El encanto de los chicos malos

Si es real, es extraordinaria: un momento en que los mitos y las leyendas del Viejo Oeste son cristalizados en una sola fotografía de grupo antes de evaporarse otra vez en el anonimato de la tarde calurosa.

Los 15 hombres de la imagen están situados a lo largo del porche de madera de un hotel en el centro turístico de Hunter's Hot Springs en el verano de 1883.

Como era costumbre en la época, no había concesiones para el brutal calor. Llevan sus chalecos, los lazos bien anudados y los sombreros en su sitio.

Están relajados pero elegantes.

Uno de los personajes sentados se apoya confiado contra un escalón que hay detrás de él. Otro parece un poco bebido con sus piernas cruzadas en las rodillas y sus manos en su regazo.

Parecen duros. Como hombres que se encuentran a muchos hombres rudos y descubren que ellos son aún más rudos.

Lo cual no es sorprendente, si se tiene en cuenta que esto era una reunión entre algunas de las figuras mas poderosas y desesperadas del Viejo Oeste en los últimos días de su estado salvaje.

Si es que es real.

La frontera entre el bien y el mal

Image caption Bonnie y Clyde adquirieron fama universal al saltar su historia a la gran pantalla.

La historia cuenta que entre los 15 hombres se encuentran Butch Cassidy y el Sundance Kid, Wyatt Earp, su hermano Virgil y sus amigos Doc Holliday y Bat Masterson.

La figura holgazana es, o se supone que es, el juez Roy Bean, quien hacía sus juicios en el bar que poseía en Texas e incitaba a los jurados a comprar tragos entre caso y caso.

A un paso, aparentemente en una caja del revés, se sienta una figura identificable como Theodore Roosvelt, el futuro presidente.

Uno ahora no encontraría, por supuesto, a ningún aspirante a presidente para la Casa Blanca posando despreocupadamente con ladrones de bancos, pero esa era otra época.

Sabemos que la imagen es genuina en el sentido que es una fotografía real de 15 hombres de los años 1880. Sólo que no podemos estar seguros de quiénes son.

Sabemos que podría ser real, y eso es lo que la hace tan fascinante.

Theodore Roosevelt sí se refugió en el salvaje oeste en 1883 tras de la muerte de su primera esposa, cuando Butch Cassidy, Wyatt Earp, Doc Holliday y Bat Masterson merodeaban la irregular y peligrosa frontera occidental de Estados Unidos.

Según cuentan, los hombres fueron reunidos para celebrar la inauguración de una nueva línea de ferrocarril, un gran acontecimiento en una época en que las arterias de acero transportaban las riquezas del oeste americano, vehemente perseguidas por bandas de prostitutas, ladrones y la ley.

Admiración

No es inverosímil que chicos buenos y chicos malos posen juntos en una fotografía, por cierto.

Image caption Butch Cassidy y el Sundance Kid fue un éxito de taquilla en 1969.

La línea entre aquellos que protegían la ley y aquellos que la quebrantaban era más fluida por aquel entonces.

Por ejemplo, cuando Butch Cassidy robó su primera tienda, dejó un pagaré en la caja por las cosas que robó.

Wyatt Earp, el famoso marshal, fue también buscador de oro, cazador de búfalos y promotor de boxeo. Y muy probablemente ayudó a administrar un burdel en algún momento también.

Tampoco es disparatado pensar que estos hombres fueran celebridades.

Masterson y Earp fueron famosos cuando estaban vivos y protagonistas de fabulosos y exagerados recuentos de sus proezas.

Earp incluso se acabó mudando a Hollywood donde se mezcló con los muchos actores que le interpretaban.

Butch Cassidy y sus cómplices una vez posaron para un retrato en Fort Worth, Texas, en el momento más álgido de su notoriedad, algo que quizás otros evitarían si están huyendo, acusados de asesinato y robo de bancos.

El efecto Hollywood

Lo mas extraño de todo, por supuesto, es que sepamos quiénes son todos estos hombres.

Apuesto a que ninguno de nosotros recuerda quién era el secretario del Tesoro en 1883 a pesar de que seguro, fuera quien fuera, aparecía en miles de columnas de periódicos de la época. Y a ese funcionario le sorprendería descubrir que, mientras que el suyo fue olvidado, los nombres de esos malhechores polvorientos todavía se recuerdan.

En parte, por supuesto, esto se debe a la habilidad de Hollywood de condicionar nuestro sentido del pasado.

Una historia escrita en sombras ardientes de luz siempre parecerá más vívida que la polvorienta precisión del libro de la biblioteca o la dudosa erudición de internet.

Buena parte se debe a la curiosa costumbre estadounidenses de idealizar el crimen violento.

John Dillinger, Bonnie y Clyde, Baby Face Kelly y Al Capone aún son famosos, mientras que los hombres de Estado e incluso las estrellas del deporte que eran sus contemporáneos quedaron en el olvido hace tiempo.

Algunas veces ablandamos la dureza de brutales historias con falsos detalles glamorosos o filantrópicos, pero fundamentalmente, creo, se les recuerda porque tocan esa veta anárquica que hay en el alma estadounidense.