Elecciones en Egipto: Dios y el Estado definen un antiguo duelo

Última actualización: Sábado, 16 de junio de 2012
El Cairo

El próximo presidente de Egipto dependerá del apoyo de los militares, según analistas.

En las próximas 48 horas más de 80 millones de egipcios serán testigos de una nueva batalla entre dos antiguos contendientes: Ahmed Shafik y Mohamed Mursi son los nombres de los candidatos para quedarse con la presidencia del país, pero la rivalidad va más allá de los nombres.

Shafik, el último primer ministro del expresidente Hosni Mubarak, es el elegido de las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia, lo que se conoce en Egipto como el "Estado Profundo" (Deep State). Mursi es el hombre de los Hermanos Musulmanes, la fuerza política más organizada del país.

Años atrás, cuando vivía en El Cairo, intenté sin éxito entender la dinámica política entre Mubarak (expiloto de la Fuerza Áerea como Shafik) y la Hermandad, hasta que un entrevistado me la explicó en términos biológicos: se trataba, simplemente, de una simbiosis.

"Él los necesita para seguir basando su presidencia en el miedo que genera un posible gobierno islamista. Ellos lo necesitan para ganar adeptos criticando la corrupción de su administración secular", me dijo esta persona, cuyo comentario prosperó en mi memoria más que su nombre.

En la naturaleza, sin embargo, hasta las relaciones parasitarias evolucionan y el vínculo se perfecciona para la supervivencia eficaz de las especies involucradas. En este caso, Dios y el Estado tuvieron que hacer frente a un nuevo actor en la contienda: los revolucionarios liberales de la Primavera Árabe.

Pero los votos de hombres y mujeres que coparon la Plaza Tahrir a comienzos de 2011 se dispersaron entre diferentes candidatos en la primera ronda de los comicios celebrada el 23 y el 24 de mayo. La mesa quedó servida entonces para los dos tradicionales comensales.

Dos de tres

Mohamed Mursi

Mursi es el hombre de los Hermanos Musulmanes, la fuerza política más organizada del país.

"Debido al sistema político egipcio", escribió para la BBC desde El Cairo el escritor Hugh Miles, "era inevitable que en la elección final, uno de los tres grupos en la política local -el Estado profundo, los islamistas y los revolucionarios- no estuviera representado".

"Si el jefe de los espías de Mubarak, Omar Suleiman, o el clérigo salafista Hazem Abu Ismail se hubieran mantenido en carrera, quizás los votos de Mursi y Shafik se hubieran dividido y un candidato revolucionario -probablemente Hamdin Sabbahi- hubiera llegado a la segunda vuelta", especuló Miles.

Pero en política como en Historia, el "si hubiese pasado esto en lugar de aquello" (What if?) no tiene sentido más allá del campo de la especulación. Es más interesante preguntarse si es solo responsabilidad de los liberales no haber colocado un representante en la instancia final.

Analistas locales cercanos a las protestas de Tahrir le dijeron a BBC Mundo que el gobierno militar jugó bien sus cartas desde el poder, alentando el miedo a un Estado religioso para llevar votos hacia el candidato del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF, por sus siglas en inglés).

No por nada, Mursi se ha cansado de repetir que "no existe algo así como un Estado religioso en el Islam; la idea de un Estado moderno, integrado por institución, es la garantía de la libertad de los ciudadanos".

Pero el candidato de los Hermanos Musulmanes no solamente se defendió de las tradicionales acusaciones en contra de su agrupación sino que también apeló a sus tradicionales banderas de los años de Mubarak: "No permitiré el regreso a la corrupción que fue rampante bajo el antiguo régimen".

"Doscientos años"

Ahmed Shafik

Shafik fue el último primer ministro del expresidente Hosni Mubarak.

"No soy parte del antiguo régimen", respondió Shafik y agregó: "Yo era parte del Estado egipcio".

Consultado por el diario local al-Ahram, el analista político Gamal Abdel-Gawwad coincidió en que el exprimer ministro, más que a un gobierno, representa "a un Estado, como se lo ha conocido por los últimos 200 años, y a un núcleo de la clase media que está asociado íntimamente con ese Estado, grupos preocupados por una posible hegemonía islamista".

Mursi representa por su parte "a los grupos islamistas que no desean el regreso del antiguo régimen y a los adversarios políticos que quieren ver a ese régimen eliminado de una vez y para siempre".

Según Abdel-Gawwad, los que voten por Shafik -incluso los que no lo ven como un candidato ideal- apostarán por "la ecuación segura en donde el Estado gobierna los asuntos de los ciudadanos en armonía con la religión, mientras que votar por Mursi podría implicar que la religión, y no el Estado, tuviera las mejores cartas".

En el medio están los que no saben por quién votar, como Nadine, que ocupó Tahrir desde el 25 de enero hasta el 11 de mayo de 2011 (día de la caída de Mubarak). Ella jamás imaginó tener que elegir entre estas dos fuerzas.

"Pensamos que esta yuxtaposición había sido eliminada cuando toda clase de egipcios coparon la plaza, pero aquí estamos de nuevo, teniendo que elegir entre los hombres de Mubarak y los Hermanos Musulmanes", dijo esta mujer de 27 años a la prensa local.

Consentimiento

Protesta en Egipto

Las protestas siguen en Egipto tras la disolución del Parlamento.

Los revolucionarios de Tahrir (que, no está de más aclarar, fueron protagonistas de un cambio histórico pero jamás han logrado alcanzar el poder) han sumado el último jueves otra mala noticia a su lista de decepciones.

La Corte Constitucional declaró ilegal la disposición, aprobada por la mayoría de los parlamentarios, que establecía que exfuncionarios del gobierno de Mubarak, como Shafik, no podían ser parte de la contienda electoral.

Durante la misma jornada, la misma instancia llamó a la disolución del parlamento.

Eso significa que el próximo presidente de Egipto no solo no contará con una Constitución sino que tampoco tendrá un poder legislativo (aunque Mursi podría reestablecerlo ya que la Hermandad contaba con la mayoría de los escaños).

Si uno analiza las últimas décadas de la historia política de Egipto comprobará que el poder de sus líderes no estuvo ni en una Carta Magna ni en una mayoría parlamentaria, sino en los dos protagonistas de un duelo que en las próximas horas vivirá un nuevo capítulo.

Como dijo a al-Ahram el legislador Amin Iskandar, del partido izquierdista Karama, "el próximo presidente de Egipto dependerá del apoyo de los militares o de la antigua y bien organizada oposición religiosa, y lo extraño es que tanto SCAF como la Hermandad han consentido esto, explícita o implícitamente".

No fue a Iskandar con quien hablé hace años en El Cairo, pero sus últimas declaraciones me recuerdan a las de aquel entrevistado de cuyo nombre no puedo acordarme, que en lugar de hablar de Filosofía Política apelaba a la Biología y hablaba de simbiosis, simple y llana simbiosis.

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