A un año del terremoto en Ecuador, BBC Mundo regresa a las zonas más golpeadas de la costa ecuatoriana

Collage de damnificados en Ecuador Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Luego del amargo momento que vivieron, poco a poco los damnificados del terremoto de 2016 en Ecuador han comenzado a ver un mejor futuro.

Tatiana Salvatierra luce distinta de cuando la vi por primera vez. En ese entonces, la funcionaria del Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES) trabajaba exhausta en Pedernales. Ahora está peinada y maquillada y disfruta de sus primeros días de vacaciones desde el terremoto del 16 de abril de 2016.

Diego San José y Lorena Rojo tienen un nuevo hijo: Nahil. A ella la sorprendió el sismo en el hotel que poseen en Canoa cuando cumplía su quinto mes de embarazo. Su hotel fue el único que sobrevivió sin daños.

Diana Moscoso y Sarah Hanenbauer se mudaron con su hijo a Canoa. Yo las conocí administrando un albergue de damnificados que aún no tenía damnificados. Hoy han comprado un terreno para vivir con siete familias que antes del sismo no tenían ni casa ni terreno.

En Manta, Kirie Bravo y Jorge Mero volvieron a lo que hacen mejor: comerciar. Uno exhibe su mercadería en un módulo y otro en un contenedor; ambos en el barrio Nuevo Tarqui. En cambio, el hotelero Plutarco Bowen aún espera.

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Image caption Tatiana con su marido David y su hijo Alana.
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Image caption Diego y Lorena en la cocina del hotel Amalur con su hijo Nahil.

Todos viven en Manabí que, junto a Esmeraldas, fue la provincia ecuatoriana más golpeada por el terremoto de 7,8 grados que dejó más de 670 muertos en Ecuador y unas 8.700 personas sin hogar.

Al año del sismo, BBC Mundo volvió a buscarlos para saber cómo ha sido uno de los períodos más duros de sus vidas. Éstas son sus historias.

Pedernales, el epicentro

"Ustedes llegaron cuando los albergues eran provisionales. Al inicio eran cuatro y ustedes visitaron el de la Terminal de Buses. Luego quedaron tres, dos en Pedernales y uno camino a Cojimíes. Tres con mejor estructura", me dice Tatiana, recordando nuestra primera entrevista en mayo pasado.

Ella vive hace seis años en Pedernales y trabaja en el MIES como técnica en adultos mayores y para la juventud. Tras el terremoto fue designada coordinadora de albergues en el cantón Pedernales.

"Se ha trabajado bien con las familias. Fue muy difícil para ellos convivir con las demás personas, viviendo todos en una carpa, con las dificultades propias del sol y de las lluvias", indica la funcionaria.

Añade Tatiana que no todo el mundo se adaptó a las normas de convivencia, los horarios y los turnos de trabajo para las tareas de comida y limpieza necesarios en albergues que llegaron a tener más de 700 personas; pero también señala que surgieron varios líderes sociales, jefes de bloques que ayudaron a sus compañeros damnificados.

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Image caption Pedernales aún muestra algunas de las consecuencias del terremoto.
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Image caption El comercio ha regresado a las calles de la ciudad.
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Image caption Pedernales, como Manabí en general, votó masivamente por el candidato del gobierno en las últimas elecciones presidenciales)

Decido entonces visitar uno de estos refugios y conversar con uno de estos líderes. María Pacheco vive con su marido y sus siete hijos en el albergue Divino Niño, ubicado a pocas cuadras de la nueva urbanización que está construyendo el gobierno.

"La vida no ha sido fácil pero ya nos estábamos acostumbrando. En hacer la limpieza, los baños, cocinar. Esto ha sido como nuestro hogar", cuenta María, quien ha escuchado que en pocos días recibirá las llaves de su nueva casa.

A metros del albergue, los obreros trabajan en tres jornadas diarias para terminar las casas del Ministerio de Vivienda (MIDUVI) que debían ser entregas el día del aniversario del sismo, pero aún no parecen listas para ser habitadas.

"Mañana (día del aniversario) llega el presidente y va a inaugurar las casitas que están hechas y ya el martes quizás, posiblemente, nos cambiemos. Estoy alegre porque nosotros arrendábamos, no teníamos nada propio, es la primera vez que vamos a tener algo propio", concluye María.

Tatiana me explica que, una vez inaugurado este complejo, se podrán cerrar dos de los tres albergues en Pedernales y añade que un 60% de las familias albergadas eran arrendatarios antes del terremoto, es decir, no tenían ni casa ni terreno.

