La buena ciudadana

  • 19 junio 2014
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Aeropuerto

Siempre doy los buenos días, mis vecinos no tienen ni una queja de mi convivencia, mis horarios nocturnos no interfieren el sueño de los demás, enseñé a mi hijo a escuchar su rock con audífonos para ensordecerse en privado.

Ante catástrofes naturales, cuando vienen a mi puerta por ayuda, tengo lista la donación, si es que no han llegado tarde los del Comité de Defensa (ONG u organización de control del vecindario, según de dónde se mire) y ya la he enviado por vías alternativas y más dinámicas. No piso el césped ni ensucio la ciudad al azar.

El transporte urbano me da oportunidad para demostrar mi conciencia ciudadana: me excuso cuando tropiezo en la guagua (autobús), que siempre pago, cedo el asiento sin pensarlo ante una embarazada, ayudo a bajar a las personas mayores (yo casi estoy en edad de que comiencen a ayudarme a mí).

No pretendo autobombo, pero como sí pretendo volverme ciudadana empoderada, comienzo por ser una ciudadana consecuente. Por eso mismo revisé el reglamento de importación de la Aduana General de la República, para comprobar si todo lo que pensaba ingresar al país a mi regreso de un breve viaje a Perú estaba en regla.

Y era así, pero los funcionarios de aduana invocaron un artículo según el cual pueden retener contenido de mi equipaje hasta por treinta días para su revisión, y al amparo de dicho artículo me llevaron a una habitación donde hicieron un exhaustivo escrutinio de todas mis pertenencias dejando retenidos:

  • Una laptop con su cargador y su mouse
  • Cámara de video y mi vieja cámara fotográfica con sendos trípodes, cargadores y memorias asociadas
  • Dos discos externos sellados en su caja que abrieron para la inspección
  • Tableta, memoria flash y mi teléfono de Cuba que sacara la semana anterior junto con la cámara fotográfica y que en la propia aduana me habían dicho al salir que no era necesario declarar
  • Cuatro libros de la autoría de mi esposo que también salieron de Cuba conmigo y otro libro regalado, el análisis de la primera campaña presidencial de Obama en las redes sociales
  • Carpeta del Seminario Periodismo Digital y Redes Sociales – evento al que asistí en Perú - con mis notas manuscritas

Nadie sea ingenuo. No lo fui yo cuando acepté la invitación para participar en el Seminario, siendo como soy una ciudadana que pretende empoderarse al margen del diseño oficial; no lo sean ustedes al pensar que fui objeto de una equivocación o de una rutina aleatoria. Los únicos requisados en nuestro vuelo fuimos los tres que viajamos al Seminario de marras.

Mis compañeros de viaje decidieron permanecer en la sala de la terminal aérea hasta que les fueran devueltas sus pertenencias, con la decisión, si eran expulsados de allí, de mantenerse en la puerta en señal de protesta.

A mí ni se me ocurrió protestar la medida, aislada como estaba y sabiéndome objeto de una orden en la que los funcionarios aduanales solo eran el pretexto; me hizo sentir mejor pensar que mi salida permitió que a través de las redes sociales se conociera inmediatamente de la arbitrariedad, y que ese mismo día, siete horas después de aterrizar, a mis compañeros de viaje les reintegraran todo lo retenido.

La versión corta es que como el supervisor a cargo de mi inspección no solo no me habló de mis derechos, sino que se aprovechó del desconocimiento de la ley que yo tenía entonces para invocarla incorrectamente, desoyó mi reclamo de devolverme el menos el teléfono --muy fácil de comprobar que se trataba de mi línea nacional porque la empresa Cubacel es el único proveedor de servicio de telefonía móvil en Cuba-- pero como displicente me dijo que si no estaba de acuerdo me podía queja.

Asesorada por abogados, no solo hice la reclamación de mis pertenencias, sino que redacté una fundada queja y la entregué en el departamento de atención a la población de la Aduana del Aeropuerto. Ese mismo día por la tarde me llamaron al teléfono de mi hijo para decirme que pasara al día siguiente para recoger mis cosas.

Cinco horas y dieciséis disculpas después, me devolvieron todo, excepto los libros y la carpeta del seminario por el que viajé a Lima. A pesar de que de los cinco libros decomisados, cuatro salieron conmigo de Cuba, fueron escritos por mi marido, el poeta Rafael Alcides y uno de ellos, publicado en Cuba, Premio de la Crítica; a pesar de que argumenté además que los otros libros publicados en España habían sido inspeccionados por aquella propia Aduana tres años atrás. Respecto a la carpeta, qué decirles. Mi diploma del seminario, el currículo de los conferencistas, una nota manuscrita de cómo se elabora un guion técnico, todo muy peligroso y desestabilizador.

55 años después del eslogan "no creas, lee", las mismas autoridades de entonces deciden qué se puede o no leer. Recuerdo la anécdota, no sé si real o apócrifa de que luego del golpe militar en Chile, preguntaron al ya moribundo Neruda si en su casa había algún material subversivo, a lo que Neruda respondió: “Sí, la Poesía”. Por más buena ciudadana que pretenda ser, siempre seré culpable en un país donde la poesía entra en el rango de la sospecha.

Regina Coyula es bloguera, activista de los derechos humanos y crítica del gobierno cubano. Aunque reniega de las etiquetas, es considerada "disidente" en su barrio, por decir y escribir lo que piensa. Ella se considera una ciudadana crítica sin afiliación política.

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