La vida de los soldados de EE.UU.

Última actualización: Viernes, 7 de octubre de 2011
Tropas Afganistán

Son sólo las siete de la mañana y ya hace 35 grados. Los tres litros de agua tibia que bebes al anochecer ya empapan el chaleco antibalas.

La patrulla avanza despacio, por los campos de amapola como si la vida dependiera de eso. De repente, una enorme explosión estremece el aire desde unos 50 metros atrás.

Durante la noche, el Talibán había colocado una trampa explosiva en el portón derecho. Por suerte, salimos por la puerta izquierda.

"Bien, buenos días", dice un marine.

Dustin Weier, de 21 años, se levanta y continúa abriendo camino con un dispositivo detector de metales seguido de otro soldado que se ayuda de un perro labrador de nombre Moxi. Ambos tratan de detectar trampas bomba enterradas bajo el seco y polvoriento suelo, y no siempre lo consiguen.

La patrulla sigue directamente sus pasos, un camino seguro indicado por polvos de talco para bebés o tapas de botella colocadas en el polvo.

Preguntas clave: el retiro de tropas de Afganistán

El editor del Servicio Afgano de la BBC explica qué es lo que está ocurriendo en el país y cuáles son los escenarios posibles para cuando se retiren las tropas estadounidenses.

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"En línea recta, 90 metros hasta que llegues a la tapa de botella, luego te giras y vuelves directo a mí". El mensaje es susurrado de un hombre al siguiente de la fila. Desviarse uno pocos centímetros podría resultar en que alguien presione la tapa de compresión y provoque una explosión de barítono de 20 kilos de explosivo casero de color gris plateado bajo su pie.

Ha pasado dos veces en los últimos cuatro días, casi tres. Y eso lo hace una buena semana.

El sol empieza a quemar a la patrulla, que ha recorrido 150 metros en campo abierto cuando los talibanes aparecen entre los árboles del oeste. Un marine cae al suelo al instante con un disparo en la parte baja de la espalda.

"Me han dado", grita mientras se desploma.

El resto del escuadrón devuelve el fuego. El tiempo se comprime cuando mil balas hacen un ruido imposible, pero los insurgentes en lugar de esfumarse antes de ser alcanzados o de que aparezcan los helicópteros artillados, intensifican el ataque.

Fuego de ametralladora sostenido y preciso alcanza la patrulla. Los estadounidenses se ven obligados a retirarse a un lugar seguro. Corriendo en medio de una lluvia de disparos que llegan desde el oeste y también desde el este. Una emboscada compleja y bien ejecutada.

Maldito barro

Es el descaro del Talibán lo que resulta sorpresivo. En 20 minutos ya están lanzando granadas desde posiciones ocultas a unos pocos metros de la patrulla. Las explosiones continúan cuando llega el helicóptero para evacuar al herido.

Minas

Uno de los mayores riesgos para los soldados extranjeros son las minas y artefactos explosivos caseros.

El enfrentamiento dura casi una hora. No es hasta que los helicópteros disparan artillería contra las posiciones insurgentes que sus ametralladoras se silencian.

Entonces se puede oír los chasquidos metálicos de las armas siendo recargadas.

Y así es cada día.

Pero la guerra en Helmand se supone que no debería ser así. No a estas alturas. Con los avances hechos en seguridad en el centro de los distritos de Marjeh, Garmser, Now Zad, Nad Ali y Musa Qalah, sobre el papel, las cosas parecería que van según el plan.

Sobre el papel, 2011 es un buen año para empezar la retirada de las tropas y la transferencia de poder paulatina al ejército afgano. Pero los papeles no son muy útiles cuando estás de rodillas comiendo barro y francotiradores disparan a tus compañeros casi a voluntad.

En los campos arados y las finas líneas de árboles de valle del Alto Gereshk, la guerra continúa y con un balance de enorme daño para británicos y estadounidenses, que luchan contra un enemigo invisible y determinado.

