Escuchando los huesos: las fosas abiertas de América Latina

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Image caption Se estima que en Argentina durante el régimen militar que gobernó el país desde 1976 hasta 1983 fueron desaparecidas 30.000 personas. Muchas de ellas fueron enterradas en fosas comunes.

Un cráneo con dos orificios en la parte posterior reposa sobre un pedazo de papel cartón y espera ser analizado. Bordeando las costras de tierra que se incrustaron en su superficie se ven los trazos de un marcador rojo: "E-34".

"Esta marca verdosa -un polvo metálico impregnado en la calavera y que rodea los orificios- es la impronta del proyectil, al menos una esquirla estuvo apoyada sobre el hueso por un tiempo prolongado y dejó esta marca que por más que la laves y la laves no se va", describe la antropóloga forense Patricia Bernardi, de pie junto a una camilla metálica colmada de fragmentos óseos que debe observar, analizar, catalogar.

En este salón en un barrio ruidoso y caliente del centro de Buenos Aires hay huesos por todos partes: esqueletos enteros, trozos de brazos y piernas, segmentos de pelvis, pedazos de cráneos cubiertos de tierra, partículas de un ser humano.

Son los restos de los desaparecidos: los huesos, el eco del cuerpo humano.

"Lo último que queda de la persona y la última oportunidad de que el cuerpo hable y cuente su verdad", dice la antropóloga

Madres con pañuelos blancos en la cabeza llevan carteles con las fotos de hombres y mujeres y mensajes que exigen el hallazgo de su paradero. Derechos de autor de la imagen DANIEL GARCIA
Image caption Las madres de la Plaza de Mayo fue la primera organización civil que denunció la desaparición de jóvenes durante el régimen militar en Argentina.

Tras el fin del gobierno militar en Argentina en diciembre de 1983, se inició un proceso de búsqueda e identificación de las casi 10.000 personas que habían sido reportadas desaparecidas a la Secretaría de Derechos Humanos, en medio de una súplica nacional de restitución y justicia.

Hoy, 2016, las organizaciones de derechos humanos estiman en 30.000 el número de las víctimas del régimen que gobernó entre 1976 y 1983.

"¿Dónde están nuestros hijos?", "¿Por qué se los llevaron?", "Queremos que nos digan si están muertos o vivos", clamaban las madres en la Plaza de Mayo.

Pero para saber eso había que crear un equipo dedicado a buscar, encontrar e identificar los restos de esas víctimas, que no existía en la Argentina en ese tiempo.

De hecho, no existía en el mundo.

Bernardi pasa sigilosamente las yemas de sus dedos por encima de la superficie de un fémur para secarlo. El contacto es leve, prolijo, sus movimientos exactos y suaves, como si ella y los huesos se estuvieran susurrando algo.

"El hueso demuestra la calidad de vida que tuviste. Hay que saberlos leer para saber todo lo que están diciendo, depende del ojo de cada uno. Es un elemento noble, encierran una verdad irrefutable".

Son huesos que gritan.

El "Sherlock Holmes" de los huesos

Patricia Bernardi es alta, delgada y tiene una voz profunda que infunde respeto porque le sobra desparpajo y honestidad. Y porque lleva 32 años haciendo lo mismo, revolviendo huesos en busca de verdades.

Ella es una de los miembros fundadores del reconocido Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF).

Pero en 1984, en la primavera de la democracia, pensaba dedicarse a otra cosa.

Planeaba ser arqueóloga, buscar vasijas de barro bajo vestigios antiguos; no estar con el peso histórico de los desaparecidos de Argentina en el cuarto contiguo a su oficina.

"Si en ese momento me preguntabas qué era un antropólogo forense, no sabía. Mi conocimiento sobre huesos eran de lobo marino y un guanaco", recuerda.

Si le pusiéramos una etiqueta a sus recuerdos esta primera parte diría sin duda "Clyde Snow, junio de 1984".

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¿Cómo los forenses identifican el cuerpo de un desaparecido?

Clyde Snow era un antropólogo forense estadounidense, líder en su disciplina, que había llegado a Buenos Aires a pedido de varios organismos argentinos para decidir qué hacer con los restos de los desaparecidos tras las asunción, ya en democracia, del político Raúl Alfonsín a la presidencia.

Lo llamaban el "Sherlock Holmes" de los huesos. Había trabajado en la identificación de los restos del "Ángel de la muerte" Josef Mengele, el médico de Auschwitz hallado en Brasil 30 años después del fin del nazismo, así como en el análisis forense del cuerpo de JF Kennedy.

Más tarde lo haría en las fosas comunes de kurdos en Irak, donde testificó contra Saddam Hussein en el juicio que llevó a su ahorcamiento en 2006.

"Snow era la imagen del antiprofesor, todo lo que uno se imagina de un académico, él era lo contrario. Anteojos claros, de sombrero y botas siempre, sin importar el calor que hiciera. Chupaba tanto... Era de buen beber, fumaba mucho: cigarros, pipa, cigarrillos", rememora Bernardi.

"Aunque apenas hablábamos inglés y él no hablaba una papa de español, llegamos a conversar sobre cosas muy íntimas. Mucho de lo que sé de tomar el vino y demás lo aprendí de él. Y nos daba clases en un bar, haciendo gráficos sobre las servilletas. Tenía una personalidad muy atrayente, era brillante, muy humano y muy muy inteligente".

Varios militares están reunidos y uno de ellos se dirige al público Derechos de autor de la imagen AFP
Image caption El momento en que el general Jorge Rafael Videla le informa al país que las Fuerzas Militares argentinas habían tomado el poder el 26 de marzo de 1976.

Después de varios meses de trabajo, Snow tenía listo un caso: gracias a la burocracia marcial, que no habían logrado evitar ni en esos tiempos oscuros, los militares habían hecho un registro pormenorizado de sus detenciones e inhumaciones.

Documentos muchas veces con datos falsos, pero registros al fin, mediante los cuales había logrado concluir que en un lugar específico del cementerio de La Plata, a dos horas de Buenos Aires, estaba el cuerpo de uno de los tantos desaparecidos que reclaman las madres para ellas.

Pero para sacarlo de la tierra Snow no quería las manos torpes de los sepultureros, que mezclaban los restos con sus palas mecánicas.

"El hueso es una prueba contundente, pero tienes que saber levantarlo".

Necesitaba la mano de obra experta de arqueólogos incluso si eran estudiantes recién iniciados, como Patricia. Como Luis Fondebrider. Como Mercedes Doretti. Tres de los cinco jóvenes inexpertos -los tres que aún siguen en el equipo- que se juntaron aquella tarde en casa de Patricia para escuchar la invitación de Snow.

"Clyde nos explicó y nosotros pensamos '¿en qué nos estamos metiendo?' No teníamos ni idea, nunca habíamos trabajado en enterratorios. La presión para encontrar a los desaparecidos era enorme. Nosotros sospechábamos, ¿por qué venía un yanqui a pedirnos esto?"

"Le dijimos que nos diera un día para responder. Pensamos que solo sería una excavación y ya".

Hombre habla durante un juicio. En una pantalla se exhibe un cráneo. Derechos de autor de la imagen AFP
Image caption Clyde Snow en un momento de su exposición durante el Juicio de las Juntas en abril de 1985.

Las botas y las miradas

Al día siguiente se hicieron presentes en la puerta del cementerio de Avellaneda.

Era una mañana del invierno de 1984 y ellos iban armados con sus palas, sus estecas, sus cepillos y sus carpetas para registrarlo todo.

Abrieron la tierra. Llovió. Llovió mucho, pero al final, después de una jornada de siete horas en medio de aquel arrastre de fango y piedras húmedas, encontraron algunos huesos.

