Una isla de EE.UU. con sabor a Brasil

La familia Obama camino a Martha's Vineyard
Image caption La familia presidencial se alojará en la Blue Heron Farm, una hacienda en la que trabajan varios brasileños.

"Durante la estadía de Barack Obama en Martha's Vineyard, el presidente irá a jugar golf a un campo construido por brasileños, se servirá comidas preparadas por cocineros brasileños e irá a nadar a una piscina que limpian empleados brasileños".

Quien lo afirma es Mauricio Brandao, de 28 años. Brandao ha pasado la última década en la isla de Martha's Vineyard, un sofisticado enclave turístico en la costa de Massachusetts, frecuentado por políticos y estrellas de Hollywood.

Brandao trabaja en la isla como entrenador de caballos y no ha recibido información confidencial de los Servicios Secretos acerca del ceremonial de la Casa Blanca. Pero conoce bien la hacienda donde se hospedan los Obama desde este domingo, la Blue Heron Farm, y a muchos de los que trabajan allí.

Las cifras oficiales que proporciona la prefectura de Oak Bluffs -una de las seis ciudades de la isla- respaldan la afirmación de Brandao. De los 15.000 habitantes permanentes de Martha's Vineyard, al menos 3 mil son brasileños.

Sin embargo, los representantes de la comunidad brasileña afirman que el número real podría duplicar las cifras oficiales, pero como el 70% estaría en forma ilegal en Estados Unidos, prefieren no ser contados.

"Los brasileños son el motor de Martha's Vineyard. Sin ellos, la isla no viviría", dice Brandao.

Veinte años después

Image caption Brandao explica que de los 15.000 habitantes de la isla, al menos 3.000 son brasileños.

Martha's Vineyard es hoy por hoy un lugar de veraneo tradicional de líderes estadounidenses como Obama y Bill Clinton, y por una de esas ironías de la vida, quien abrió camino para la posterior llegada de inmigrantes brasileños a la isla, fue un hombre de Goiabeira que lleva el nombre de otro presidente demócrata de EE.UU.

Lyndon Johnson Pereira, de 46 años, llegó a Martha's Vineyard en 1986. "Yo fui el primer brasileño por allá", dice con orgullo.

En esa época Pereira trabajaba como empleado de un restaurante de Boston, pero resolvió mudarse a instancias de una compañera de trabajo, que lo invitó a sumarse al equipo de su hermano, que estaba montando un restaurante en la isla.

"Fue una época muy buena. En Boston conseguía ahorrar US$1.000. En la isla me quedaba con US$4.500. Pero trabajaba mucho, de 8.00 am a 1.00 am. Casi me muero", le dice a la BBC.

A pesar de haber facturado una buena suma, Pereira sólo se quedó en Martha's Vineyard por un año, ya que debió regresar a Brasil para cuidar a su padre.

"Con mi padre enfermo, me tuve que ir. En Brasil, comencé a estudiar y acabé de profesor de segundo grado, me casé y ahora tengo hijos. Cancelé así mi sueño, pero si me hubiera quedado más de un año no volvía más", asegura.

Una casa de un millón

Sin embargo, muchos habitantes de Goiabeira y otros pueblos aledaños siguieron los pasos de Pereira y cumplir ese sueño que él postergó.

Image caption La isla atlántica, sobre la costa de Massachusetts, se ha convertido en destino turístico de personalidades.

Pereira estima que hay unos 600 vecinos de Goiabeira viviendo hoy en día en Martha's Vineyard; nada mal considerando que es un pueblo minero de apenas 4.000 habitantes.

La trayectoria de Aguimar Carlos, de 48 años, quien llegó a la isla en 1989, va en el sentido contrario a la de Pereira.

Está casado con una estadounidense y tienen dos tiendas de alquiler de bicicletas y scooters. Sólo piensa regresar a Brasil cuando esté acomodado y cuando su hija de seis años vaya a entrar a la universidad.

"Cuando llegué a EE.UU. ya tenía una meta. Me aparecí en Martha's Vineyard con US$80 en el bolso y dos pantalones y dos camisas", recuerda Aguimar.

"Hoy tengo una casa que ha sido valuada en poco menos de un millón, y tengo licencia para alquilar 120 motos y 300 bicicletas. En Brasil no tenía dinero para comprar ni una bicicleta", dice.

Nostalgias

Pero en Martha's Vineyard no son todas historias felices.

Jessica Nascimento, de 29 años, es una estadounidense oriunda de Massachusetts que trabaja en un restaurante de la región central de Oak Bluffs, donde todo el personal de cocina es brasileño.

Image caption Jessica querría que Obama ayudara a la gente como su esposo Douglas, en situación irregular.

Sin embargo, el brasileño que ella más quiere tener a su lado no tiene forma de regresar a la isla.

"Douglas, mi marido, vino para acá a finales de 1988. Unos años después viajó a Brasil y cuando fue al consulado americano en Río para renovar su visa le registraron mal el nombre. Al llegar a EE.UU. le impidieron la entrada", relata.

Jessica se ha pasado tramitando, sin mucho éxito, la vuelta de Douglas a Martha's Vineyard para que pueda estar con sus hijos Luke, de 4 años, y Kahlia, de 2 años, a quienes no ve desde hace un año.

"Me estoy volviendo loca, ya perdí 27 kilos, hago tratamiento psicológico y empezaron a salirme heridas en la piel. Mi hijo piensa que su padre está lejos porque él hizo algo mal. No entiende qué está pasando", dice.

A Jessica le gustaría que el visitante ilustre de Martha's Vineyard hiciera algo por los inmigrantes en situación irregular, como su esposo.

"Obama representa la esperanza. Es necesario que cree algún tipo de ley que ayude a la gente como mi marido, un buen ciudadano que nunca tuvo problemas con la justicia, que paga los impuestos y tiene dinero. Tengo la esperanza de que se haga algo, aunque me temo que lleve algún tiempo", agrega.

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