La perdurable magia de Glastonbury

Chicas jugando en el barro
Image caption Glastonbury cumple 40 años de mucha música, arte... y mucho barro.

Al menos tres días sin ducharse, pocas horas de sueño en incómodas tiendas de campaña, baños portátiles asquerosos y una alta posibilidad de que todo termine en un inmenso lodazal podrían ser razones más que suficientes para mantenerse alejado de los grandes festivales musicales del "verano" británico.

Nada de eso impide que cada año miles y miles de jóvenes – y no tan jóvenes – se lancen en auténticas excursiones para participar en mega eventos convocados con la música como justificación principal.

La oferta de festivales es amplia pero Glastonbury, que está cumpliendo 40 años en 2010, sigue siendo el mayor de todos y el de más tradición.

La experiencia es única y polifacética.

Hay un Glastonbury que queda registrado en cada edición en la televisión y en las portadas de los principales diarios donde se reseñan las actuaciones de las bandas más renombradas.

Hay otro Glasto más difícil de describir y que tiene que ver más con un lado alternativo en el que se juntan el teatro, la danza, el cabaret, la poesía, la política y las ganas de dejar atrás, aunque sea por unos días, la jungla urbana.

Precisamente un ingrediente principal lo representan las actuaciones de muchos espectadores quienes, disfrazados de libertad por unos días, contribuyen a un ambiente en el que realmente casi todo pareciera ser permitido.

Agreguemos a eso zonas para padres y niños, parques de atracciones, discotecas temáticas, sitios de masaje y meditación, trabajadores voluntarios que se unen a la fiesta y, de repente, en lo que el resto del año es una granja habitada por vacas, se tiene una ciudad entregada al hedonismo.

El hilo musical

Image caption Con carpa o sin carpa, la experiencia es única.

De hecho, la simple vivencia de Glastonbury hace que las entradas se agoten cada año, sin que siquiera se conozcan los nombres de los artistas que encabezarán la fiesta.

Sin embargo, la música sigue siendo el motivo principal de la reunión y, en ese sentido, Glastonbury es una oportunidad inigualable de escuchar no sólo una infinidad de grupos de rock famosos, música electrónica y DJs, sino de conocer las bandas del futuro y de explorar sonidos de distintas partes del mundo, repartidos entre los numerosos escenarios del festival.

Hay tantos grupos y artistas programados que uno de los "trabajos" para el asistente es tratar de decidir lo que se debe ver. No pocas veces resulta más gratificante quedarse disfrutando a un músico desconocido, que toca en cualquier paraje del sitio de casi 4 kilómetros cuadrados.

Para las estrellas que participan también es un momento especial y no simplemente una fecha más de una multimillonaria gira. Así viene a la mente, por ejemplo, la presentación de David Bowie cerrando la edición de 2000 visiblemente emocionado porque aparecía por primera vez en el festival desde 1971.

Fango y felicidad

Todo el mundo tiene sus peores y mejores recuerdos de Glastonbury. Yo me quedo con dos. El primero es de 1997, cuando finalmente terminé de cumplir el sueño adolescente de asistir a un verdadero festival tipo Woodstock . Fue un año en el que llovió tanto que el segundo escenario en importancia,"The Other Stage", colapsó.

Esa vez inicial, en nuestro afán de estar lo más cerca posible de la acción, cometimos la novatada de poner la carpa demasiado cerca de la tarima principal, sin intuir que justamente sería uno de los sitios más codiciados por los ladrones que, para entonces, abundaban en el festival.

Al regresar de la primera noche de conciertos y farra llegamos al lugar donde habíamos puesto la tienda de campaña y no la encontramos. Ya cuando empapados, enlodados y desmoralizados seriamente contemplábamos la posibilidad de regresarnos a Londres, la logramos encontrar. Adentro, estaba una simple pareja que, al abandonarla, nos pidieron disculpas por su atrevimiento.

Cargamos la carpa sin desarmar y felices nos dispusimos a irnos a un lugar seguro. Ya eran las siete de la mañana y, al vernos, uno de los tantos locos del festival nos miró con ojos desorbitados y nos sugirió que era demasiado tarde para que nos la estuviésemos robando.

OK Corporación

Image caption El festival ofrece espacios de entretenimiento para los más pequeños.

El segundo es de 2003. Ya habíamos descubierto, tras dos visitas adicionales, que era mejor acampar en las colinas, donde el Festival mantiene un aura de espiritualidad asociado a la mitología celta, y estábamos mejor equipados para enfrentar las inclemencias del clima. Mientras tanto, el festival estaba siendo cuestionado por su creciente comercialización.

Mucho tuvo que ver en ese cambio la edición de 2000. En esa ocasión se vendieron 100.000 entradas pero, siguiendo la larga tradición hippie del evento, cerca de 150.000 personas se colaron. Argumentando temores por la seguridad del público, el municipio local decidió no renovar la licencia del festival en 2001 y el evento reapareció en 2002 con una impresionante muralla.

De manera tal que para 2003 los robos habían disminuido, pero también el festival se había vuelto más corporativo y menos inclusivo.

Sin dejar de conceder que se había perdido algo de su espíritu, existía un cierto consenso entre la mayoría de tener que aceptar lo inevitable de algunos cambios.

Ese año cerró Radiohead, grupo que por otra mala decisión de principiantes, nos perdimos de ver en el 97. "Digan lo que digan, este sigue siendo el mejor festival del mundo", apuntó el cantante Thom York en medio de su alucinante set.

Para mí, probablemente siempre lo será.

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