Nueva Orleans, a cinco años de Katrina

Nueva Orleans
Image caption Katrina ha sido uno de los mayores desastres que ha enfrentado Estados Unidos.

Regreso a Nueva Orleans exactamente cinco años después del paso del huracán Katrina, cuyos efectos convirtieron en una dramática referencia en el almanaque de los desastres a un lugar cuya fama hasta entonces era el jazz.

Nunca he vuelto a la ciudad después de haber estado esas semanas de septiembre de 2005 recorriendo sus calles anegadas, obstruidas por árboles y postes caídos. De pasar frente a sus casas fantasmagóricas, de las que de vez en cuando surgía alguna manifestación de vida, bien de un parroquiano o de su mascota que quedó atrás, o que logró salvarse cuando sus dueños no pudieron.

Desde entonces Nueva Orleans es noticia recurrente. Pero confieso que veo poco esos documentales que se han hecho sobre el desastre. Me revuelven el impacto que me provocó esa gente abandonada y sin rumbo con la que compartí por largos días el cascarón inútil en el que se transformó la ciudad.

Vea el diario de aquel entonces

Amistades fugaces

Recuerdo a Thomas, un atlético maestro de escuela que después de poner a salvo a su familia y pese a haber sido inexplicablemente rechazado cuando se ofreció como voluntario en un refugio, llenó un carro de supermercado con agua, jugos y alguna comida para dársela "al que tuviera cara de estarla necesitando más", como me dijo.

Lo conocí en el único teléfono público de Canal Street que funcionaba, cuando le ofrecí un cuarto de dólar para que terminara una llamada que era notable que le apremiaba concluir. Quedó agradecido y trabamos una amistad que fue fugaz pero intensa.

En fotos: Katrina: un recorrido por el Noveno Distrito de Nueva Orleans

Recuerdo a Pedro, el taxista hondureño que con su enorme auto blanco acampó cerca de la improvisada villa periodística que fue creciendo entre los rieles del tranvía, en la única parte no sumergida de Canal Street.

Pedro tenía cómo salir de Nueva Orleans pero prefirió quedarse para servir a la gente que vendría al rescate, primero, y a la reconstrucción, después. En su sonrisa a prueba de desastres no había tanta avidez por ese negocio inminente como optimismo por el futuro de la ciudad.

¿Tiene alguna pregunta para Carlos Chirinos? Acompáñelo en este viaje

Mexicano varado

Recuerdo a otro Pedro, un anciano turista mexicano al que la contingencia pilló desprevenido cuando trataba de asegurar unas propiedades que sus propios hijos querían quitarle, según acusaba insistentemente. La avaricia, o el apego, de este Pedro le impedían dejar la ciudad con lo puesto, que es como se recomienda e impone en las emergencias.

Don Pedro tenía demasiados papeles y -aunque era verano- demasiados abrigos, como para abordar alguno de los buses que hicieron la evacuación preventiva de la ciudad. Me aseguró que nadie le dijo que venía un huracán, pero siempre pensé que no entendió o que no quiso entender.

Al final a ese Pedro, con sus papeles y sus abrigos lo puse yo en el aeropuerto de Baton Rouge. Y aunque estaba más aliviado por desembarazarme de una presencia que ya perturbaba mis jornadas periodísticas, cuando lo dejé en la terminal y lo vi tan desvalido, me dio mucha pena su historia de disputas familiares, a la que no puse mucha atención centrado en los apremiantes dramas que se desenvolvían.

Recuerdo otras caras anónimas de quienes deambulaban por las calles cuando daba la impresión de que estaríamos para siempre en esa otra dimensión de una ciudad inservible. Me impresionaba que se daban por bien servidas con un simple saludo.

Un breve intercambio de cortesías, quizá compartir una botella de agua y regalar una barra de cereal era suficiente para complacerlas.

Siga a Carlos Chirinos en Twitter

Heridas secas

Image caption Las principales vías de comunicación quedaron inservibles. La ciudad, incomunicada.

Habían historias más desesperadas de ancianos que economizaban el fondo de sus imprescindibles botellas de oxígeno o de a quienes les empezaba a faltar los medicamentos.

Eso sin contar cómo miles de personas pasaron casi una semana sin comida, agua o servicios básicos y sobre todo, sin la certeza de que alguien hacía algo por rescatarlas.

De Thomas, ni de Pedro el hondureño, ni de Pedro el mexicano he vuelto a saber. Sus teléfonos ya no funcionan. Quizá no estén entre el 85% de los que regresaron a la ciudad.

No es descabellado que me tope con ellos en alguna esquina. Al fin y al cabo Nueva Orleans no es una ciudad tan grande. Me daría gusto saber cómo reconstruyeron sus vidas.

Pero regreso con cierta aprehensión por las mismas razones por las que no veo los documentales sobre el tema: porque me refrescan el sufrimiento, la desesperanza, la negligencia y la muerte que se cebaron sobre los habitantes de la ciudad en aquellos días.

Quizá el Barrio Francés y la zona de negocios ha vuelto a su viejo esplendor, pero grandes sectores permanecen sin recuperarse.

En sus casas derruidas o simplemente abandonadas están las heridas secas, pero todavía abiertas que dejó Katrina.

Acompañe a Carlos Chirinos en este regreso a Nueva Orleans. Puede seguir su recorrido a través de su cuenta en Twitter y leyendo este diario de viaje.

También los invitamos a que envíen sus preguntas, dudas o comentarios a nuestro enviado especial. Para hacerlo utilice el formulario que se encuentra a continuación.

Your contact details
Disclaimer

Contenido relacionado

Vínculos

El contenido de las páginas externas no es responsabilidad de la BBC.