"Este es nuestro Vietnam", dicen los marines del III Batallón, VI Regimiento, que entre abril y septiembre registra 90 heridos. Cinco murieron en combate.

"El Talibán tiene libertad de movimientos y nosotros no podemos disparar hasta que ellos disparen primero. A veces es duro pensar en qué se supone que debemos conseguir aquí", comenta un soldado.

Los informes de inteligencia sugieren que el área era donde operaba la 93 Brigada del Ejército Afgano en los 90 y miembros de esa antigua unidad forman el corazón de los insurgentes, veteranos combatientes, bien armados y con conocimientos tácticos.

Ferocidad

En una mala semana, los heridos caen a diario. La II Patrulla está justo a 50 metros de su base cuando es atacada por ametralladoras.

Un marine cae después de ser alcanzado por cuatro ráfagas. Sus compañeros se suben a un techo para responder al ataque. Allí estalla un explosivo que amputa las piernas de uno de ellos.

El marine que está detrás queda con la ropa deshecha, tal fue la fuerza de la explosión. Sufre una conmoción cerebral. El balance de heridos del día es seis.

Al día siguiente, un francotirador acierta en la espalda de otro. Y así casi cada día de la semana.

Marine de EE.UU.

Los soldados estadounidenses caen heridos casi a diario.

La ferocidad del Talibán llega a tal punto que una de las compañías del batallón replegó sus puestos de observación a unos cientos de metros de la base, dejando abandonado su establecimiento anterior a un kilómetro de distancia, las raciones y los suministros fueron quemados para que no los usara el enemigo.

Los insurgentes aparecieron en los techos de la instalación minutos después de que saliera el último marine.

Esto no es el progreso que a veces se ve en las noticias sobre Helmand.

"Veo este lugar como Garmser hace dos años", dice el teniente coronel Robert Piddock, comandante del batallón en el campo de batalla de Ouellette.

"Esperábamos este nivel de actividad. Los heridos son algo que pasa, estamos en un batallón de infantería", dice.

En esta zona, los marines estadounidenses no cuentan con unidades del ejército afgano. Pero los británicos que ya están llegando al área sí.

También habrá policía local para vigilar la recién construida Ruta 611 entre Gereshk y Sangin, al norte.

Charla talibán

"Fui desplegado aquí por primera vez en 2007 y no ha cambiado mucho", comenta el capitán Andrew Terrell.

"La situación no mejora. La gente no está harta de la guerra, no han llegado al límite de lo que están dispuestos a aceptar del Talibán. Es más fácil para ellos dejar el lugar y esperar que se calme, pero no ven mucho más allá de mañana".

En una semana en mayo, cuando la cosecha de la amapola terminó, más de 300 familias empacaron sus cosas y se marcharon hacia el sur en búsqueda de la seguridad del distrito centro de Gereshk.

"Eso fue cuando supimos que las cosas estaban cambiando por aquí. En poco menos de una semana, un área muy poblada quedó desierta. No hay ancianos en los pueblos, viven en Kandahar u otras poblaciones y no volverán hasta que termine la temporada de luchas".

Se puede oír al Talibán en la radio. Cada unidad lleva un traductor afgano que les dice lo que se comunican. Es algo extraño, escuchar a los talibanes mientras charlan.

Normalmente pasan el tiempo hablando de nada, mucho hola y adiós, esperando a que los marines hagan algún movimiento.

Pero en el momento en que una patrulla sale de la base, cambia el tono.

"Los estadounidenses están saliendo, listos para ir a sus puestos en 15 minutos", dicen los insurgentes. Saben que los marines escuchan y a veces son señuelos. Pero normalmente no. Y después de los enfrentamientos se puede oír cómo hablan de sus heridos.

"¿Cuántos heridos tienes?"

"Te volveré a llamar, son muchos".

"¿Necesitaremos un auto para llevarlos a Gereshk?".

"Sí".

Contexto

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