"En esa primera excavación no sabíamos muy bien dónde estábamos parados. Me acuerdo de estar cavando, mirar hacia arriba y observar las botas de los militares que estaban allí, mirando lo que estábamos haciendo y pensar 'Dios mío, dónde nos metimos'", relata Patricia.

"El país estaba muy inestable en ese tiempo. Si los milicos volvían, nadie nos aseguraba que nosotros no fuéramos a ser los próximos desaparecidos. A uno de los tipos que estaba ahí le escuché decir 'Si hubiéramos hecho bien el trabajo, no hubiéramos dejado rastro y estos pibes no estarían aquí'".

Sin embargo, ese primer empeño fue un fiasco: no eranlos restos de quien estaban buscando, sino los de otra persona, que no era un desaparecido. Y eso complicaba más su ya precaria situación.

Pero las excavaciones siguieron, aparecieron nuevas fosas, el trabajo se hacía cada vez más urgente.

Hombres y mujeres excavando en un lugar lleno de esqueletos que están medio sepultados. Derechos de autor de la imagen AFP
Image caption Las excavaciones tenían que hacerse con el rigor científico de la arquelogía.

Ellos siguieron extrayendo esqueletos, clasificando. Buscando las marcas de la violencia en los huesos. Sin saberlo, de esa forma casi estoica, estaban fundando el Equipo Argentino de Antropología Forense, EAAF.

Y pasaron de los cementerios a los laboratorios, donde Snow les enseñó los métodos y los atajos forenses.

Gastaron horas de su vida analizando vestigios óseos, señales particulares, escudriñando fisuras por lesiones hasta que llegaron al primer caso positivo: a principios de 1985 lograron identificar los restos de una mujer.

Nombre: Liliana Carmen Pereyra. Edad: 21 años. Otros datos: al momento de su desaparición, el 15 octubre de 1977, tenía cinco meses de embarazo.

El 24 de abril de 1985, Clyde Snow fue con estos resultados -y otros más conseguidos por el equipo- al Juicio de las Juntas, un proceso de justicia civil convocado por Alfonsín contra los jefes militares por violaciones masivas a los derechos humanos que aún hoy sigue siendo un modelo en su género.

Con las luces apagadas y respaldado simplemente por un proyector y una traductora, el antropólogo forense entregó la evidencia legal más certera contra los militares.

"Fue tan contundente lo que dijo, que los abogados defensores salieron de la sala", recuerda Bernardi.

Desaparecidos en Argentina

1976-1983

30.000

personas desaparecidas

  • 1.200 cuerpos han sido encontrados por el EAAF.

  • 710 han sido identificados.

  • 300 restituciones se han hecho hasta ahora.

BBC Mundo

Es que la labor en la tierra no sólo había entregado los huesos, sino la evidencia científica que contradecía la versión oficial de generales y almirantes: que a esos jóvenes desaparecidos se les había dado muerte en confrontaciones armadas con militares, paramilitares y policías.

El cráneo hecho trizas de Liliana Pereyra y, junto a él, los siete perdigones de Ithaca, el arma reglamentaria de las fuerzas de seguridad argentinas, revelaron que la mujer había sido ejecutada.

Frente al estrado, Snow siguió con las fotos de otros casos: cráneos agujerados con balazos por la espalda a menos de 30 centímetros, signos irrefutables de ejecuciones pensadas y no de enfrentamientos fortuitos entre bandos de militantes y militares.

"En el futuro ya nadie podrá versionar esta verdad, porque es científica", le dijo Snow al diario "Página 12" en una entrevista posterior al proceso.

El caso de Pereyra se volvió un emblema: la ciencia también certificó que había dado a luz a su bebé mientras estuvo en cautiverio.

Pero, ¿cómo lo hicieron?, ¿cómo habían podido identificar los huesos de una persona y saber que había sido asesinada por las armas de los policías?

¿Cómo supieron que había tenido un bebé?

Varios restos de huesos sobre una bandeja metálica. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Hasta el momento se han logrado recuperar los restos óseos de al menos 1.300 personas desparecidas de las fosas comunes alrededor de Argentina.

Los huesos estrella

A Patricia Bernardi le gusta la tierra.

Dice que allí, en los pozos y con las herramientas, es donde saca a relucir toda su paciencia. Con el ruido de la esteca y el cucharín de fondo mientras van desvelando de a poco los huesos escondidos.

"Una vez que identificamos dónde están los cuerpos, les quitamos la tierra que tienen encima, pero los dejamos in situ hasta que finalice la excavación, por si encontramos más evidencia, como una bala o algo similar, que hay que determinar qué ubicación tenía respecto del cuerpo", relata.

"Después comenzamos a levantar el esqueleto en orden: una pierna primero, después la otra, después los brazos. Todo lo envolvemos en papel, lo empacamos en las cajas y lo llevamos al laboratorio".

Allí es donde se apilan: lavados con un cepillito de dientes y sin nada de químicos, secados a fuerza de aire del ambiente para que no se dañen, ordenados sobre las planchas metálicas para su análisis.

Cuando entre la masa de restos aparecen los huesos estrella, ellos respiran con alivio.

"Hay unos huesos que nos ayudan más que otros a la identificación de las personas, los huesos estrella", explica Mariana Selva, otra de las antropólogas del EAAF, sosteniendo un pedazo de costilla en su mano derecha.

Estela de Carloto mira a la cámara fijamente. Derechos de autor de la imagen FABIAN GREDILLAS
Image caption Estela de Carloto, presidenta de la organización Abuelas de Plaza de Mayo, se enteró que era abuela por el trabajo del equipo forense.

"Por ejemplo, el fémur permite estimar la edad y la estatura, la pelvis y el cráneo para descifrar el sexo. La dentadura para compararla con la ficha odontológica de la persona en vida, si es que existe".

Los detalles importan, porque todos estos datos que revelan los huesos sirven para cotejar con los detalles del desaparecido que miles de familiares de desaparecidos han dejado en los registros de la llamada Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas).

Que si le habían sacado una muela, que si tenía un problema al caminar, que si había tenido un accidente con fracturas en vida, que si era conductor de bus que le hubiera atrofiado los discos de la columna, que si trabajaba cargando bultos y tuviera signos en los huesos del hombros. Todo servía.

"En el caso de Liliana Pereyra ocurrió así: su madre había dicho que dos meses antes de que fuera detenida le habían extraído el canino superior derecho. Y en el cráneo que sacamos del cementerio pudimos ver el espacio donde estaba el diente que le faltaba y con los signos de haber sido una extracción reciente, lo que cuadraba perfecto con esa descripción", cuenta Patricia.

Después, viene el escrutinio de las heridas. Los huesos que delatan.

El eco de la muerte

Mariana pasa un cepillo para retirar la costra de barro que cubre los huesos. Es como una ceremonia para quitarles el tiempo a los restos de los desaparecidos hace más de tres décadas.

"Parece místico, pero es así, uno hace que el esqueleto le hable, le cuente los últimos momentos de la persona", indica Mariana mientras sus manos se untan del lodo que va saliendo de un pedazo de mandíbula.

Aunque muchas heridas de muerte se desintegran con el cuerpo -las que fueron infligidas en la carne-, algunos rastros quedan en los huesos: fracturas en los brazos causadas por torturas, columnas vertebrales deshechas por un disparo, cráneos perforados por orificios.

El equipo hasta ahora ha logrado confirmar la identidad a 700 personas a partir de huesos desenterrados de todo el territorio.

Hay otras 600 cajas guardadas en el laboratorio que sólo llevan un código. Cajas que esperan por un nombre.

En ellas, una constante: la de las heridas de bala múltiples, muchas por la espalda y a quemarropa.

Esqueleto de plástico en primer plano y un laboratorio forense de fondo. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption El laboratorio del EAAF se encuentra en un barrio del centro de la capital de Argentina, Buenos Aires.

