años y frente a la cual sólo puedo actuar de una manera: aguantar.

Es el evento cuyo nombre no quiero ni mencionar, aunque no hacerlo no tendrá ningún efecto mágico ni religioso: no tengo escapatoria. Durante un mes, la pelota circulará continuamente de la casa a la oficina y de la oficina a la casa.

Los oídos se me llenarán de apellidos extranjeros y de tecnicismos que mi cerebro no podrá procesar.

Los veré rebotar como balones desprovistos de significado de nuestro editor, Hernando Álvarez, a nuestro experto en deportes, José Miguel Pinochet (posiblemente los fanáticos más "movilizados" de la redacción) y al resto de redactores, incrustadas en discusiones interminables sobre lo que fue, lo que pudo ser, lo que debió ser.

A diferencia de Sudáfrica 2010, cuando la redacción de Mundo hacía vida en una oficina cerrada dentro del antiguo edificio del Servicio Mundial de la BBC, ahora estamos en medio de un piso abierto (al que nos mudamos en 2012), eso que llaman en inglés un diseño open plan.

Potencialmente, podrían unirse a la discusión los vecinos del servicio ruso, o los más remotos compañeros del servicio africano, los asiáticos y demás.

Después de todo, la cosa es Brasil. Por un mes esta esquina será la capital del mundo, como pregona a los cuatro vientos una bandera tamaño XL que un colega de la página de la BBC en portugués, con quien trabajamos hombro a hombro, desplegó la semana pasada en la pared.

En casa, el panorama es menos sombrío, si quiera porque a mi esposo le tocará dar estos debates con el televisor: a estas alturas no ha podido interesar en el asunto a su esperanza blanca, nuestro hijo de seis años.

La última vez que logró que viera un partido con él, se echó en el sofá con un libro en la mano. Cada quince minutos o así levantaba la vista para preguntar, entre genuinamente interesado y sardónico: "¿todavía cero a cero, papi?".

Ésa es precisamente la cuestión. No vengo aquí de aguafiestas: primero, porque sí me gustan los deportes (el ciclismo, la natación, el atletismo). Segundo, porque está bien, qué chévere, los mejores del mundo reunidos en torno al juego, en un espíritu de sana competencia (algún que otro empujón y mucho billete de por medio).

Incluso alguna vez me he emocionado con algún partido, siempre con equipo prestado (¡qué viva La Vinotinto!).

Pero en mi caso, parafraseando al Chavo del 8, me pasa como a mi hijo: es que no le tengo paciencia.

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Genuinamente no puedo con los partidos de fútbol.

Y cuando se acumulan, como ocurrirá ahora, el contraste entre la pasión fuera de toda proporción y la insoportable levedad (otra frase prestada) de fondo de todo aquello –multiplicada por los N partidos del calendario- se me vuelve demasiado.

Aquí en BBC Mundo tengo fama por esto. En 2010 me entregaron una sección titulada "La pelota cuadrada", con el fin de darle espacio a quienes, como yo, no comulgaban con la religión del balompié.

En esta ocasión me hice la que mira pajaritos en el cielo(*). La última vez me di cuenta de que me habían tendido una trampa: hacer "La pelota cuadrada" me obligaba a seguir el torneo, a buscar detalles curiosos, a encontrar ángulos. A interesarme, en suma.

Pero si usted, amigo lector, está en mi lado de la cancha, anímese: otros compañeros de la redacción se han ofrecido ya a hacer el trabajo.

Si bien no podemos –como otros medios- publicar un portal alternativo para los no futboleros, es parte de nuestra filosofía dar espacio a todos los puntos de vista, así como una agenda de temas lo más amplia y variada posible.

De momento, confórtese en saber que estoy con usted de corazón.

Y en la certeza de que todo lo que empieza tiene que terminar.

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*Mensaje para Hernando, editor de BBC Mundo, si estás leyendo esto: mira fijamente estas letras... i-o-i-o-i-o... Tienes muuuucho sueño... A la cuenta de tres habrás olvidado lo que acabas de leer...