Silleteros por honor

Cuando Orlando Grajales viajó al Disneyworld de Osaka le dieron una instrucción clara: usted haga su trabajo, m’hijo, pero allí que no quede ni una hojita ni un petalito tirado.

Image caption Floricultores de Santa Elena arman sus "silletas" para el desfile. Foto: León Darío Peláez.

- Usted vio que los japoneses son gente muy perfeccionista. Así que me esmeré… y fue un lujo.

Dice que hizo la mejor silleta de su vida. Una estructura cónica con palos de madera cortados al milímetro, sin astillas ni puntas ásperas, y armazón pintado en lugar de la tradicional madera viva. Las flores las llevaron en avión y las pegaron de apuro: pompones, siemprevivas y botones de oro, las que más duran, para dar forma a una bandera colombiana, una inscripción con kanjis y un montón de ramilletes de relleno. Una silleta de exportación para exhibir a Mickey y sus amigos.

Hasta que inició su carrera internacional Orlando había vivido siempre en Santa Elena, en un cerro al este de Medellín al que se llega por una carretera ondulante. Un poblado de muchas fincas repartidas en 17 veredas, dice y dibuja el mapa sobre la etiqueta de una botella de cerveza. Su familia, que llegó aquí en el 1900, celebra este territorio por sus cualidades climáticas, que les han permitido desplegar la floricultura a escala industrial, de la que vive Santa Elena y de la que parecen enorgullecerse todos los "paisas", como se llama a los habitantes de esta región de Colombia.

Los Grajales cultivan flores desde 1920 y ya durante la Segunda Guerra vendían sus tallos en cajones de cartón a Panamá. Tenían entre sus clientes a los soldados estadounidenses apostados en el istmo, que no ahorraban gestos de galantería para conquistar a las locales.

Orlando camina entre hortensias decorativas y caléndulas medicinales y estrellas de Belén y lirios peruanos y matas de ruda y ajo que se plantan para proteger a las flores más vulnerables. Las niñas mimadas son los cartuchos blancos, que cuando se exportan se llaman calas, según dicta el mercado. Hasta aquí llegan las empresas compradoras, que revisan tallo a tallo, hoja a hoja, antes de empaquetar aquello que se llevan. Las torcidas o manchadas, no gracias. Nueve de cada diez flores que se venden en Estados Unidos provienen de Colombia, el segundo país floricultor del mundo después de Holanda.

"A nosotros nos pagan por tallo. Con la crisis ha estado baratón, pero nos dan hasta 500 pesos (US$0,25)", dice. Y espanta al perro que quiere espantar a la abeja mientras poliniza, y que le espanta, en definitiva, el negocio.

Cuestión de honor

Image caption Orlando Grajales, de la Corporación Flores del Silletero. Foto: León Darío Peláez

Orlando camina, camina mucho. Poncho al hombro, cuchillo a la cintura, sombrero paisa y un abanico de cinco arrugas al borde de los ojos. Cinco, bien hondas pero sólo cinco.

En la Corporación Flores del Silletero, que funciona como una cooperativa de muchas familias que llevan casi todas el mismo apellido, Orlando no se ocupa de los jardines: hay otros que siembran y recogen, otros que se ocupan de lidiar con las plagas y los granizos. Él es el silletero, el diseñador. "Como el embajador, ¿sí me entiende?"

Ser silletero es una cuestión de honor en Santa Elena. Una vez al año, unos 500 floricultores salen a la calle y se convierten en el centro de atención de la mayor fiesta popular de Medellín, la de las Flores.

Una vez al año, las silletas –cajones triangulares de madera terciada que alguna vez se usaron para cargar mercancías a pie cerro abajo- se adornan con ramos de colores.

Una vez al año, los portones de las fincas de Santa Elena se cubren con nylon para que los vecinos curiosos no tengan ni siquiera un anticipo de los diseños pensados para sorprender en el desfile.

Image caption Desfile de silleteros, la principal fiesta popular de Antioquia lleva a las calles a 500 profesionales. Foto: León Darío Peláez.

Ser silletero es una cuestión de honor y el honor se paga con sudor, con dos kilómetros y medio de caminata, con una carga de 60 a 100 kilos de flores sobre la espalda encorvada sostenida apenas por unas fajas de tela, con frentes sudorosas y pies con ampollas, con sed calmada apenas con agüitas de sachet porque ahora el aguardiente está prohibido para que no empañe la fiesta. Nadie parece cuestionárselo: lo que alguna vez fue práctica esclavista es hoy fiesta para las masas.

En el centro de Medellín, los silleteros desfilan ante medio millón de espectadores, los antioqueños mezclados con los visitantes, todos bajo una lluvia de pétalos que arroja un helicóptero militar. A nadie le importan los treinta y muchos grados, el sol rabioso, la cara sufrida de los floricultores en contienda. Es día de fiesta y las flores son protagonistas: 600 mil tallos que cotizarían a US$100 mil si se vendieran y que unas horas más tarde serán sólo un montón de basura. A nadie le importa.