"De mi hija Laura se supo que había estado secuestrada porque tenía dentadura deteriorada, que había sido asesinada de espaldas, disparada a 30 centímetros. Que no iba armada y no la abatieron en un enfrentamiento, como decían. Que la sacaron del centro de concentración para matarla en una ruta del gran Buenos Aires", le dice a BBC Mundo Estela de Carlotto, presidenta de la organización Abuelas de Plaza de Mayo, la organización que lleva adelante una búsqueda de los hijos de mujeres desaparecidas nacidos en los centros clandestinos.

A Carlotto le entregaron en agosto de 1978 el cuerpo de su hija muerta, algo inusual en días bajo régimen militar.

Cuando en 1985 pidió una exhumación para investigar la causa de muerte, fue precisamente un hueso, una pelvis llena de barro, la que le dio una nueva causa para su lucha.

"Viendo los huesos que iban sacando muy suavemente los chicos del equipo, Clyde Snow los iba mirando y observando. En un momento dado, me llama y me dice: Estela, tengo algo para decirte, tú eres abuela. Porque en los huesos estaba esa marquita que les queda a las mujeres cuando dan a luz. Supe en esa exhumación que tenía un nieto".

Las estrías en la pelvis que causan los partos se volvieron certeza del nacimiento de niños en cautiverio, en muchos casos entregados en adopciones clandestinas. Se estima que hay unos 500 de ellos nacidos de madres detenidas y luego desaparecidas, que han crecido con identidades falsas.

El nieto de Carlotto, hallado en 2014, fue uno. Otro, el hijo de Liliana Pereyra.

"Cuando la encontramos a Pereyra, una de las cosas que nos llamó la atención es que a pesar de que sabíamos que había sido detenida en estado de embarazo, no había ningún feto a su lado en la fosa en que fue hallada en el cementerio de La Plata", declaró Snow en el Juicio a las Juntas.

La pelvis, otra vez, mostró las estrías, signo de vida.

Mujer sostiene un hueso para medirlo sobre una mesa azul. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo.
Image caption En el laboratorio se analizan los restos óseos que permitirán determinar una edad y estatura aproximada, el sexo y una posible causa de muerte.

La huella de los familiares

Con el descubrimiento de la huella genética en la sangre (pruebas de ADN) por el investigador británico Alec Jeffreys en 1985, los huesos comenzaron a servir para algo más: para determinar los estrechos lazos familiares a través de los genes, en los huesos ciertas marcas que pudieran coincidir con lo que los familiares les habían contado del aspecto físico del desaparecido.

Habían identificado a una joven operada del corazón, otra que había tenido polio, alguien que se había olvidado la prótesis el día de su detención. A Pereyra con su canino perdido.

La llegada de las pruebas de ADN, que comenzaron a usar como estándar después de 2003, revolucionó el trabajo del laboratorio. Y les triplicó el índice de éxito en las identificaciones.

"Hoy con el ADN es mucho más fácil. Para mí, hay una diferencia notoria entre cuando uno estudia un cuerpo sin haberlo identificado y cuando ya sabés el nombre, podés buscar los datos, ver fotos en vida", apunta Patricia.

Es también la sangre la que ha permitido trazar el lazo entre los bebés apropiados y sus abuelas biológicas.

Torre con fotos de personas que desparecieron durante el régimen militar argentino. Derechos de autor de la imagen Getty
Image caption El trabajo del EAAF ha permitido la devolución de al menos 700 cuerpos a los familiares de los desparecidos.

En 2008, a Hilario Bacca, un comerciante que vivía en el centro del país, le practicaron varios exámenes de sangre porque se sospechaba que era hijo de desaparecidos y que había sido entregado a una familia después de nacer en el centro clandestino de la Escuela Mecánica de la Armada, ESMA.

La sangre confirmó que él era el bebé extraviado de Liliana Pereyra. Fue el nieto número 95 recuperado por las abuelas de Plaza de Mayo.

Aunque Bacca no lo deseaba así.

"Yo conocí mi identidad biológica mediante un examen de ADN compulsivo (permitido legalmente en Argentina para precisar si alguien es hijo de desaparecidos), lo cual no quería hacer, y no me quedó otra opción que conectarme con esto", le dijo a BBC Mundo en 2011.

Sus padres "adoptivos" fueron llevados a juicio por apropiación de menores, pero Bacca insiste en defenderlos y llamarlos "padres de corazón".

"A esta altura de mi vida en democracia me quieren hacer desaparecer como Hilario Bacca y quieren hacer nacer un Pereyra y un Cagnola (apellido del padre desaparecido, pareja de Liliana) que para mí no existe", reclamó.

"Nunca sabes cómo los familiares van a reaccionar cuando se encuentran con una verdad así. Ves de todo", dice Patricia, y acaricia el cráneo que tiene entre manos mientras habla.

"Las verdades que les damos a veces son difíciles de digerir, vos le contás todo lo que los huesos nos revelan después de un análisis muy largo, a veces de años y años. Es como que le reventás el disco rígido".

Los huesos siguen llegando: en las mesas reposan unos fragmentos muy dañados, culpa de la alta acidez del suelo, desenterrados de un cementerio en la provincia de Corrientes; en sobres, los restos que van saliendo del Pozo de Vargas, un hoyo de 40 metros de profundidad que fue fosa común de los militares en la provincia norteña de Tucumán.

Justo en estos días acaban de confirmar la identidad de un estudiante secuestrado en 1976. Cuarenta años después de que su familia empezara a buscarlo.

"Cuando pasamos por todo el proceso científico, llegamos a esa parte que da razón a nuestro trabajo, o al menos el equipo lo piensa así. Es cuando podemos llamar a las familias", dice la forense.

Luis Fondebrider en su oficina Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Luis Fondebrider es el actual director del EAAF. Él fue uno los miembros fundadores del equipo tras el fin del régimen militar en 1983.

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-Los asesinos deben tenerle más miedo a los muertos que a los vivos- dijo el pionero de la Antropología Forense, Clyde Snow al New York Times en 2002- porque los testigos pueden perder la memoria a través de los años, pero los huesos no olvidan, contienen un testimonio silencioso, pero a la vez muy elocuente.

Y tras ser identificados, cobran vida.

"Hay una diferencia notoria entre cuando se estudia un cuerpo sin haberlo identificado y cuando ya sabés el nombre. Ya dejó de ser el esqueleto AVD 677 para ser Juan o María", dice Bernardi y deja un fémur en su lugar exacto en un esqueleto completo, dispuesto en posición anatómica sobre una camilla metálica.

"Es como que ese secreto que estuvo por años en una estantería, almacenado, ahora puede volver con la familia a la que pertenece".

En muchos casos, incluso un hueso solo es como si le entregaran todo.

"Una vez identificamos a una chica de nacionalidad chilena en General Lavalle, que había sido militante desaparecida en Argentina, sólo por un fémur", continúa Bernardi.

"Trajeron el ataúd para mandarlo a Chile, se involucró la cancillería porque tocaba hacer un proceso de repatriación y todos esos papeleríos, y nosotros decíamos 'es un fémur nada más y lo van a meter en un ataúd, cómo les decimos que mandan un ataúd para sólo un fémur'... Pero para el familiar, ese fémur era como tenerlo todo".

El cariño, lo han visto los forenses frente a sus mesas llenas de huesos, se puede transmitir de distintas maneras.

Unos lloran. Otros hacen fiestas. Otros se toman selfies. Les cantan, les rezan. Otros invitan a la presidenta.

Varias personas están en un cuarto pequeño en medio de una ceremonia religiosa. Derechos de autor de la imagen EAAF
Image caption Una familia en Tucumán, Argentina, despide a un familiar que fue restituido después del trabajo del EAAF.