"Cuando se cierren los albergues, volverá a ser la ciudad que era antes e incluso mejor, gracias a toda la ayuda que le ha llegado. Ahora todo el mundo sabe dónde queda esa ciudad pequeñita llamada Pedernales", dice la funcionaria.

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Image caption María espera en su carpa con sus hijos que el gobierno le entregue su nueva casa.
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Image caption Pedernales se preparó para recibir al presidente Rafael Correa en el aniversario del terremoto.

¿Y qué pasó con ella todo este tiempo?

"He estado un año trabajando sin parar, 24/7. Ha sido muy duro porque nunca estuve preparada para enfrentar un terremoto. Para mí ha sido muy satisfactorio en lo profesional: he aprendido mucho, me he vuelto más humana".

Pero yo recordaba, de nuestra entrevista pasada, que luego de la tragedia tenía mucho miedo a dormir y a quedarse sola, por miedo a "encontrarse" nuevamente con las personas que murieron en el terremoto.

"Puedo dormir, pero como se murió una persona muy cercana a mí, siento su presencia como si estuviera aquí. Y todavía siento, cuando se apaga la luz, que está esa presencia ahí, o cuando estoy sola vuelven esas imágenes de ver gente muerta en las calles, gente desesperada, gente sufriendo, familias llorando sus muertos".

Y cuando me cuenta esto sus ojos se humedecen y se detiene antes de que una lágrima caiga por su maquillaje. No tiene sentido seguir preguntando, al fin y al cabo, son sus primeros días de vacaciones.

Manta, el puerto

La entrevista con Tatiana tuvo lugar en Manta, en la casa de su hermana, lugar elegido para descansar luego de un año sin descanso.

Manta también parece otra. La ciudad más importante en términos económicos de Manabí y uno de los puertos más importantes del país aún muestra heridas del terremoto pero muchos de sus habitantes han regresado al trabajo.

Kirie Bravo, representante de los comerciantes mayoristas, me recibe en su nuevo local de Nuevo Tarqui, llamado así por Tarqui, la zona 0 del terremoto en Manta donde se alojaba antes del 16 de abril de 2016 la mayoría del comercio de la ciudad.

Su local, como todos los locales de los comerciantes mayoristas, está hecho de contenedores, que se apilan unos sobre otros como en el antiguo videojuego del Tetris.

"Los contenedores son muy versátiles para trabajar, se puede armarlos y desarmarlos en cuestión de días y cada comerciante puede acondicionarlos de acuerdo a sus necesidades", me explica Kirie.

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Image caption Los contenedores han sido piezas clave en la reconstrucción de la actividad comercial mayorista
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Image caption Kirie Bravo quiere quedarse en Nuevo Tarqui si logra comprar un terreno

Le recuerdo que hace un año me respondió que, para salir adelante, los comerciantes de Manta no querían "el pez sino la caña de pescar", en relación a la ayuda que podían esperar del gobierno y a la necesidad de financiamiento. ¿Recibió la caña?

"Créditos de ayuda para nuestra reactivación dentro de condiciones preferenciales no existen. Se nos ha ofrecido financiamiento para comprar estas tierras, pero no existe una ley que diga que los afectados tienen algún crédito preferente. Sí existen créditos, pero dentro de las condiciones normales para cualquier ecuatoriano y más exigentes para nosotros porque somos un sector de riesgo".

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Image caption Jorge Mero ya está ubicado en Nuevo Tarqui junto con otros comerciantes minoristas.

Como si la polarización política que caracterizó a Ecuador en las últimas elecciones presidenciales hubiera llegado a los damnificados del terremoto, escucho una versión completamente distinta con respecto al gobierno de parte de un representante del comercio minorista que también trabaja en el Nuevo Tarqui.

"Gracias a Dios, con la lucha de los dirigentes, de mi persona, del gobierno central y del municipio ya estamos en mejores condiciones. Nosotros no pusimos ningún centavo para la construcción aquí. Esto ha sido netamente ayuda del gobierno", me dice Jorge Mero, comerciante minorista a quien entrevisté hace un año en el sector de La Poza y hoy vende en Nuevo Tarqui.

Como buscando una posición intermedia, Plutarco Bowen, representante de los hoteleros de Tarqui, me cuenta que las autoridades han ayudado pero el financiamiento preferencial no ha existido.