Por herencia

"Me encantaría tener mi propia silleta, pero esto es por contrato que da, de a pocos, la Oficina de Fomento y Turismo o por herencia… a mi mamá no le tocó silleta porque, como eran tantos hermanos, mis abuelitos decidieron dársela a los que más necesitaban", cuenta Gisela María, mientras pega vira viras silvestres, recogidas en el monte unos meses antes para secarlas.

Gisela trabaja en la sala de la casa de los Londoño, otro de los clanes asociados a la floricultura paisa. Pone y pone pegamento y dice que el olor no le hace nada. No cuenta cuántos pimpollos pega, pero lleva dos semanas de uñas pringosas y overol teñido de laca. El resto del año es ama de casa.

Image caption Óscar Londoño, patriarca de una de las principales familias dedicadas a la floricultura en Medellín. Foto: Renzo Guerrero de Luna.

Los días previos al desfile, Santa Elena es un hervidero. De floristas y silleteros que arman coronas y cortan tallos, ponen capuchones a las rosas para que no pierdan su estirpe, colorean de azul y de verde y de naranja rabioso a los pompones que alguna vez fueron blancos.

Por la finca en la ladera de los Londoño pareciera que todos suben y bajan, con prisa y sin pausa. Van ajetreados de una casa a otra, las de los cuatro hermanos que viven de las flores y en cada feria quieren hacer gala de su estirpe floricultora. Don Óscar, el patriarca, vigila sentado en la terraza y bien emponchando, estrujando un pétalo, mirando la nada. De a ratos, le gana el sueño.

Eso, hasta que llegan los turistas. Bajan de a decenas de las chivas –unos autobuses abiertos decorados a todo color- y se lanzan entre los sembrados hasta donde los postes de protección les cortan el paso.

"Bueno, yo me llamo Óscar Londoño y vivo en la Vereda del Placer, corregimiento de Santa Elena. Santa Elena es conocida hoy más que cualquier ciudad de Colombia o el mundo…", recita el hombre al micrófono, mientras coloca ramos amarillos en una silleta para turistas y Santa Elena comienza a parecerse un poco al Disney de Osaka.

Flores con historia

Cuenta Óscar que el desfile de silletas lleva 52 años y que por entonces las estructuras de madera se usaban para vender ramitos discretos en los atrios de las iglesias. Que hoy los silleteros son patrimonio cultural de la nación "por gracia del presidente Álvaro (Uribe)". Que él ya no desfila con la carga al hombro sino que lo llevan en una carroza de silleteros veteranos: una réplica en mampostería de una hacienda paisa, con una falsa galería, cortinas que no protegen de nada, maceteros coquetos e imagen del Corazón de Jesús, amén. Y que ya ha decidido su herencia: el contrato de silletero queda para su hijo Juan Guillermo, que bien ganado se lo tiene.

Image caption Juan Guillermo Londoño heredará el contrato de silletero de su padre para cumplir con una “tradición de honor”. Foto: León Darío Peláez

- No somos pues tampoco ricos, pero la situación ahora es diferente. Estuvimos en un desfile de silleteros en Madrid. Dos hijos míos estuvieron allá… imagínese, de soltar el azadón y arrancar papa a volar en avión, tomar whisky, fumar Marlboros y dormir en colchón de pluma.

Juan Guillermo, el hijo, pasea a otro grupo de turistas y explica que las silletas son de cuatro tipos: la tradicional, con ramos sencillos agrupados a la vieja usanza como si fueran a venderse, la comercial por la que paga una empresa privada para hacer publicidad; la monumental, gigantesca y con más variedad de flores, y la emblemática que hacen los hijos que terminaron el bachillerato para escribirles frases pedagógicas o hechos de actualidad. Este año, se comenta, habrá una con un Michael Jackson, cara de astromelias y nariz de quién sabe qué.

Es un secreto, pero la exhibe: su silleta emblemática. Una maqueta en relieve de la bandeja paisa, el más típico de los platos locales, con chicharrón y chorizo de vira vira, frijoles de cadillo y tomate de pétalos rojos. Más un poncho, un facón, las alpargatas, el edificio Coltejer y el metrocable de Medellín y el orgullo antioqueño entero si se lo pudiera representar en cartón pintado.

"Competimos pero no con envidia, sino por salir adelante y superar al otro pues", dice Londoño hijo.

La alcaldía les paga a todos por construir silletas y el ganador absoluto del desfile se lleva unos US$4.200 extra. De los turistas que llegan todo el año a Santa Elena seguramente reciben más, aunque Londoño prefiere no decir.

"Nos gusta que vengan -dice don Óscar, convencido o convenciendo-. Que nos visiten, que vean que vive uno tranquilo con un arte muy bonito. Con las flores uno vive desde que nace hasta que lo entierran".

Llega otro contingente y el espectáculo del silletero vuelve a empezar.

"Bueno, yo me llamo Óscar Londoño y vivo en la Vereda del Placer, corregimiento de Santa Elena…".

Vínculos

El contenido de las páginas externas no es responsabilidad de la BBC.