El recuerdo de una activista asesinada

Natalia Esterimova
Image caption Natalia era una mujer determinada, valiente y dedicada.

Natalia Esterimova, asesinada esta semana, era la mayor defensora de derechos humanos de Chechenia y una mujer excepcionalmente valiente, como descubrí en una reciente visita a la capital Grozny, a donde había ido a investigar una serie de secuestros e inexplicables desapariciones y muertes de mujeres.

El desolado lugar se encontraba en los límites de la ciudad junto a una fábrica abandonada. Escuchaba a la gente y el tráfico distante mientras caminábamos al atardecer en un llano sin árboles.

"Una de las mujeres llevaba botas rojas", me dijo Natalia. "En invierno hay muy poco pasto así que se le podría ver a más de un kilómetro de distancia".

Mi acompañante era una mujer alta, determinada, que daba grandes pasos y hablaba a gran velocidad. A diferencia de muchas de las mujeres de Grozny, no llevaba un pañuelo en la cabeza.

Natalia era la directora de la sucursal en Grozny de Memorial, la organización que defiende los derechos humanos en toda Rusia.

Me había llevado a ese sombrío suburbio para ver el lugar donde se habían encontrado tres cadáveres de mujeres en noviembre pasado.

A la mañana siguiente del terrible descubrimiento, cuatro cuerpos femeninos más fueron encontrados en los alrededores de la capital chechena.

A las siete mujeres les habían disparado en la cabeza con un arma semiautomática.

Mientras estábamos ahí paradas, sintiendo escalofríos, jamás pensé que semanas después la propia Natalia iba a sufrir el mismo destino.

El pasado miércoles fue secuestrada en una camioneta al salir de su casa. Su cuerpo fue encontrado más tarde el mismo día en la cercana república de Ingusetia, con múltiples impactos de bala.

Casi nadie duda en Chechenia de que su muerte está relacionada con sus investigaciones y su activismo, incluyendo el caso de las siete mujeres asesinadas.

Advertencia

En noviembre, el principal detective de Grozny sugirió que las víctimas habían sido objeto de asesinatos de "honor".

"Desafortunadamente, algunas de nuestra jóvenes han olvidado el código de comportamiento de las mujeres", aseguró. "Sus parientes masculinos sienten que han sido insultados y algunas veces toman la ley en sus propias manos".

Image caption ¿Quién continuará con su trabajo?

Natalia rechazaba esa teoría al igual que el hermano de una de las víctimas.

Él me dijo que al menos a dos de las víctimas las habían visto mientras eran transportadas en una camioneta por hombres con uniforme paramilitar. Además, hombres enmascarados que portaban armas fueron vistos varias veces afuera de la casa de una de las mujeres asesinadas.

Natalia me dijo que pensaba que al menos una de las mujeres tenía vínculos con burdeles frecuentados por grupos paramilitares.

Me aseguró que una de las mujeres solía ser amiga de hombres que habían trabajado con un comandante que formaba parte del aparato de seguridad del presidente checheno Ramzan Kadyrov. Ese comandante fue asesinado en Moscú.

Si los asesinos de las siete mujeres son criminales, policías corruptos o soldados, es incierto. Pero Natalia se resistía a creer que los asesinatos tenían alguna relación con las familias de las víctimas.

"Generalmente los crímenes familiares se mantienen en secreto. No sólo para evitar problemas con la ley, sino también para proteger la reputación de otras hermanas, sobrinas y primas", afirmó.

Los cuerpos de las mujeres que son asesinadas por sus familiares, explicó, generalmente son enterrados en lo más profundo del bosque y no exhibidos junto a las principales avenidas.

"Es claro que alguien intenta enviar un mensaje. Estas muertes son una advertencia".

"Mucho trabajo"

Natalia solía decir lo que pensaba, a diferencia de lo que se acostumbra en Grozny. Cuando hacía mi propia investigación, muy poca gente aceptó que las grabara, incluso bajo anonimato.

Mucho del trabajo de Natalia se centraba en desapariciones inexplicables. De acuerdo con las autoridades hay cerca de 5.000 persona desaparecidas en Chechenia, pero la cifra real podría ser mucho más elevada.

En el par de ocasiones que visité a Natalia en sus oficinas en Memorial, éstas se encontraban llenas de gente que esperaba pacientemente su turno, todos sosteniendo documentos desgastados, todos con la misma mirada de desesperación.

"Tendré suerte si salgo de aquí antes de las 10 pm", me dijo Natalia que se veía cada vez más agotada.

"Estuve fuera, en Moscú, durante un buen tiempo y el trabajo se acumuló".

Cuando le pregunté al representante de la Federación Rusa en Grozny, Suleiman Vagapov, si le preocupaba el número de gente armada en las calles y el aparente clima de impunidad, me miró con ojos de exasperación.

Habló entonces de los "colosales cambios" en la república y el notable giro en la reconstrucción de una capital que había sido bombardeada. Sugirió que yo estaba buscando historias negativas porque Occidente "siempre está buscando sembrar inestabilidad en el Caúcaso".

Me aseguró que Chechenia ya era una parte normal de la Federación Rusa.

Como muchos otros periodistas he informado en varias ocasiones de los riesgos a los que están expuestos los activistas de derechos humanos. Pero escribir sobre la muerte de Natalia a los pocos días de haberla conocido es una tarea terrible.

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