Flores del más allá

Pasillo del cementerio de Los Dolores. Foto: León Darío Peláez

El pasillo de Los Dolores es la postal preferida del cementerio de San Pedro, en el centro de la ciudad colombiana de Medellín. En el cementerio de los ricos, el de la arquitectura opulenta y la muerte disfrazada de pompa, se fotografían las tumbas de los pobres para los almanaques.

Son galerías semicirculares con bóvedas idénticas de techo a piso. Algunas en arriendo, otras compradas a perpetuidad, pero todas en propiedad horizontal. Muertos apilados, lápidas estándar, poco mármol porque es caro, un grabado de nombre y fecha, no más.

Eso es lo que dice al menos el protocolo del cementerio. Pero llegan las familias, los amores, los amantes de los que ya no están y las hileras de tumbas anodinas y grises se convierten en una vidriera de color. Traen esquelas para pegar con cinta, fotos, tarjetas de cumpleaños como si aún hubiera, muñecas, escudos de algún club de fútbol. Y muchas, muchas flores.

Rojas, agapantos, rosas, astromelias, amarillas, de plástico, del paraíso, ramos enteros, pimpollos, verdes, teñidas, recién cortadas, clavellinas baratas, calas caras, más rosas, más…

Las traen todo el año, pero hay muchas más durante los días de la Feria de las Flores, la principal festividad popular de esta ciudad.

Por eso es que el director del cementerio retrata esta galería para el almanaque, para el futuro de los vivos. Quizás porque las flores ayudan a cumplir el objetivo que se han impuesto como fundación y centro cultural: "que este lugar asociado a lo lúgubre y a lo tenebroso sea ahora un espacio para el goce y el disfrute", desea, o pretende, el coordinador académico Juan Diego Torres. A fuerza de eventos culturales, recorridos turísticos y floridas fotos de almanaque.

Ciudad de muertos

Image caption Vista del cementerio de San Pedro. Foto: William Martínez

Medellín, la segunda ciudad de Colombia, tiene un nombre y un pasado que prefiere olvidar: el del "capo" narco Pablo Escobar Gaviria y la historia desangrada que escribió el tráfico de drogas desde los años '80.

Hoy las cosas ya no son lo que eran. Ya no más el título infame de la "ciudad con más muertos del mundo" que la capital de Antioquia cargó sobre sí en 1991. Aunque el cementerio tiene las huellas de ese pasado que nadie añora.

Iván de Jesús Atehortúa lo ha visto todo. Desde hace 45 años, pasa doce horas al día a las puertas de San Pedro. Trae y vende flores. Las trae de Santa Elena y las vende a quien quiera comprarlas a precio de puerta de cementerio. "Y sí, son un poquito más caras pero poquitico", dice, como disculpándose.

Aprendió de su papá y fue florista por mandato. Comparte la cuadra con otros cinco colegas y todos toman ron en lo de don Jairo, en la esquina, quien gentilmente les guarda los baldes por la noche y les presta unas sombrillas de colores estridentes que el hollín de la Carrera 51 vuelve grises en cuestión de días.

"Toda la vida hemos vivido de esto. La comida, todo en la casa, lo que es electrodomésticos… todo todo todo es por cuenta de las flores", señala.

Festejo para muertos

Es agosto e Iván preferiría estar en la Feria de las Flores. Su familia participa en el desfile de "silletas", el mayor evento anual para un floricultor que se precie, en el que unos 500 hombres y mujeres cargan arreglos florales sobre los hombros para mostrar su destreza decorativa.

Image caption Iván de Jesús Atehortúa, florista del cementerio. Foto: León Darío Peláez

Pero él no tiene otra que quedarse aquí. "Vio que los muertos no descansan… es diario, diario. Y me gusta la 'platica'… es que soy antioqueño", dice, orgulloso de la fama que se han ganado los de esta zona por su avidez por la moneda.

Como consuelo le queda el concurso de los "Floristeros del Más Allá". Desde hace ocho años, el cementerio-fundación invita a los vendedores de flores a confeccionar arreglos alusivos a la muerte: silletas como las del desfile, pero para los fríos corredores de mármol de Carrara.

El cementerio les paga, pero ya no los premia: ya no hay jurado ni competencia. "Todos son ganadores acá en el cementerio de San Pedro", dice el director.

Iván Ateorthúa coleccionó galardones cuando todavía existían pero dejó de participar porque sus compañeros se quejaban: ganaba siempre.

- Yo las hice muy bonitas… coronas muy bonitas para las almas.

La silleta memorial de otro Ateorthúa, su hermano, está exhibida en la entrada de San Pedro. A las demás hay que buscarlas: las distribuyeron por los pasillos y galerías para invitar a la caminata. Hay una en la plaza central, cómo no, y otra en la puerta del cenizario: una corona austera digna del luto pulcro de los clientes de este espacio, el más nuevo y el más caro del cementerio.

Entierro

En la galería de Los Dolores no hay silleta de muertos. Hay muerto, muerto fresco, muerto sin enterrar. Música de vallenato de un equipo portátil, que alguien prende hasta que llega la hora de abrir el cajón para el último adiós, una costumbre arraigada en Colombia.

