EE.UU.: qué y quiénes están detrás del discurso a la Nación

Barack Obama frente a bandera de EE.UU. Derechos de autor de la imagen AP
Image caption Barack Obama es un estudioso de la retórica, según Robert Lehrman.

El Estado de la Unión es un discurso anual que el presidente de Estados Unidos presenta ante una sesión plenaria del Congreso y que es, tal vez, el más importante de su agenda política.

Por esa importancia, por su complejidad, por la necesidad de transmitir conceptos muy particulares que deben ser claramente interpretados por diferentes grupos, el discurso debe ser una perla de la retórica, elaborado con el cuidado de un artesano del lenguaje que le de fuerza, significado, pasión y dirección.

Para eso están los escritores oficiales de la Casa Blanca -varios de ellos- que se embarcan en un arduo proceso de borradores, tira y afloje, e infinidad de cambios casi imperceptibles para producir un texto coherente, estructurado e incluyente.

El Estado de la Nación está cargado de tradición, pompa y circunstancia. El escenario ha sido el mismo a lo largo de las décadas para una larga línea de presidentes y es la oportunidad para el ejecutivo de postular de una manera clara su plan de gobierno a los legisladores para ese año.

Preparación

Aunque literalmente es una alocución frente al Congreso, va dirigida también a una vasta y variada audiencia con mensajes específicos que, en este año electoral, se tornan más relevantes.

"Es una larga, complicada y agotadora empresa", declaró a BBC Mundo Robert Lehrman, escritor en jefe de la Casa Blanca durante tres años del gobierno de Bill Clinton para los discursos del entonces vicepresidente Al Gore.

Lehrman explica que el proceso empieza a finales de noviembre, en la época del Día de Acción de Gracias, cuando el presidente se reúne con tres o cuatro escritores y varios otros asistentes e investigadores para discutir temas generales.

"Después se habla con todo el mundo", dijo con un suspiro. "Los diferentes departamentos del gobierno, agencias extra gubernamentales, gente en el Congreso, tanto para realmente conocer sus puntos de vista o por simple cortesía".

La idea, según el escritor, es confirmarle al presidente que prácticamente se consultaron a todos los entendidos. Esto porque el discurso va dirigido a una variedad de sectores que esperan escuchar algo relevante a sus intereses.

Muchas manos

Así como tiene una variada audiencia, el texto también está sometido a la interferencia de un gran número de personas. "Quizá sean no más de tres o cuatro escritores pero hasta 50 personas le pueden meter la mano", resalta Robert Lehrman.

Describe cómo las palabras del presidente son desmenuzadas e interpretadas por su significado: "¿Por qué dijo 'tenemos' y no 'debemos'?".

Esos pequeños detalles pueden significar proyectos de ley que implican la inversión de miles de millones de dólares y cambios significativos en las vidas de las personas. "Pueden ser imperceptibles, pueden ser captadas por sólo unos cuantos, pero deben estar allí".

Hay una constante presión para que se incluyan o excluyan palabras, pero esas palabras quedan enmarcadas en la historia y pueden definir una presidencia.

Lehrman, que es también autor y profesor de escritura de la Universidad Americana en Washington, asegura que el presidente Dwight D .Eisenhower (1953-1961) es recordado por una sola frase de su último discurso del Estado de la Unión en el cual advirtió sobre los peligros del "complejo militar-industrial".

Mecanismos

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Image caption La habilidad retórica de John Kennedy es admirada por Obama, dice Lehrman.

Naturalmente todas esas palabras tienen que formar frases estructuradas de manera exacta para crear un ritmo que las eleve y le permita al orador darles el máximo impacto. Es ahí donde entra a jugar la retórica.

Mecanismos como la asonancia, la ironía, la repetición, la antítesis son los que producen esos grandes momentos de silencio expectante y luego la explosión de aplausos. "La antítesis es una de las favoritas de Obama", declaró el académico.

"Obama definitivamente ha sido un estudioso de la retórica y la oratoria", afirmó. "En él escucho ecos de dos de los discursos más influyentes en la historia política de este país, los de John F. Kennedy y Martin Luther King".

Un ejemplo de antítesis en John Kennedy es: "No pregunte '¿qué puede hacer mi país por mí'?, pregunte '¿que puedo hacer yo por mi país?'". Martin Luther King, por su parte, repitió una y otra vez: "¡Yo tengo un sueño!".

No obstante, hay presidentes que no han tenido destreza para emitir discursos. En la época anterior a los medios masivos de comunicación era muy notable, pero hoy en día también los hay.

Para ellos existen instructores expertos en oratoria que les pueden decir cómo hacer una inflexión, cuándo hacer una pausa, hasta qué punto elevar el volumen de la voz.

Antes del crucial discurso, el político hace uno o varios ensayos frente a un grupo de consultores. Lo mismo sucede con la mayoría de los políticos antes de una alocución pública, comenta Robert Lerhman.

Algunos piensan que los autores tratan de componer textos imitando la cadencia o patrón en la voz del orador, pero Lehrman desmiente esa percepción.

Señala que es cierto que muchos políticos no saben hablar ni escribir bien. Son muy abstractos o se expresan en largas frases de 60 o más palabras. Sin embargo, "Hay que escuchar la voz del orador y mejorarla donde se pueda, usando menos y mejores palabras", manifestó.

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Image caption A pesar de sus críticos, Bush era considerado una orador agradable.

Simpleza

El antecesor de Barack Obama, George W. Bush, fue muy criticado por su inhabilidad de expresión y los enredos en que se metía cada vez que hablaba en público.

Aunque Lerhman no comulga con mucho de la ideología de Bush, considera que sus críticos han sido injustos.

"En la vida pública uno no puede evitar equivocaciones que crecen desproporcionadamente cuando salen en sitios como YouTube", dijo. "En realidad, Bush era un orador bastante agradable, sonaba como un tipo con el cual uno querría beberse una cerveza".

Esa simpleza, asegura, es lo que hacía que el discurso de George W. Bush fuera asequible a una gran parte de la población.

"La capacidad de comprensión de 40% del pueblo estadounidense es de séptimo grado. Ahí hay una lección para el escritor", dijo el profesor de la Universidad Americana.

"¿De qué me sirve escribir un excelente texto que el 40% no va a entender?", cuestionó.

En ese sentido, Robert Lehrman reconoce que la composición de los discursos a través de los años han bajado de nivel. "Son más simples, pero han permitido al pueblo entender lo que el presidente está tratando de comunicar".

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