"Hemos conseguido por medio del gobierno los estudios para la reconstrucción de los hoteles, totalmente gratuitos. Lo que estamos pidiendo es el financiamiento porque los hoteles de Tarqui eran de personas naturales, de familias, no eran de grandes cadenas con sus accionistas".

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Image caption El antiguo Tarqui ha comenzado lentamente a recibir negocios.
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Image caption Algunos hoteleros han reconstruido sus hoteles utilizando contenedores.

Plutarco me dice lo mismo que me dijo hace un año, que los hoteleros no pueden coger su negocio e irse a otro lado como los comerciantes, que su situación es mucho más compleja.

A diferencia de Kirie y de Jorge, él todavía no ha podido regresar a su trabajo y sueña con poder construir en el futuro un centro turístico para Manta, con hoteles, bares y restaurantes. Sueña y espera.

Canoa, la playa

En Canoa ha terminado la espera, al menos para Lorena y Diego. Su hijo Nahil, que vivió el terremoto en la panza de su madre, nació en agosto, en Quito, luego de que estos dos españoles decidieran quedarse en esta ciudad turística ecuatoriana con su hija Luna y el recién llegado.

"Si el hotel se nos hubiera caído nos hubiésemos ido, pero estando como estaba, a las tres semanas todo el mundo nos pidió que abriéramos, que necesitaban sitio para dormir, para comer; ahí fue cuando nos pusimos pilas y abrimos", recuerda Lorena.

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Image caption Los turistas eligieron otras playas más al sur del Ecuador por miedo a las réplicas

Ese "mundo" que les pidió abrir no eran turistas desesperados por regresar a las playas de Canoa sino otra clase de visitantes que suele viajar con las guerras y los desastres naturales.

"Al principio vinieron muchos médicos y enfermeros, voluntarios, todas las ONG conocidas y las desconocidas; ha habido arquitectos, constructores, todos relacionados con la reconstrucción y la reactivación de la zona", añade ella.

Él dice que turismo han recibido muy poco.

"Pensábamos que íbamos a recibir más con las campañas para que la gente viniera y gastara para reactivar las zonas afectadas. Han venido algún fin de semana o con los feriados, pero no es habitual. La gente tenía un poquito de miedo con las réplicas y ha elegido las playas más al sur".

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Image caption Encontrar un colegio para su hijo Leif fue fundamental en la decisión de mudarse a Canoa.
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Image caption Rocío tiene dos hijos estudiando en Portoviejo y ella, por su parte, ha comenzado un curso de cocina en Manta.

Uno de los grupos que llegó fue Madre Tierra, de Diana Moscoso y Sarah Hanenbauer. Yo las conocí en el Campamento Samán, el albergue que crearon junto con otras organizaciones no gubernamentales, el mismo día que recibían a los primeros damnificados.

"El día del terremoto hicimos lo que hacía todo el mundo: compramos atún y pañales para mandar a los damnificados. Y luego un amigo nos dijo que estaba buscando algo que hacer en Canoa y nos preguntó si nuestra organización quería ser parte", recuerda Sarah.

El Campamento Samán llegó a albergar 37 familias, hoy tiene 17 ya que muchas volvieron a sus hogares o construyeron nuevos. El próximo paso, tras haber comprado un terreno, es crear un eco-barrio donde van a vivir no solo los damnificados sino también Sarah, Diana y otros responsables del proyecto.

"Nosotros al comienzo le planteamos a la gente que nos íbamos a quedar hasta que ellos pudieran salir del campamento a una casa permanente y eso creó un vínculo muy hermoso, pero yo no me imaginaba que íbamos a terminar viviendo en Canoa", dice Diana.

De las ocho familias que decidieron continuar con el proyecto Samán, siete habían sido arrendatarios, es decir, no tenían nada antes del terremoto. La otra familia es la de Rocío Bermúdez, quien tiene su casa pero ha decidido vivir en la nueva comunidad.

"El futuro del campamento es muy bonito", me dice Rocío, quien vivió tres meses en Samán pero luego volvió a su casa destruida en el centro de Canoa para acompañar a su marido, quien se quedó cuidando lo poco que se salvó del terremoto.

Para ella, el aniversario es un momento agridulce: "Es mucha tristeza por los recuerdos y es una alegría porque al año ya tenemos una tierra que es nuestra".

Entre el pasado y el futuro, como Rocío; a medio camino entre la espera y la esperanza, como Plutarco; con lágrimas en los ojos maquillados, como Tatiana: así recuerdan en la costa ecuatoriana este 16 de abril.

Así viven el primer aniversario del día que les cambió sus días para siempre.

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