El reino dividido que deja en evidencia la Fórmula 1

Gran Premio de Bahréin Derechos de autor de la imagen AFP
Image caption Hay quienes consideran que el Gran Premio puede ayudar a limar asperezas entre sectores enfrentados.

Este domingo por la noche, los coches de la competencia de Fórmula Uno empezarán a cargarse en aviones en Shanghái y viajarán hacia el oeste sobrevolando el Océano Índico.

El martes, todo el entramado de la Fórmula Uno habrá llegado al diminuto y convulsionado estado del Golfo para el Gran Premio de Bahréin, que se celebra el 22 de abril en el Circuito Internacional de Bahréin.

La decisión de hacer caso omiso de las preocupaciones sobre seguridad y ética, y seguir adelante con el evento, es una victoria para el gobierno de Bahréin, así como para la comunidad empresarial, los expatriados y muchos otros sectores del país.

Es también una derrota para los activistas antigubernamentales y organizaciones de derechos humanos que temen que el acontecimiento sea instrumentalizado por la familia gobernante para hacer ver que todo ha vuelto a la normalidad en Bahréin. Y no es así.

"No hay grandes cambios"

La organización Amnistía Internacional (AI) publicó recientemente un informe con el título: "La crisis de derechos humanos en Bahréin no ha finalizado".

"Pese a las afirmaciones de las autoridades en sentido contrario, la violencia estatal contra aquellos que se oponen al régimen de la familia Al Kalifa continúa; y en la práctica, no ha habido muchos cambios en el país tras la brutal represión de los manifestantes contrarios al gobierno en febrero y marzo de 2011".

AI añade: "Con la celebración del Gran Premio de Fórmula Uno en el país en 2012, se corre el riesgo de que el gobierno de Bahréin interprete el gesto como una vuelta a la normalidad".

Las redes sociales, que no siempre reflejan la opinión real que existe en el terreno, se han mantenido vivas con el debate sobre este tema.

La mayor parte de los comentarios condena la decisión de llevar a cabo la prueba automovilística en el país del Golfo.

Al mismo tiempo se recuerda que China, donde se celebra el Gran Premio de Fórmula Uno este fin de semana, también ha sido duramente criticada por AI por "encarcelar y perseguir a gente por la simple expresión pacífica de sus opiniones".

Amnistía dijo que "el uso de formas ilegales de detención se ha extendido en China, incluyendo reclusión en cárceles 'negras', o en centros de lavado de cerebro e instituciones psiquiátricas".

Algunos sostienen que el deporte debe ser ajeno a la política; otros dicen que es inmoral celebrar un evento de estas características en cualquier país que tenga este historial en cuestión de derechos humanos.

Bernie Ecclestone, el jefe de la Fórmula 1, uno de los más firmes defensores de celebrar el Gran Premio en Bahréin, y cuya fotografía ha sido quemada en algunos distritos de mayoría chiíta, dice: "No hay diferencias entre celebrarlo en China o en Bahréin".

No es exactamente cierto, aseguran algunos, que señalan que en China no hay un movimiento de protesta reseñable o visible que pida la suspensión del Gran Premio del Mundial de Fórmula Uno.

Posiciones enraizadas

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Image caption Bernie Ecclestone señaló que en su opinión no hay diferencia entre China o Bahréin como sedes de un Gran Premio.

Es imposible establecer qué proporción de ciudadanos de Bahréin quiere que se celebre el Gran Premio y cuántos no. No es sólo la mesurable comunidad sunita la que sí lo quiere.

Muchos chiítas ven la cita deportiva como un impulso altamente necesario para la débil situación económica de la nación y como una oportunidad para cicatrizar algunas de las divisiones sectarias que destruyen esta isla, que antaño gozó de cierta prosperidad económica.

También hay figuras políticas inteligentes y moderadas de la oposición chiíta que reconocen que, si se cancelara el Gran Premio, la comunidad sunita se enfurecería de tal manera que sería incluso más difícil salvar la distancia entre el gobierno y la oposición.

Son las mismas voces que aseguran que ya hay posiciones extremas e inamovibles en ambos lados, donde hay gente interesada en perpetuar los enfrentamientos.

Por un lado, el ala violenta, anárquica y destructiva dentro de los jóvenes manifestantes chiítas, que no tienen ningún interés en el diálogo; y por otro, los sunitas de línea dura, que no quieren hacer concesiones a los chiítas y que creen que la fuerza bruta y la represión son la única respuesta para quienes demandan de forma legítima una mayor equidad en el reparto de poder, y en el acceso al mercado laboral y la vivienda.

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