Última actualización: jueves, 9 de julio de 2009 - 14:31 GMT

Una fiebre que no es sólo de oro

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Apenas superada la primera impresión, es fácil ver que hay algo más que afán de riqueza entre estos hombres que hurgan las aguas del río San Gabriel, en un recodo recortado entre dos cerros que caen a pique desde el cielo.

Es cierto que la crisis económica y los altos precios actuales del metal en el mercado han traído últimamente una oleada de desempleados a probar suerte en el "Callejón de las Pepitas", como se conoce a este lugar a unos 70 kilómetros de Los Ángeles.

Pero arrancarle oro a este río no es tarea fácil. Reunir apenas unos tres o cuatro gramos diarios implica pasarse varias horas en el agua removiendo piedras y escarbando el sedimento en busca de destellos dorados.

El que viene con la obsesión de dar vuelta su suerte en unos días no dura demasiado, aseguran todos por aquí.

El trabajo es duro y la existencia precaria para los "residentes" del lugar, viviendo en tiendas a orillas del río o en remolques junto a la carretera.

Para muchos de ellos es sólo una manera de alejarse del mundo, de disfrutar la naturaleza o de un pasatiempo similar a la caza o la pesca.

"El oro es como el diablo. Una vez que te cruzas con él ya no te suelta", dijo a BBC Mundo Bernie McGrath, un hombre de 75 años que se dedica desde hace más de dos décadas al oficio.

McGrath tiene una casilla montada sobre una vieja camioneta destartalada. Está retirado y ya sólo "entra al agua" cada tanto.

Dice que se queda más que nada porque le gusta el lugar y la compañía.

También afirma haber sido quien enseñó los trucos a muchos de los nuevos buscadores.

"Si no sabes leer el río estás perdido, no vas a sacarle nada", asegura.

Cambio de vida

Buzo.

Algunos de los buscadores usan métodos sofisticados para encontrar oro.

La zona tuvo su auge minero hace unos 150 años, pero ya no hay aquí ninguna explotación activa.

Igualmente la gente ha seguido viniendo y el río continúa entregando su tesoro a cuentagotas.

Casi siempre no son más que pequeñas escamas o polvo del metal, desecho tras rodar cuesta abajo en el agua martillado por las piedras.

Algunos aún utilizan las pailas tradicionales para lavar el sedimento.

Pero los que se dedican seriamente a este asunto prefieren las dragas, una suerte de aspiradora flotante con grandes tubos de plástico flexible para barrer el fondo y decantar las partículas de oro en su paso por los filtros.

David Perkins tiene una de éstas, instalada junto a su carpa sobre un brazo de agua que asegura "es un buen lugar" para encontrar oro.

También tiene una historia personal sorprendente: durante 17 años fue analista de la corporación industrial-militar Northrop Grumman en Los Ángeles.

Perdió el empleo hace seis, cuando el Pentágono recortó su programa de bombarderos furtivos de largo alcance, los B-2, indetectables para los radares convencionales.

"Este es un trabajo duro pero divertido, relajante. La naturaleza aquí es maravillosa para escaparse de la moledora de carne que son las ciudades", dijo a BBC Mundo.

Perkins explicó que un buen día puede llegar a juntar con su draga unos US$100 o 125 en oro.

Pero dice que no está aquí por el dinero –que asegura es mucho menos de lo que lograría con su calificación profesional- sino porque odia la posibilidad de volver a encerrarse entre las paredes de una oficina.

"El oro es como el diablo. Una vez que te cruzas con él ya no te suelta"

Amenaza ambiental

Más allá de las razones de cada uno, el futuro de la actividad es incierto incluso a corto plazo.

Un proyecto de ley en trámite en el Congreso de Estados Unidos propone la implementación de licencias para los buscadores de oro.

La mayor objeción radica en el daño potencial al medio ambiente que implica la continua remoción del lecho de agua.

De hecho sólo hay tramos específicos de los ríos en los que se permite la actividad y en general no más que en períodos determinados.

El "Callejón de las Pepitas" en San Gabriel es uno de los escasos puntos abiertos todo el año.

"El problema es que nos quieren poner a la misma altura que a las grandes corporaciones mineras", se quejó Martín Milas, presidente del Club de Buscadores de Oro del Sur de California.

Milas dijo a BBC Mundo que de ser aprobada la ley, ellos también estarían obligados a presentar estudios de impacto ambiental.

"No tenemos capacidad para hacer algo así. Esto es sólo una actividad recreativa", afirmó.

Más placer que dinero

Pero con una cotización actual de US$900 la onza troy (31,1 gramos), el valor de mercado del oro es al menos una tentación para suplementar los ingresos.

Carlos Pari dice haber traído los conocimientos desde su Bolivia natal.

Lo encontramos bajando el río al final del día con un plato cónico de madera para menear el sedimento.

"Hoy no tuve suerte", nos confesó este albañil que dice venir "siempre que puede".

Para Lester Burton, en cambio, sólo es un pasatiempo.

"Encontrar oro es el premio, pero para nosotros esto no es minería sino más bien una actividad deportiva".

Parado sobre su aspiradora flotante estacionada sobre un pozo de agua, este jubilado dice que lo que saca lo usa únicamente para comprar más equipo.

"No se puede vivir de esto -asegura- por lo menos no una buena vida".

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