¿No le gusta? Haga memoria

Repollitos de Bruselas
Image caption Si de niño no le gustaban...

Si la sola idea de sentir en la boca el sabor de los repollitos de Bruselas le da más nauseas que un viaje en barco en plena tormenta no se preocupe, todo se debe a los recuerdos de la comida de la infancia.

Según una encuesta reciente, estos recuerdos tienen un impacto importante en lo que nos gusta o no nos gusta en la vida adulta.

El experto en olfato Tim Jacob, profesor de la Escuela de Biociencia de la Universidad de Cardiff, en el Reino Unido, afirma que los sabores son una combinación de dos sentidos -el gusto y el olfato- y en mucha gente, dice el científico, estos sentidos son profundamente conservadores.

"Los primeros años de nuestra vida solemos ingerir alimentos que son dulces y bastante sosos", dice Jacob.

"Una vez que descubrimos qué alimentos necesitamos para sobrevivir, por qué cambiarlos? Por lo general, uno no quiere tomar riesgos".

"Debido a la forma en que se desarrolla nuestro sentido del gusto, alimentos como las aceitunas son un gusto adquirido, pero el recuerdo y las emociones están íntimamente asociados con los sabores que elegimos toda la vida".

En opinión de Jacob, nuestro paladar, cuando somos niños, no se inclina por sabores agrios o comidas ácidas y el gusto por lo salado sólo se desarrolla cuando tenemos alrededor de seis años.

"La comida de los niños es básicamente muy conservadora por razones biológicas. Pero al crecer, algunos prefieren mantenerse conservadores aunque, desde un punto de vista biológico, nuestros gustos hayan cambiado".

"Incluso nuestras preferencias por ciertos alimentos siguen iguales".

Ezquizofrenia

En el laboratorio de Cardiff, Jacob investiga qué zonas de nuestro cerebro se activan con los olores ricos y con los feos.

Varios voluntarios son sometidos con frecuencia al olor apestoso de ciertos químicos -que imitan el olor del vómito mezclado con otros olores repugnantes- así como a fragancias deliciosas como la de las rosas o las almendras.

Según Jacob, los seres humanos nos adaptamos -por lo general- más rápido a los olores desagradables que a los agradables, pero somos más sensibles a los cambios en la concentración de los olores feos que en la de los ricos.

El científico también explora la influencia del olor en la atracción y actualmente investiga la capacidad olfativa de las personas que padecen esquizofrenia.

"Los esquizofrénicos suelen recibir una abrumadora cantidad de información sensorial. Muchos, por ejemplo, escuchan voces o tienen alucinaciones. Los olores también forma parte de ese mundo", asegura Jacob.

"Nuestros estudios parecen indicar que cuanto más severa es la esquizofrenia, más sensible se torna el sentido del olfato del paciente. Sin embargo, disminuye su capacidad de distinguir entre algunos olores".

"Nuestro trabajo está actualmente en una fase incipiente, pero esperamos que dé paso a un debate para buscar distintas formas de tratar esta enfermedad", concluyó Jacob.

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