El resentimiento de los uigures

Niño en la región china de Xinjiang
Image caption Jóvenes uigures han sido animados a abandonar Xinjiang para buscar trabajo en el resto de China.

La violencia en la región autónoma china de Xinjiang no ha estallado de la noche a la mañana.

Una de sus raíces se encuentra en la tensión étnica entre la minoría musulmana uigur y los chinos de la etnia han. Su origen se remonta décadas atrás, incluso hasta la conquista por parte de la dinastía Qing de la región de Xinjiang en el siglo XVIII.

En los años '40 del siglo pasado los uigures fundaron la República del Turkestán Oriental en parte de esa región. Pero en 1949 pasaron a formar parte de la República Popular China, y Xinjiang fue incluida entre las regiones autónomas chinas, en reconocimiento a que la mayor parte de su población en aquél entonces pertenecía a la minoría uigur.

Esta autonomía no es genuina y, aunque Xinjiang tiene actualmente un gobernador uigur, la persona que realmente ostenta el poder es el secretario general regional del Partido Comunista chino, Wang Lequan, quien pertenece a la etnia han.

Inmigración

Bajo el gobierno comunista ha habido un considerable desarrollo económico en la región, pero la vida se ha hecho más difícil para los uigures en los últimos 20 o 30 años, por la inmigración masiva desde las provincias del este de jóvenes hanes que cuentan con una gran preparación técnica.

Además, estos nuevos inmigrantes tienen un mejor dominio del idioma mandarín y suelen conseguir los mejores trabajos.

Es por eso que no debe sorprender que ello haya creado un resentimiento profundo en la minoría uigur, que ve esa inmigración como parte de un plan de Pekín para diluirlos, debilitar su cultura y evitar cualquier resistencia.

Más recientemente, jóvenes uigures han sido animados a abandonar Xinjiang para buscar trabajo en el resto de China, un proceso que está en marcha de manera informal desde hace varios años.

Existe especial preocupación por la presión del gobierno sobre las jóvenes uigures para que emigren a otras partes del país, ya que se teme que acaben trabajando en clubes de noche o bares, o incluso en el mundo de prostitución, al no contar con la protección de la familia y la comunidad.

Restricciones a la religión

Image caption En la actualidad hay muchas menos mezquitas en la región de las que había en 1949.

El Islam es una parte integral de la vida e identidad de los uigures de Xinjiang. Una de las principales quejas hacia el gobierno chino es alto número de restricciones que Pekín ha impuesto a sus prácticas religiosas.

En la actualidad hay muchas menos mezquitas en la región que las que había en 1949 y las actividades de éstas están sometidas a importantes restricciones.

Por ejemplo, a los jóvenes menores de 18 años no se les permite acudir a las mezquitas, así como a los miembros del Partido Comunista o a los funcionarios del gobierno.

Las escuelas islámicas también están siendo vigiladas y otras instituciones islámicas que antes eran parte central de la vida religiosa en Xinjiang han sido prohibidas, incluyendo muchas de las hermandades sufíes que proporcionan servicios sociales a la comunidad.

En China todas las religiones están bajo control estatal, pero las restricciones al Islam entre los uigures son bastante más que las que se imponen a otros grupos, incluyendo los hui, quienes también son musulmanes pero hablan mandarín.

Esta severidad es resultado de la asociación entre grupos musulmanes y el movimiento de independencia de la región.

Independencia

Existen grupos en Xinjiang que apoyan la independencia, aunque no se les permite expresarlo abiertamente porque "dividir a la madre patria" es considerado una traición.

Image caption Existen diversas organizaciones de emigrantes uigures en Estados Unidos y Europa.

En los años '90, tras el colapso la Unión Soviética y el surgimiento de los estados musulmanes en Asia Central, hubo un aumento del apoyo a estos grupos separatistas, que culminó en masivas manifestaciones en 1995 y 1997.

Pekín acabó con esas manifestaciones utilizando la fuerza y a los activistas se les obligó a abandonar Xinjiang o pasar a la clandestinidad.

Desde entonces aumentó la represión, con mayores controles en la actividad religiosa, restricciones al movimiento de las personas y la detención de sospechosos de apoyar a los separatistas o a miembros de sus familias.

Ello ha creado un clima de miedo y un considerable resentimiento hacia las autoridades y los chinos de la etnia han.

Es sorprendente que este resentimiento no haya desembocado antes en protestas, aunque ello es una muestra del férreo control que Pekín ejerce sobre Xinjiang.

Existen diversas organizaciones de emigrantes uigures en Estados Unidos y Europa, que en la mayor parte de casos abogan por una verdadera autonomía de la región.

Las autoridades chinas parecen incapaces de reconocer que sus propias políticas en Xinjiang puedan ser la causa del conflicto, y acusan a gente de afuera de incitar la violencia, como hacen en el caso del Dalai Lama en Tibet.

Pero aunque las organizaciones uigures en el extranjero quisieran provocar disturbios, lo tendrían difícil. Además, existen en Xinjiang motivos suficientes para que estos se produzcan.

Michael Dillon es el ex director del Centro de Estudios Chinos Contemporáneos de la Universidad de Durham, en el Reino Unido. También es el autor del libro "Xinjiang, en el lejano noroeste musulmán de China".

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