Image caption Entierro de hombre muerto de bala. Foto: William Martínez.

Cuando se calla el vallenato, se escuchan los gritos. Gritos, llantos, gritos, más gritos. Un muchacho fornido dirige o lo intenta: quiere poner orden para una despedida digna. Detrás de él, cuatro mujeres pelean, de puño, de empujón, para llegar al mero centro del tumulto. "¿Cómo fue capaz de hacer eso? ¡Mucha gonorrea! ¿No ve que yo fui su esposa?", vocifera una mulata. Le grita a otra, más baja, más corpulenta, más compungida, que se deja sacudir por ambos brazos, se corre y le da paso.

Gritos sobre el silencio de vallenato. Sobre una de las columnas, cinco niños parecen olvidados. La mayor no debe tener más de 13 años: "Mi papá, mi papá, mi papá… papá". Las trenzas le cubren la cabeza, los brazos le cubren la cara. Nada cubre el lamento largo y letárgico, la congoja sin llanto de la hija del muerto.

Finalmente se abre el cajón y el grito aumenta. No hay caso, no habrá despedida. El fornido decide que ya está bien de escándalo y que el muerto se va sin más demoras a su bóveda, en la cuarta fila contando de arriba. En cuestión de minutos, un empleado del cementerio alisa el frente con cemento y escribe con su espátula: JJPL, 5 de agosto.

Parados a distancia respetuosa, están los "vitrinos" de la funeraria El Socorro: mujeres y hombres bellos, muy 90-60-90, contratados para engalanar el cortejo según marcan la costumbre en esta ciudad. Reparten tarjetitas y explican la historia del muerto, la poca que conocen, a quien quiera preguntarla. Que tenía 42 años, se llamaba Juan José y murió de bala.

Narcos y sicarios

Image caption Los hijos del difunto lloran desconsolados. Foto: William Martínez

El cementerio no tiene estadísticas sobre muertes violentas. La alcaldía contabilizó 1.044 el año pasado, más que en 2007 pero una sexta parte de las de la Medellín salvaje de hace dos décadas. En San Pedro hacen un cálculo grueso: 3 de cada 5 de los que llegan han sido asesinados en enfrentamientos de pandillas, ajustes de cuentas o luchas barriales.

Y aunque –según confirma la Alcaldía- el narcotráfico sigue peleando por las plazas de venta de drogas en los barrios, en el cementerio no hay ya rastros de los licores y los cigarros y las estampas de motos que dejaba el sicariato de los '90 para marcar territorio también en la ciudad de los muertos. Las galerías sólo tienen flores.

"Cuando la época de Pablito Escobar era muy fuerte esto, las balaceras a cada rato… Tírese al piso, tín, tín, tín… qué peligro. Pero uno se acostumbra", dice Iván el florista, mientras agarra con fuerza el rosario de cuentas cuadradas que lleva al cuello. Y no lo suelta, como si pidiera amparo ante tanto recuerdo.

Le iba bien a Iván en los días de los carteles. Llegaban las viudas de los narcos, elegían flores a granel y se llevaban un arreglador particular para armar el ramo a las puertas de la tumba misma. Le pagaban 300 mil pesos (US$155), "y eso sí era plata pues".

¿Violencia nueva?

Ahora, dice, la situación se está poniendo "un poquito peor". La Alcaldía no oculta su preocupación cuando da cifras: en 2008, por primera vez en una década, el índice de muertes violentas se incrementó respecto al año anterior. Un 35%.

Image caption Puestos de flores en la entrada del cementerio de San Pedro. Foto: León Darío Peláez

La tasa de homicidios de Medellín es hoy de 33 muertes cada 100 mil habitantes, mientras Santiago de Chile tiene menos de 2 y San Pablo, una de las urbes sudamericanas con mayor criminalidad, apenas supera las 10. Las autoridades señalan que, desde hace unos meses, recrudeció la lucha entre bandas y, como antídoto, ellos no hacen más que invertir en cultura: US$ 50 millones, un generoso 5% del presupuesto anual.

Iván no opina, dice que no sabe. Que mejor no meterse, que para qué. Él más bien se concentra en cortar tallos, envolver ramos, gracias señora, su cambio y mi más sentido pésame.

- No pregunto. Es que se acostumbra uno a ver tanto entierro... los que lloran, los callados... Yo vendo, nomás.

Y así se van yendo, con tallos chorreando, uno a uno, los más de mil ramos que trae al alba. Junta sus cuchillos, arrincona contra el árbol sus tres mesas chuecas y guarda algunas flores al reparo para mañana.

Las más feas, las que ya nadie quiere comprar a sus muertos, se las regala a Adán, un señor muy amable que carga agua en los botes a cambio de flores mustias.

Adán, pelo blanco y ojos casi ciegos de cataratas, encorvado quizás de tanto acarrear balde, se queda en la cuadra cuando todos se van. Ahí empieza su negocio de noche, con las motos de paso y los transeúntes tardíos. Salen a un dólar el ramo, pero si alguien le ofrece un poco menos cierra el trato. A las flores, dice, es muy triste botarlas sin más.

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