El dilema histórico de los liberales

Hace apenas unas semanas, a muchos les quedaba difícil recordar el nombre del líder de la tercera fuerza política británica: el Partido Liberal Demócrata.

Pero un debate sin precedentes dejó un escenario político que nadie había anticipado: según los sondeos de opinión, el poco conocido Nick Clegg cobró tal fuerza que no sólo se adueñó del segundo lugar de preferencia sino que se tornó en hacedor de reyes.

Raúl Fain Binda, de BBC Mundo, explora el camino recorrido.

Image caption Últimamente parece que menos personas piensan que votar por los Lib Dems es perder el voto.

Entre los jóvenes británicos que he conocido en casi 30 años de residencia, era común la frase "no malgastes tu voto con los liberales".

Ahora, en cambio, el partido es el más favorecido, en varias encuestas, por jóvenes entre 18 y 34 años.

Y, a pesar de que muchos en este grupo no se molestan en votar, las encuestas sugieren que el Partido Liberal Demócrata, encabezado por Nick Clegg, puede emerger de las elecciones en condiciones de dictar el signo y hasta parte del programa del próximo gobierno británico.

Los dos partidos mayoritarios, el Laborista y el Conservador, ya admiten que acaso no puedan formar gobierno sin el apoyo de los liberales.

El fortalecimiento del tercer partido en el orden nacional ha sido tan marcado que invita a debatir si se trata de un fenómeno histórico, basado en factores políticos y sociales, o se debe a la repentina aparición, en televisión, de un jefe liberal con una personalidad fuerte y persuasiva.

En este tipo de circunstancias, los encuestadores tienden a dar crédito a las personalidades, mientras que los analistas apuntan a la política.

La audiencia de los primeros debates televisados, una novedad en este país, prefirió a Clegg antes que al conservador David Cameron y también, con más claridad, al líder laborista y primer ministro Gordon Brown.

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El rol extraviado

El factor personal tiene su peso, pero también lo tiene la evolución de las fuerzas políticas y su inserción en la sociedad británica del siglo XXI.

Image caption En Legoland, Clegg está en 10 Downing Street en Legoland, pero es improbable en la vida real.

Muchos creen que el Partido Liberal Demócrata sólo refleja las aspiraciones más tímidas del progresismo, que sus partidarios practican yoga y discuten los males sociales mientras juegan al bridge y toman té.

Ahora se habla del "dilema liberal", que consiste -según el analista conservador Daniel Finkelstein- en escoger entre "conformarse con ser la voz de una rebelión de clase media contra la vieja política (…) o completar la misión de unir a la izquierda bajo su liderazgo, a expensas del laborismo".

El historiador David Marquand explica esa "misión" en su libro The Progressive Dilemma: la izquierda, encarnada a comienzos del siglo XX en el Partido Liberal, se escindió cuando los sindicatos quisieron tener su propio partido, el laborista, y éste abrazó el socialismo.

Esa escisión ya no parece fatal ni necesaria, argumenta Marquand.

La idea de que los liberales encabecen a las fuerzas progresistas ya no parece tan ridícula, debido a que muchos creen que el laborismo habría extraviado su rol de vanguardia de la izquierda.

Del poder a la irrelevancia

El proceso de evolución comenzó mucho antes. El antecesor histórico del liberalismo fue el partido Whig, uno de los dos grupos políticos británicos originales, desde fines del siglo XVII, siendo el otro el Tory, ahora Conservador.

Image caption Los Lib Dems son herederos de los whigs, quienes rigieron el imperio en varias ocasiones.

Ya en el siglo XIX, los whigs representaban intereses industriales y comerciales, opuestos a los propietarios rurales, la Iglesia anglicana y la Corona.

Los whigs apoyaban la independencia parlamentaria, el libre comercio, los derechos de los católicos, la abolición de la esclavitud y la extensión del derecho a votar (aunque no para las mujeres, todavía).

El Partido Liberal, surgido a mediados del siglo XIX, heredó esas causas y paulatinamente adoptó algo escandaloso para los whigs originales: mayor participación del gobierno en la búsqueda del bienestar común, a expensas del "ayúdate a ti mismo".

En el periodo entre las dos grandes guerras del siglo XX, el Partido Liberal perdió vigencia debido a la irrupción del Laborismo, que atrajo como un imán a la mayoría de los trabajadores sindicalizados.

Su irrelevancia se acentuó en las décadas siguientes, en un proceso que muchos analistas consideraban irreversible, a pesar de que en 1988 se unió con el Partido Social Demócrata, una escisión moderada del laborismo, tomando su nombre actual, Liberal Demócrata, o "Libs Dems".

El poder de coronar

Image caption Quizás no será rey, pero sí quien lo escoge.

El debilitamiento de los tories tras la caída de Margaret Thatcher no dio una oportunidad a los liberales, sino a una versión corregida del laborismo, encabezada por Tony Blair, que abjuró del dogmatismo socialista.

Para muchos, el Nuevo Laborismo de Blair fue un "nuevo despojo" de los valores liberales clásicos, pero la desilusión con Blair y Brown habría persuadido al electorado de dar una oportunidad al viejo partido.

No le alcanzará para formar gobierno, sin embargo, porque la distribución nacional del voto liberal y las restricciones del sistema electoral determinan que el partido no ganará tantas bancas como los otros dos.

Pero en política no hace falta ser rey: muchas veces basta con ungir al rey.

Lo más probable es que Clegg sea el gran elector, y lo que pedirá a cambio es que el próximo Parlamento adopte un sistema de representación proporcional, para institucionalizar la renovada influencia del partido.

Para eso deberá conservar o aumentar el 6 de mayo el nivel de apoyo actual.