"Las madres son las que más besan los huesos", cuentan con la autoridad que da la experiencia. Las esposas, en cambio, quieren que el último adiós no esté falto de belleza.

Las Violetas

Luciano Zuppa se bebe su cerveza en calma. Está sentado en medio de un ruidoso bar flanqueado por vitrales luminosos que le dan un aire de grandeza al salón.

Por segunda vez en menos de cinco minutos un mozo se acerca a preguntarle si "está todo bien" y si desea "alguna otra cosa".

-No, muchas gracias. ¿O me pido un whisky para contarles mejor?, sonríe, mientras las conversaciones alrededor inundan el lugar.

Zuppa es hijo de desaparecidos y lo lleva en los ojos.

En noviembre de 1976, cuando apenas tenía un año y medio, un comando armado entró a la casa donde vivía en La Plata, a 50 kilómetros de la capital argentina, y se llevó a Néstor Óscar Zuppa e Irene Felisa Scala, sus padres, a la fuerza. Nunca más los vio.

Al menos no con vida.

"A mediados de 2012, 36 años después y tras un par de procedimientos, alguien del EAAF me escribe y me dice que tienen indicios de que unos restos que han encontrados pueden ser los de mi mamá".

El bar donde Zuppa se bebe su cerveza se llama Las Violetas, ubicado en el barrio Once, en el centro de Buenos Aires.

Durante los años del régimen militar argentino, las Abuelas de la Plaza de Mayo se reunían en este lugar para intercambiar información sobre los hijos que buscaban denodadamente, mientras aparentaban que celebraban cumpleaños y aniversarios.

El día que fue a recoger los restos, Luciano fue acompañado de la persona que lo había criado desde que sus padres fueron desaparecidos: su abuela.

"Cuando llegamos al EAAF ella, que tenía 96 años entonces y ahora tiene 100, fue incapaz de ver los restos de mi madre, su hija. Lo intentó, pero no fue capaz. Tuvo que salir. Entonces la gente del equipo me dijo que la llevara a su lugar favorito para alegrarla un poco y la traje acá, a Las Violetas, donde solía venir con mi abuelo y con sus amigas cuando joven", relató Zuppa.

Hombre sentado en un bar. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Luciano Zuppa en el bar Las Violetas donde llevó a su abuela después de encontrarse con los restos de sus padres, desaparecidos hace 30 años.

Pero él sí los vio. Mientras su abuela se restablecía en un corredor anexo, él se quedó delante de los huesos de su madre, el conjunto de fragmentos que había buscado toda su vida.

"Estaba el esqueleto en perfecto estado, pero le faltaba el cráneo. Y eso hizo más difícil el aceptar, primero, que eso era un cuerpo humano y, segundo, que fuera el de mi madre. Sin embargo, y eso lo entendí poco después, nunca estuve en los últimos 36 años de mi vida tan cerca de ella como en aquel momento", afirma.

Desde que inició la búsqueda al lado del EAAF, los miembros del equipo le habían hecho una solicitud que parecía perturbadora: que les llevara fotos de sus padres sonriendo.

"Tal vez por eso es que me afectó tanto el hecho de no tener su cráneo. Es que en el cráneo está la única parte de un esqueleto que uno ha visto de la persona en vida, que son los dientes. El resto, los huesos, no los vemos porque están cubiertos de piel y carne. Yo pensaba que ver los dientes, la sonrisa, a mi mamá iba a ser un disparador para mi memoria".

Después de sobreponerse a esa primera impresión, Zuppa comenzó a reconocerse en ese conjunto de trozos dispersos en la plancha de metal: notó una pequeña distorsión en los huesos del tórax de su madre, un hueso más largo de lo habitual, que él mismo tiene.

"Es increíble cómo te puedes relacionar con tu mamá hasta en los huesos: yo tengo la misma distorsión acá", dice y señala el pecho, "por la que me he sentido incómodo toda la vida. Pero eso me ayudó a conectarme con sus restos y a superar la ausencia de un cráneo".

Mujer acompaña a un niño que está disfrazado Derechos de autor de la imagen Luciano Zuppa
Image caption Cuando sus padres fueron desaparecidos, Luciano Zuppa quedó al cuidado de su abuela materna.

Poco tiempo después, le avisaron que las pruebas del ADN entre su sangre y otro conjunto de huesos del laboratorio del EAAF habían dado positivo. Eran los huesos de Néstor.

En el caso de su padre, los pedazos disponibles eran menos y estaban en peor estado, pero allí estaba la calavera y sus dientes. La primera sonrisa que tuvo de su padre para el recuerdo, más allás de las fotos, y también la última.

Había llegado el momento de enterrarlos.

Comenzó con la idea de una ceremonia pequeña. Íntima. Terminó como una ceremonia de Estado, con lectura de un mensaje oficial de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los miembros del EAAF contando cómo había sido el proceso, en el salón de eventos de la Universidad Nacional de la Plata donde sus padres habían sido docentes.

Y más: "Invité a un grupo de rock muy conocido, Estelares, a que cantaran una canción que significaba mucho para mí dentro de este proceso: Ardimos. Y aceptaron. Vinieron y la cantaron en vivo".

Era la música que había escuchado en sus viajes a ver los huesos al laboratorio forense, donde los científicos los conservan después de la identificación hasta que la Justicia da el debido permiso para hacer la entrega a los familiares.

La canción contenía una letra de simbolismo premonitorio: cuenta la historia del fuego intenso de una relación viva, pero es el coro que se repite hasta mezclarse con el riff de la guitarra el que calzó en el oído de Zuppa, "Tú sabes mi amor como es, el cielo siempre azul de mi amor".

"Era necesario hacerlo y hacerlo así, aunque pareciera extraño. Tener los huesos era como acabar con un montón de ansiedad y preguntas que me había hecho por años", apunta Zuppa mientras apura la cerveza.

"Pese a que han pasado cuatro años y todavía sigo tratando de procesarlo. Me preguntás cómo me siento, y no sé... Dejé mi empleo, me fui de viaje, empecé otro camino, una búsqueda más interior y personal. Dejé de buscarlos a ellos para comenzar a buscarme a mí".

Mujer acomoda los huesos de la mano de un esqueleto sobre una mesa. Derechos de autor de la imagen EAAF
Image caption Un miembro del EAAF organiza un esqueleto para ser presentado a los familiares en el momento de la restitución.

Selfies y peticiones extrañas

Sobre el escritorio de Patricia Bernardi hay una botella de vino esperando ser abierta.

Aunque no lo dice, puede ser un regalo de un familiar agradecido por haberle devuelto los restos de su ser querido. Gestos que se repiten y que, pese a llevar más de tres décadas en esta labor y haber visto "de todo", todavía la sorprenden.

Pero no la descuadran: son los instantes definitivos de su trabajo.

"No importa si estás en Argentina, en El Salvador o en el Congo, vos tenés que tener claro que te vas a enfrentar a una familia, y que en 20 minutos a solas con los restos y con ellos, les vas a decir lo que ellos se llevan preguntando durante 20 años", explica mientras camina entre las cajas llenas de huesos del laboratorio.

"Y lo que le vas a decir tiene que ser contundente como es el trabajo científico, pero dicho con cuidado y con afecto".

En esos momentos de encuentro íntimo, los sentimientos y las reacciones, muchas veces la desencuadernan de su papel de antropóloga.

"Un día a un chico le devolvimos un cuerpo sin cráneo y entonces nos dijo 'si me dan el cráneo de otro, se los cambio por todo el esqueleto de mi papá'. Era como que el cráneo era súper importante para él y no se lo teníamos", relata y se ríe, con una risa compasiva y amorosa, contagiosa.

"Lo que les damos es suficiente para hacer el duelo", remata.

