Los cubanos que quedan dentro de Guantánamo

Última actualización: Viernes, 11 de noviembre de 2011
Base de Guantánamo

Vista de la base estadounidense en Guantánamo.

Myrelia Greenough es una cubana de 73 años que vive en una casita blanca al lado del mar. Conduce su propio automóvil para ir al supermercado, al hospital y al centro cubano de su barrio. Esta situación aparentemente normal es extraordinaria: Myrelia vive en la base militar estadounidense de Guantánamo y hace años que no cruza la frontera que la llevaría al país donde nació, Cuba.

Myrelia forma parte de un grupo de setenta cubanos, la mayoría octogenarios y nonagenarios, que trabajaron en la base y se establecieron allí con el cese de relaciones diplomáticas entre su país y los Estados Unidos.

"Yo soy la más joven del grupo y el comandante de la base me contrató para que cuide del resto y los lleve al médico y al supermercado", me explicó Myrelia en el salón del centro cubano de su barrio, al que acude prácticamente todos los días.

Estos cubanos viven en un barrio de marcado acento caribeño, completamente ajenos al despliegue militar situado a medio kilómetro.

Rodeados de fuertes medidas de seguridad, de centenares de soldados y de una prisión con 171 prisioneros musulmanes que hace diez años que esperan un juicio, los cubanos jubilados tienen permiso para conducir por la bahía, ir a la playa y al médico, e incluso tienen su propio geriátrico y un cementerio.

La base militar de Guantánamo está situada a quince kilómetros de la ciudad cubana de Guantánamo, famosa por la canción Guantanamera.

Un campo de minas y las torres de vigilancia de Estados Unidos y de Cuba hace que sea imposible cruzar sin permiso el cercado conocido como "Puerta Norte" que separa la ciudad de la base.

Cuando se abren las puertas

Valla de la base

El comandante de la base se reúne con su homólogo cubano una vez al mes.

La valla solo se abre una vez al mes para permitir el paso del comandante de la base cuando se reúne con su homólogo cubano. También para permitir que los familiares cubanos puedan asistir al funeral de uno de los cubanos de la base cuando fallece.

Y también se abre y cierra para tres trabajadores cubanos que siguen cruzando el cercado todos los días y que disponen de un permiso especial.

"Ahora somos unos cuarenta jubilados pero habíamos sido muchos más", puntualiza Myrelia, que nació en Trinidad de las Villas, se trasladó a la ciudad de Guantánamo cuando se casó y más tarde a la base militar porque su marido trabajaba en ella. Dos hijos de Myrelia viven en los Estados Unidos y su hija pequeña vive en Cuba.

A principios de los años cincuenta, cuando las relaciones entre Estados Unidos y Cuba eran cordiales, el marido de Myrelia consiguió un trabajo en la base naval. Unos 3.500 cubanos trabajaban en la instalación pero vivían con sus familias en la ciudad de Guantánamo.

A Cuba vía Miami

Cuando las relaciones diplomáticas con Cuba se rompieron, Estados Unidos no despidió a los cubanos que ya trabajaban en la base pero no hizo nuevos contratos a cubanos sino que empezó a contratar a trabajadores jamaiquinos y filipinos.

"Es en este momento cuando muchos trabajadores cubanos y sus familias salen de Cuba y se instalan en la base militar", me explicó Myrelia: "Otros, como mi marido, prefirieron quedarse en Cuba y cruzar el cercado todas las mañanas a pesar de ser un camino largo y difícil".

La pareja se instaló en la base militar años más tarde, cuando a él le diagnosticaron una enfermedad que no le permitía cruzar la valla todos los días.

Myrelia viajará a Cuba la próxima semana porque quiere conocer a su nieto: "Volaré de Guantánamo en Miami y de Miami a La Habana; ir a Cuba conlleva varios vuelos de muchas horas".

"Cruzar la valla para llegar a Cuba me llevaría media hora pero no tengo permiso, sólo la cruzarán mis familiares cuando me muera". Cuando un cubano del grupo fallece, los responsables de la base abren la puerta para que los familiares que viven en Cuba puedan asistir al entierro.

En la actualidad trabajan en Guantánamo miles de jamaiquinos y filipinos. "Celebramos el Día de la Independencia filipina en la base y ellos celebran el Día de la Independencia de los Estados Unidos", me contaba una soldado mientras comía en un restaurante jamaiquino de la base. "Los cubanos, los filipinos y los jamaiquinos cocinan mejor que nosotros".

Jamaiquinos y filipinos

"Volaré de Guantánamo en Miami y de Miami a La Habana; ir a Cuba conlleva varios vuelos de muchas horas"

Myrelia Greenough, cubana residente en la base de EE.UU.

Los trabajadores filipinos y jamaiquinos suelen cobrar unos dos dólares por hora (unos 300 dólares mensuales). Algunos son contratados por la base naval y otros por compañías que no están obligadas a respetar el salario mínimo que establecen las leyes de los Estados Unidos porque la base no se considera territorio del país.

Trabajan en los hoteles, cafeterías, restaurantes y supermercados. Reciben alojamiento gratuito y no pagan por sus comidas ni por el viaje en avión. Normalmente el contrato tiene una duración de dieciocho meses.

El salario de los trabajadores no estadounidenses de la base, cubanos primero y filipinos y jamaiquinos después, siempre ha estado muy por debajo del salario mínimo profesional de los Estados Unidos, confirma a BBC Mundo el profesor de Historia de la Universidad de Harvard Jonathan Hansen, que acaba de publicar el libro Guantánamo, An American History.

"En los años cincuenta los salarios de las trabajadoras domésticas cubanas oscilaban entre los 15 y los 35 dólares mensuales, en función de su experiencia", indica.

En los años sesenta el salario medio de un trabajador de la base era de 1.17 dólares por hora, y había una gran diferencia entre el salario de un trabajador cualificado y el

Contexto

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