Mis vacaciones en Osetia del Sur

Hace un año, el control de una minúscula región, Osetia del Sur, desencadenó una guerra que involucró a algunas de las principales potencias e instituciones del mundo. María José Riquelme, de BBC Mundo, pasó allí sus vacaciones para saber qué hay detrás de las imágenes de destrucción que desde entonces se asocian a este lugar.

Image caption En agosto de 2008 los ejércitos de Georgia y Rusia se enfrentaron en Osetia del Sur.

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Dos cosas me llamaron la atención nada más entrar en Osetia del Sur. Una es el magnífico paisaje. Otra, la ausencia de mendigos.

Por todas partes pueden verse ríos pedregosos y fastuosos bosques enmarcados por imponentes picos nevados.

No hay fábricas ni complejos industriales. La contaminación parece allí cosa de otro mundo.

Todo un contraste con las imágenes que de este lugar había visto: tanques, edificios destruidos y ancianas llorando.

Lea: Osetia del Sur, a un año de la guerra

Cierto es que los escombros y las paredes acribilladas a tiros son una constante de los trazados urbanos.

Pero, en la capital de Osetia del Sur, Tsjinvali, no vi ni a una sola persona mendigando. Esperaba que, en un lugar recientemente asolado por la guerra, la gente tratara de pedirme dinero o ayuda.

Nada de eso sucedió.

Redes de apoyo social

Alguien me explicó que esto se debe al buen funcionamiento de las redes de apoyo social.

Image caption En Tsjinvali pueden verse soldados por todas partes.

Imagino que también contribuye el hecho que, en una comunidad tan pequeña (en Tsjinvali viven unas 15.000 personas) y aislada, todo el mundo se conoce.

La extensión de Osetia del Sur es apenas una quinta parte de la de la República de El Salvador.

Cerca del río que traviesa la capital, Susana quiso contarme que su casa sufrió graves daños durante la guerra de 2008. El jardín, plagado de escombros, ya no sirve como huerto.

Los cerezos, al menos, siguen vivos. Antes de marcharme de su casa, insistió en regalarme un tarro de sus cerezas en almíbar.

Ella es originaria de Armenia y no tiene familia en Tsjinvali. Sin embargo, me explica que sobrevivió al invierno gracias a la ayuda que le prestaron sus vecinos.

La pieza que falta

Pero a la Osetia del Sur que yo conocí le falta una parte.

Le faltan las voces de los cerca de 30.000 georgianos que, tras la última guerra, huyeron de Osetia del Sur y que hoy se encuentran refugiados no muy lejos de Tiflis, la capital de Georgia.

El eco de esas voces puede verse en las aldeas destruidas que flanquean la carretera de acceso a este lugar.

De esas casas, no vi ni una en pie. Apenas quedan los muros, en algunos casos calcinados.

Muchas de ellas fueron destruidas tras, y no durante, la guerra, con el fin de que ningún georgiano pudiera volver.

Resulta chocante ver las ruinas sobre un trasfondo de exuberantes árboles frutales.

Puntos de vista discordantes

Image caption En Osetia del Sur muchas mujeres guardan luto por sus familiares fallecidos en la guerra.

Aproximadamente la mitad de las personas que residían en Osetia del Sur hace un año se encuentran fuera de sus fronteras.

La abrumadora mayoría de quienes todavía residen en este lugar no quiere ser parte de Georgia. Algunos desearían conformar un estado independiente. Otros preferirían anexionarse a la vecina república rusa de Osetia del Norte.

Los georgianos cuyas aldeas fueron arrasadas preferirían que Osetia del Sur continuara siendo parte de Georgia.

Osetia del Sur subsiste hoy únicamente gracias a las ayudas procedentes de Moscú y a las remesas procedentes de Osetia del Norte.

La atención médica disponible es mínima.

No hay industria turística, ni bares ni restaurantes. El principal hotel de Tsjinvali tiene la moqueta raída y sus habitaciones continúan siendo de una austeridad soviética.

Reconocimiento internacional

Image caption Buena parte de Tsjinvali quedó afectada por la guerra de 2008.

Rusia y Nicaragua son los dos únicos estados que han reconocido el estatus independiente de Osetia del Sur.

El respaldo de esos dos países se traduce en intensas manifestaciones de agradecimiento por parte de los osetios.

La sola mención de Nicaragua conlleva como respuesta, casi invariablemente, dos palabras: “Gracias, amigos”.

Pero ningún otro país siguió a Rusia y Nicaragua. La postura es la misma en la FIFA, que no permite que Osetia del Sur juegue en competiciones internacionales.

Sin embargo, los integrantes del Spartac de Tsjinvali no pierden la esperanza de jugar un día contra la selección argentina, brasileña o italiana.

Cada día, cuando se avecina un partido, o dos veces por semana, si no hay ninguna competición a la vista, entrenan en el destartalado estadio de la ciudad.

A un lado de la frontera entre Osetia del Sur y Georgia, custodiada por efectivos rusos, unos sueñan con alzar un trofeo. Entre los refugiados, muchos anhelan volver a tiempo para la cosecha de la próxima primavera.

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