Monumento que tiene un carte con la inscripción "No fue un proceso de reorganización nacional. Fue terrorismo de Estado. Fue Genocidio". Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Debajo de la autopista 25 de mayo de la capital argentina se levanta un centro de memoria para recordar a los desaparecidos durante el régimen militar.

Un duelo que inicia cuando se reencuentran con el ser querido. Muchas esposas que vienen por los restos de su marido se ponen bonitas, cuenta Patricia, maquilladas y bien teñidas, como si fueran a una cita. Que esa despedida tenga algo de belleza física.

Y en plena era digital, muchos quieren que el encuentro con los huesos quede documentado.

"En los últimos años me impactó lo de sacarse fotos. Recuerdo que identificamos al hijo de un señor alemán. Cuando entró, me entregó la cámara y me pidió que le sacara una foto, yo le dije que sí y él enseguida puso su cara al lado del cráneo", dice la antropóloga.

"Yo me quedé paralizada. Él me dijo que, cuando secuestraron a su hijo, los militares se habían llevado todas sus fotografías, que no tenía ni una de su hijo en vida. Y yo pensaba 'esto es un esqueleto, no es tu hijo'. Pero el familiar no ve lo que uno ve y es importante entender eso".

Las historias siguen: amigos que le han traído una serenata de guitarra, un familiar malabarista que se despidió de su ser querido como mejor sabía hacer y montó un espectáculo circense para su entierro.

Alguien que trajo el álbum de fotos de toda la parentela y se lo mostró página por página a un cráneo baleado sobre la mesa forense.

Desde el comienzo, el vínculo con las familias ha sido el sello que distingue el trabajo del EAAF.

Ellos han elegido que no sólo sea excavar, analizar y confirmar: eligen ser quienes entregan los huesos a sus dueños y ponen el hombro para mitigar las emociones que salen a la luz entre las paredes de su laboratorio.

Mujeres revisan varios esqueletos en medio de un laboratorio. Derechos de autor de la imagen EAAF
Image caption Miembros del equipo del EAAF revisan varios restos en el laboratorio del equipo.

Pero el contacto con las familias también les sirvió para afinar el método: explicarles, por ejemplo, que los huesos se muestran en un esqueleto armado.

"Lo pensamos después de que una familia nos reclamó que no le habíamos dicho qué se iban a encontrar y quedaron impactados al verlo sobre una mesa. Para nosotros era obvio, pero ellos pensaron que les íbamos a dar una urna", anota.

Cuando termina la charla ella continúa concentrada en un acta de entrega que se realizará esa semana. Un nuevo encuentro, una nueva sorpresa.

Un collar de cerámica

La estridencia de los camiones que pasan por encima apenas le permiten hablar a Josefina Giglio. Pero no grita, no lo quiere hacer en este lugar.

Madre de dos niños e hija de desaparecidos, intenta hallar el retrato de su madre en el afiche que está colgado sobre las ruinas del Centro Clandestino de Detención y Tortura Club Atlético, que está -estaba- ubicado debajo de la autopista 25 de mayo de la capital argentina.

-Aquí está Coca, mirá- señala la foto de Virginia Isabel Cazalas, su madre, entre las centenares de imágenes de personas impresas sobre una sábana como recuerdo de quienes estuvieron presos aquí.

Josefina está acá porque este fue el último lugar donde, según testimonios de otros detenidos sobrevivientes, su madre fue vista por última vez.

A principios de 1978, cuando tenía 8 años, se la arrebataron de la casa en donde vivían clandestinos en Buenos Aires. Desapareció, lo mismo que había ocurrido con su padre un año antes.

Y desde entonces los anda buscando, a ella y a él, sin éxito.

Josefina es una de los muchos hijos que todavía no pudieron reunirse con los huesos.

Por eso tal vez sus peregrinaciones a las ruinas de Club Atlético, como un mecanismo para no olvidar ante la tierra abierta de las excavación arqueológica que se realiza ahora en este lugar antes utilizado para la tortura y que quedó sepultado cuando se construyó la autopista.

"En esto hay como dos partes: primero estás como esperando, como detenido en el tiempo esperando a que vuelvan, y después hay un momento en que comenzás a buscar", dice Josefina.

"Siempre estás buscando".

"Había una época en que había una publicidad en la tele y el actor era igual a mi papá. Igual. Y mi papá había estudiado teatro, entonces yo decía 'por ahí le dieron un golpe en la cabeza, se olvidó quién es y es ese actor'. Escribí al canal y todo. Nunca nadie me contestó, obviamente… Después, mi búsqueda en serio comenzó cuando de grande empecé la universidad".

Mujer señala la fot dentro de un enorme cartel. Derechos de autor de la imagen EAAF
Image caption Josefina Giglio señala el retrato de su madre dentro de un cartel en el lugar donde estaba ubicado el centro de tortura El Atlético.

Su despertar universitario fue también el inicio de una misión colectiva: la agrupación Hijos e Hijas por la Identidad, la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S), algo así como una versión filial de lo que hacían las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, que fue fundada en 1994, cuando muchos de los hijos de los desaparecidos cumplieron la mayoría de edad.

Con ellos logró, dice, "democratizar el dolor". Con ellos lloró, protestó en las calles.

Estudió a fondo la historia de sus padres para intentar encontrar pistas: las impresiones del sulfuro de plata en las fotografías, la tinta aplastada en las hojas de las cartas. Algo que le permitiera entender quiénes eran, por qué habían luchado, qué sentido había tenido su muerte casi segura.

Y ha visto, como un tren que pasa de largo en una estación, cómo a otros compañeros de militancia el EAAF les han restituido los restos de sus padres, mientras ella los sigue esperando.

"Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos", cuenta y se ríe. La carcajada le suelta la mirada que aguarda tras unos anteojos gruesos de carey. La idea le enciende una chispa.

"Tendría algo así como un amuleto, un deseo de hacerme un colgante con ellos", continúa sonriente.

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Uno encontró a su desaparecido, el otro sigue buscando: la historia de Josefina Giglio y Eric Domergue durante 40 años

Josefina ya tiene un collar.

Al día siguiente del secuestro en el verano del 78, cuando le dieron permiso para entrar al departamento de donde se habían llevado a Virginia para buscar algunas cosas, la única pertenencia de su madre que se llevó fue un collar de cerámica que habían comprado juntas en la feria de Plaza Francia.

"Pensaba dárselo cuando volviera".

Durante estos años ha elaborado mil conjeturas, pero a pesar de su empeño hay cuentas que no puede obviar: el EAAF sólo tiene restos óseos de unas 600 personas y siguen hallándose algunos centenares más, pero el número queda muy lejos de los 30.000 desaparecidos que calculan las organizaciones de derechos humanos e incluso de los 10.000 que reconocen las fuentes más conservadoras.

Y a muchos de ellos, se sabe, los tiraron al Río de la Plata y al mar desde los llamados "vuelos de la muerte".

"Durante mucho tiempo tenía la sensación de ser hija de un agujero negro y los huesos siento que me permiten esa continuidad: yo soy esos huesos, voy a ser esos huesos. Recuperar esa continuidad que se cortó. Uno cree que una tibia y un peroné son innecesarios, hasta que te das cuenta de que son una fuente de alivio y te darían un cierre", reclama.

Una fila india de camiones interrumpe la charla hasta el punto de suspenderla. Pero antes de irse ella mira el abismo de las excavaciones: dice que siempre busca algún objeto, alguna presilla, un pedazo de herencia que le debe el destino.

Para tenerlo mientras llegan los huesos.

Ignacio Errandonea camina entre la maleza. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Ignacio Errandonea lleva buscando a su hermano 40 años.

3

Uruguay es un país pequeño: 176.000 kilómetros cuadrados. Para los familiares de los 194 desaparecidos registrados durante el gobierno cívico militar, entre 1973 y 1985, es enorme como Rusia, como China.

Inabarcable: en 40 años de búsqueda sólo se han hallado e identificado cuatro cuerpos.

Y las pistas del paradero de los restantes se desintegran con el silencio de los militares uruguayos.

"Te sentís completamente insignificante. Es una sensación de impotencia brutal: si no tenés información, ¿cómo hacés para encontrar a la persona que estás buscando?", nos dice Ignacio Errandonea.

Lo más llamativo en la figura de Ignacio es su parecido con el filósofo Federico Nietzche: el cabello en desorden, un bigote frondoso y entrecano con algunos pliegues amarillos por el efecto del humo del cigarrillo.

Tiene 62 años y ha pasado las últimas cuatro décadas buscando a su hermano, Juan Pablo Errandonea, quien desapareció el 26 de septiembre de 1976.

A diferencia de lo que ocurrió en Argentina y Chile, donde los procedimientos de tortura y desaparición de los gobiernos militares de aquellos años fueron documentados y abrieron las puertas para la ubicación de centenares de cuerpos de los desparecidos, en Uruguay la norma ha sido quedarse callado.

El excoronel Guillermo Cedrés, presidente del Centro Militar de Uruguay -una institución que reúne a varios de los militares retirados-, hizo un resumen de esos 40 años de penumbras en una frase:

"Conmigo y con el 99% de la fuerza no van a averiguar nada porque no sabemos", dijo pocas horas antes de una marcha para recordar a los desparecidos en julio de 2015.

Y agregó: "Acá se produjo, lamentablemente, una guerra muy fea, muy atroz. Y que a veces las personas, por intereses personales, piensan solamente eso y no piensan que el funcionamiento de un país es bastante más que eso".

Desaparecidos. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Hasta este año solo se han encontrado 4 cuerpos de los 192 desparecidos reportados en Uruguay.

O sea, caminar en tinieblas.

Recién en 2005, 20 años después del final del gobierno militar, se logró crear el Grupo de Investigación en Antropología Forense (GIAF), similar al renombrado equipo forense argentino EAAF, para comenzar a buscar los cuerpos.

En diez años - con suerte y ardua excavación centímetro a centímetro en 15 grandes predios, sobre todo militares-, han encontrado a Fernando Miranda Pérez y Ubagesner Chaves Sosa en 2005; a Julio Castro Pérez en 2011 y a Ricardo Alfonso Blanco Valiente al año siguiente.

"Sin que te den un dato es como si tiraran una moneda en la maleza: ¿cómo haces para encontrarla? Eso te sobrepasa", dice Ignacio mientras aspira un cigarrillo y mira el patio del batallón 14 del ejército uruguayo, donde fueron hallados dos de los grupos de restos óseos.

El robo

En Montevideo el otoño se precipita sobre la ciudad en forma de aguacero. Son las seis de la tarde del primer día de abril y una multitud se aglomera en el número 1600 de la avenida Paysandú, cerca de la sede del laboratorio del GIAF.

La razón: una semana antes, alguien ingresó a las oficinas del GIAF y se robó los discos duros, carpetas que contenían información sobre las labores de excavación y otros datos clave para la labor del equipo. Los desconocidos no causaron destrozos: sólo se llevaron materiales de trabajo.

Pero el detalle que sacó de quicio a los antropólogos fue un mapa de la capital uruguaya colgado en la pared donde, con círculos, los ladrones marcaron los puntos de las viviendas de los investigadores.

Y lo dejaron como recuerdo.

"Cuando hacés un trabajo como éste, sabés que hay riesgo, pero cuando te mandan un mensaje que involucra a tu familia, ahí ya no te sentís cómodo", le explica a BBC Mundo la antropóloga Alicia Lusiardo, antropóloga del GIAF.

Hombre durante una marcha de protesta. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Ignacio Errandonea durante la marcha de protesta por el robo de la GIAF.

"¡No tenemos miedo, estamos presentes!" grita la multitud que marcha ese viernes bajo la lluvia durante dos kilómetros hasta la plaza de la Libertad.

Alicia habla despacio, en orden, es cálida y sus palabras silban a un ritmo parecido a la música. Ella hace parte del grupo de arqueólogos que, con la ayuda del EAAF argentino, inició la tarea de búsqueda de desaparecidos en el país más pequeño de Sudamérica.

"Durante 20 años no se hizo mucho, muchos pensabas que al comparar la cantidad de desaparecidos en Uruguay con los de Chile (unos 3.000) o los de Argentina (hasta 30.000) no eran muchos. Pero ese no es el caso, teníamos que hacer algo aunque fuera solo uno".

La izquierda de Vásquez

Solo con la llegada de Tabaré Vásquez a la presidencia del país en 2005, los procesos dormidos en el país comenzaron a ponerse en marcha.

Pero en un principio hubo miedo, silencio. Era jugar de visitante en una dinámica política donde no había lugar para el juicio y castigo de los culpables de aquellos años.

En Uruguay la mayoría de las denuncias, relatos, llamadas anónimas, panfletos con información del paradero de los desparecidos conducen a los mismos espacios: los batallones del ejército.

"A diferencia de lo que pasó en Argentina, en Uruguay a los desaparecidos los enterraron en campos militares, donde nos toca lidiar con otros tipos de terreno, un poco salvaje y dificultoso", dijo Alicia.

Excavan en los fondos de batallones, el patio trasero ganado por la maleza donde, muy cerca, se sienten los disparos de los nuevos militares en formación.

Y cada búsqueda dentro de un predio castrense para Ignacio es una especie de tortura. Allí sólo han permitido el ingreso de los antropólogos mediante órdenes judiciales; él ahora acompaña como vocero de la agrupación Familiares de Desaparecidos.

"Cada vez que camino por un predio militar siento que piso los restos de mi hermano".

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El hombre que lleva 40 años buscando a su hermano en la maleza

Blanco Valiente

Desde el borde de un agujero rectangular de piedras y tierra, Ignacio Errandonea mira el fondo, ahora cubierto de maleza. El rectángulo es una fosa excavada en marzo de 2012 en terrenos del Batallón 14 de Infantería Paracaidista, en el departamento de Canelones, vecino a Montevideo.

Ignacio vivió de cerca aquel proceso porque pensó que podría tratarse de su hermano. ¿Cómo no anhelarlo? Pero no: tras meses de sondeos y excavaciones, de retirar la tierra colorada que sostiene esta zona del oriente de Montevideo, se hallaron los restos de Blanco Valiente. Un poco antes, y un poco más cerca del campo de tiro, habían salido a la luz los de Julio Castro, otro militante.

"Vos mirás acá alrededor y pensás que tu hermano puede estar en cualquier lado".

"Cuando ves este campo te das cuenta de la magnitud del trabajo que tenés por delante y te sentís insignificante… sentís que no podés con todo", dice Ignacio en el filo de la fosa, mientras se fumaba otro cigarrillo.

El humo se filtra por su bigote espeso mientras se queda mirando en dirección al batallón.

"Fíjate que en mi caso es una vida: yo tenía 22 años cuando desapareció mi hermano y ahora tengo 62. Toda una vida dedicada a buscarlo".

El hueso

La excavación para la extracción de ambos cuerpos terminó en 2012 y la hierba comenzó a cubrir el fondo del lugar.

No ha habido más cuerpos ni huesos desde entonces, aunque el proceso de indagar en la historia que inició Uruguay ya no tiene retorno y los antropólogos siguen sondeando, evaluando, preparando pala y cucharín ante cada dato viable que reciben.

Y no se rinden.

"Cuando los criminales saben que no hay castigo, elevan cada vez más su nivel de brutalidad. Por eso hay que buscarlos", explicó Luisardo.

Cada pedazo de hueso es un camino.

"El hueso es la última parte del ser humano en degradarse, la última opción de decir la verdad. Tiene una relevancia importantísima, es el último grito de verdad", dice Luisardo.

Aunque haya que sacar 18 mil toneladas de escombros para hallar un fragmento.

Mapa de Uruguay con la ubicación de la fosa común donde fueron hallados dos cuerpos.

4

Cuando Rubiela Tejada piensa en su hijo desaparecido; piensa a la vez en una montaña de escombros y en la estridencia de una retroexcavadora arañando la tierra.

"Si me toca, me pongo a excavar yo misma, con mis manos".

Para llegar a la casa de Rubiela hay que colgarse en carro de las montañas del nororiente de Medellín, la segunda ciudad de Colombia, para arribar 30 minutos después casi a la cima, al barrio Bello Oriente.

Su hogar es una construcción de ladrillo sin revoque, un salón pequeño y unos muebles avejentados, pero con un orden y una simetría tales que los girasoles artificiales que adornan la sala de tan bien puestos parecen vivos y los cuadros con imágenes de sus hijos, milimétricamente alineados sobre la mesa, tienen el vidrio lustrado, reluciente.

Las fechas que aparecen sobre las fotos también guardan una extraña simetría.

John Alexander desapareció el 21 de agosto de 2002 en la Comuna 13.

Jonathan fue asesinado el 21 de agosto de 2011 cuando volvía de trabajar a su casa en la Comuna 13.

Y Rubiela lleva luchando 15 años para desenterrar a su hijo de donde cree que se lo llevaron: una columna de 18 toneladas de basuras y escombros.

Mujer sentada en un sofá azul con la pierna derecha cubierta de vendajes. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Rubiela Tejada continúa en la búsqueda de su hijo John Alexander, quien desapareció en 2002.

Camino al barrio

La Comuna 13 es un enorme conglomerado de barrios en el oeste de Medellín que, desde 1995 y por más de una década, fue el epicentro de extensas batallas urbanas entre las milicias armadas de la guerrilla y los comandos paramilitares de extrema derecha por el control de las zonas más populares de la ciudad.

Según la alcaldía, se estima que unas 2.000 personas murieron en medio de las confrontaciones, pero nadie conoce a ciencia cierta el número de desaparecidos. Uno de ellos es el hijo de Rubiela.

"Ese día estábamos comiendo con mis niños que estaban recién llegados de la escuela, yo me levanté a la cocina y unos hombres con la cara tapada entraron a la casa y se lo llevaron mientras yo le llenaba el plato. Tenía 17 años. Yo no pude hacer nada", relata.

Cuando salió a la calle para ver qué pasaba, era como si el mundo se hubiera acabado: no había nadie.

"Y esta es la hora que no, ni vivo ni muerto ha regresado", dice mientras aspira la última porción de un cigarrillo. Rubiela está operada de la rodilla izquierda que está toda amoratada. Apenas puede moverse y por eso elige quedarse en su balcón de barandilla y suelo sin alisar.

Y fuma. "Será lo único que no me podrán quitar".

Desde este balcón improvisado sobre cemento y escaleras puede ver a lo lejos los débiles destellos de luz que le llegan del barrio donde perdió a sus dos hijos y del que fue desterrada por la violencia. En la montaña de enfrente está la Comuna 13.

Después de que su hijo se desvaneció aquella tarde agosto, Rubiela decidió quedarse a luchar para encontrarlo junto a otras madres que también buscaban a los suyos.

Pero nueve años después, a su hijo Jonathan lo bajaron de la buseta cuando regresaba de su trabajo en la construcción, lo llevaron a un descampado y le metieron tres tiros.

"Después vinieron a decirme que me tenía que ir del barrio sino me quería quedar sin muchachitos", se lamenta mientras muestra una foto de Andrés, su tercer hijo, el menor. El sobreviviente.

Pero el exilio no significó el final de su búsqueda.

Mapa Ubicación La Escombrera Derechos de autor de la imagen BBC Mundo

La Escombrera

En octubre de 2002, sólo dos meses después de la desaparición de John Alexander, una operación de las fuerzas armadas colombianas, llamada Orión, militarizó cada esquina de la Comuna 13 con la idea de retomar y restablecer el orden.

Sin embargo, aún después de finalizar la operación, el caos no cesó. Las calles empinadas de los barrios fueron tomadas por una fuerza aún más sombría: los bloques de autodefensas urbanos y paramilitares que comenzaron a ejercer el control.

Fue entonces que comenzó a hablarse de La Escombrera. Y de los desaparecidos.

"La Escombrera es un botadero de residuos de construcción donde se sospecha que hay enterradas al menos 92 personas, la mayoría de ellas víctimas de los bloques paramilitares que existieron en esta zona", explica a BBC Mundo John Freddy Ramírez, antropólogo forense y representante de la fiscalía. "Y está ubicada en la parte alta de la Comuna 13".

Allí, cree -teme- Rubiela, cigarrillo en mano y desde el otro lado de la ciudad, están los restos de su hijo. Y tal vez los de un centenar de otros desaparecidos.

Por esa razón, durante casi 15 años ella y otros familiares lucharon para que el Estado comenzara a extraer casi un millón y medio de metros cúbicos de tierra ubicados en una superficie montañosa de casi 18.000 metros cuadrados. Para saber de una buena vez si los restos aparecen bajo las rocas.

"Creemos que están en ese sitio preciso porque era el lugar para donde se los llevaban, era el rumor de todo el barrio. Los paramilitares se quedaron con el control de nuestras calles. Como sabían que nosotros no subíamos por allá, entonces nos embolataron los hijos entre esos escombros. Yo sólo pido que nos digan dónde están".

De acuerdo a varios relatos de desmovilizados que participaron tanto en la operación Orión como en otras acciones de los meses posteriores, varios jóvenes fueron retenidos, llevados a La Escombrera, ejecutados y luego enterrados.

Mujer camina entre figuras de cartón negras que tienen algo escrito en tiza. Derechos de autor de la imagen RAUL ARBOLEDA
Image caption Se estima que en La Escombrera hay enterradas 92 personas.

"La teoría es que los desmembraron con la idea de hacer huecos pequeños en la tierra y así fuera más difícil hallarlos. El modus operandi de hacer desaparecer el cuerpo no era para producir terror, era una manera de quitar toda evidencia y así evitar el castigo", explica Ramírez.

A mediados de 2014, Juan Carlos Villa Saldarriaga, alias Móvil 8 y ex comandante preso de uno de los bloques paramilitares que operaron en la zona, pareció escuchar las plegarias maternales y se dejó tentar por una oferta de reducción de su condena.

Recorrió La Escombrera junto a los fiscales del caso, señalando tres lugares donde él mismo dijo haber dado la orden de enterrar a varias personas ejecutadas por sus hombres en los días de la Operación Orión.

Con ese testimonio, la Alcaldía de Medellín y la Fiscalía decidieron que había que excavar.

La montaña artificial

John Freddy Ramírez, alto y esbelto bajo su sombrero panamá, lleva meses caminando sobre las piedras desparejas de la montaña, al rayo del sol y entre la polvareda que levanta la tierra seca cuando la remueven en busca de huesos.

Lo acompaña su perro, un pastor belga entrenado para olfatear huesos bajo la tierra y apropiadamente bautizado Bones (huesos, en inglés).

"Acá no vinimos por obra y gracia, vinimos porque le dimos credibilidad a Móvil 8. ¿Ven allá? Todo eso se sacó para hacer este hueco, con taludes a los lados para evitar que se desmoronara", dice el antropólogo, y sacude en la mano que señala una pulsera de calaveras. Se la regalaron sus alumnos y la lleva puesta a diario, quizá un recordatorio de la misión que tiene delante.

Frente a esta colina de piedra cubierta de motas de arbustos que llaman La Escombrera impresiona la dimensión de los residuos acumulados, todos los que llegan de las obras de construcción de la ciudad pujante que se asienta en el fondo del valle.

¿Cómo quedaría la humanidad de John Alexander bajo toneladas de concreto, columnas de hormigón, ramallos de acero acumulados allí durante años?

Hombre con sombrero señala un lugar donde se realizó una excavación. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption John Fredy Ramírez señala el lugar donde se realizó la excavación en La Escombrera entre junio y diciembre de 2015.

"Yo no creo que sea posible hallar nada ahí", le dice a BBC Mundo el ingeniero civil Carlos Santiago Gutiérrez, que por oficio conoce el terreno:"Durante los últimos diez años, todos los días han llegado a ese lugar volquetas y volquetas llenas no de tierra, sino de pedazos de piedra y concreto".

La fosa más grande

La extensión y la profundidad son dos variables básicas de la antropología forense a la hora de excavar en una zona donde se presume hay cuerpos enterrados y en este caso ambas eran gigantescas.

3.700 metros cuadrados de extensión y 24.000 metros cúbicos de tierra extraídos sólo en el primero de los tres polígono de excavación eran cifras que nunca se habían manejado en la antropología forense colombiana: todo se limitaba a volúmenes de tierra que se pueden llevar en una carretilla.

Ramírez, el técnico encargado de la Fiscalía para desentrañar la incógnita, descifró después de varias consultas con colegas de otros países que la única forma de sacar toda esa tierra no era con las herramientas de siempre -palas, picas y brochas- sino con algo más extremo.

"Decidimos utilizar una retroexcavadora. Era la forma más segura de sacar la tierra de forma efectiva y sin dañar los posibles restos que estuvieran allí".

Durante 155 días entre junio y diciembre de 2015, Rubiela -junto a sus compañeras de "Mujeres caminando por la verdad"- escuchó el bramido de aquella máquina y vio las articulaciones del brazo mecánico flexionarse entre chirridos para sacar miles de toneladas de rocas de granito y arena que podrían contener algún fragmento de John Alexander.

"Parecían miles de años sacando esa tierra. Y cada palada que salía era una esperanza para nosotras", relata.

Mujer sostiene un adorno dentro de un cuarto. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Rubiela Tejada tuvo que exiliarse de su casa en la Comuna 13 por amenazas de muerte.

Además de luchar contra la ansiedad de la espera, tuvieron que lidiar con la novedad del método: apenas les dijeron que iban a sacar la tierra con una máquina destinada a la construcción de edificios, muchas de ellas se alarmaron de que el poderoso armatoste despedazase los restos óseos.

"Es que esta no es una excavación de arqueología tradicional. No podíamos hacerlo a mano cuando hay residuos que pesan cien kilos, desde mallas viales a postes de luz. Hubo que concientizar a las víctimas de que una máquina pesada no era sinónimo de dañar los cuerpos", repite Ramírez.

Y la explicación es la de un profesor experto: abre las manos, extiende los brazos emulando la retroexcavadora y reproduce el sonido que atormentó y alimentó a la vez la esperanza de las madres.

"La máquina penetra en el suelo como un mordisco, como si fuera tamizando la tierra, no rompe lo que se encuentra al paso. Y lo saca para que nosotros lo analicemos".

Fósiles de pescado

En la ladera de la montaña, se abre un hueco en la tierra blanca, quince metros de fondo y bordes reforzados por taludes para evitar derrumbes. Es un cráter abierto, como si fuera un volcán sin lava. Tiene el tamaño de once piscinas de natación olímpicas y es sólo el primero de los sectores de La Escombrera delimitados para excavar.

La "fosa común urbana más grande del mundo", midieron y calcularon los medios de comunicación.

"Aunque técnicamente eso no es así porque no hay cuerpos. Pero sí es la prospección arqueológica (zona de excavación) urbana más grande y sin precedentes en el mundo", apunta Ramírez.

Para que sea fosa, hace falta hallar restos humanos. Los buscaron durante cinco meses. No encontraron nada.

La retroexcavadora sacó pedazos de alcantarillas, hileras de andenes, bolsas de leche con fechas de vencimiento de 1997, extractos de huesos de pollos, perros callejeros, peces fosilizados en bloques de yeso.

"Encontramos hasta el pase de conducir de un señor que se le había perdido después de vender una casa. La casa la demolieron y los escombros llegaron aquí. Fuimos y se lo devolvimos".

Mural amarillo en el que se puede leer "Intervención Militar Nunca Más". Derechos de autor de la imagen RAUL ARBOLEDA
Image caption Se estima que en la Comuna 13 viven unas 140.000 personas.

Hacia mediados de diciembre de 2015, la máquina llegó a una profundidad donde era evidente que no había escombros mezclados con tierra: era ya el suelo original de la montaña.

La excavación forense en ese sitio había terminado.

La búsqueda no acaba

"Teníamos mucha esperanza, pero el día que pararon se nos bajó la moral a todas. Fue mucho dolor que excavaron hasta último momento y no encontraron nada", recuerda Rubiela, mientras mira el suelo y llora.

El costo de la operación alcanzó los US$490.000 y los críticos de la búsqueda de los restos reclamaron que se pusiera fin a una labor sin resultados. Que el lugar se convirtiera en un lugar de memoria y se dejaran de buscar desaparecidos en los otros dos sectores señalados por Móvil 8 dentro de la misma Escombrera.

Pero eso no lo aceptan ni Ramírez ni Rubiela.

"El Estado tiene la misión de buscar esos cuerpos, porque si esto se convierte en un camposanto o en un lugar para la memoria, ¿dónde queda la reparación? Si aquí están esos cuerpos, tenemos que excavar, porque la única forma en que las familias puedan cerrar este capítulo tan triste es con los huesos de sus seres queridos", respondió Ramírez.

Rubiela enciende otro cigarrillo. El tejado de zinc que cubre su casa estalla con el aguacero que se precipita sobre la ciudad. "Es que estamos en la sucursal del cielo, de tan alto que queda esto", dice y sonríe, se seca las lágrimas, aspira el humo, llora de nuevo.

Se agacha y toma una bolsa blanca que guarda debajo de la mesa del comedor.

"Al menos tengo las cenizas de Jonathan acá -mueve la bolsa-. De mi hijo asesinado, que sí lo pude llorar. Pero a John Alexander, ni eso. Es muy dura la sensación de no saber si está vivo ni muerto. Tengo noches que las pasó en vela esperando alguna novedad. Que aparezca por esa puerta o me llame. Pero ni la llamada... ni llega... ni va a llegar".

Mujer en silla de ruedas Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Se estima que el conflicto urbano en la Comuna 13 de Medellín dejó al menos 2.000 muertos.

Su reclamo, junto al de otras madres, es que el gobierno siga buscando hasta darles una respuesta.

"Que no me den plata, que me digan la verdad y no nos dejen esperando. Para qué tener el estómago lleno, si el corazón está vacío, ah, ¿para qué?".

Una nueva espera, ella no lo sabe al momento de esta entrevista, está por comenzar: en junio, la Fiscalía colombiana anunció que continuará la excavación en La Escombrera, al menos en los dos polígonos que señaló el ex comandante paramilitar.

"¿Si no encontramos en el primero, qué probabilidades hay de hallar huesos en los otros? Pocas. ¿Vale la pena seguir excavando? Claro que sí. Vale la pena y hay que seguir, porque el Estado ha estado ausente cuando esta gente quería respuestas. Ahora estamos aquí y hay que seguir hasta poder decirles dónde están sus seres queridos que han faltado por tantos años".

Escrito por Alejandro Millán y Valeria Perasso.