Ecos de la guerra civil española en Siria

Edificio destruido

Si bien los revolucionarios sirios se inspiraron en los levantamientos de Túnez, Egipto y Libia, su situación es única en el mundo árabe, asegura Fouad Ajami. El académico reflexiona en este artículo escrito para la BBC sobre los posibles paralelismos entre el conflicto sirio y la guerra civil española.

Pobre pueblo sirio. Se le había hecho creer que los aviones de combate que forman parte del arsenal del estado, los MIG de fabricación rusa que alguna vez fueron motivo de orgullo, estaban ahí para un posible enfrentamiento con Israel.

Ahora han aprendido la lección. Los vuelos sobre Alepo, los bombardeos de Idlib, les han mostrado la verdad. No es casual que el fundador del régimen, Hafez al Asad, emergiera de los rangos de la fuerza aérea. Llegaría el día, lo sabían sin duda los maestros de este régimen minoritario, que los aviones de combate se utilizarían en casa.

Israel era siempre la excusa, el enemigo declarado. Pero el país de mayoría sunita conquistado por los alawitas, un grupo minoritario de extracción chiíta, estaba destinado a despertar algún día, y los gobernantes se prepararon para el "día del Juicio Final".

La guerra cruel y total entre el régimen y la amplia mayoría de su población estaba escrita en el guión desde hace tiempo.

De todas las revoluciones que surgieron en el mundo árabe en los últimos dos años, el conflicto sirio estaba destinado a ser un caso aparte.

Piensen en el tunecino Zine al Abidine Ben Ali dejando el poder y yéndose con su botín, o el egipcio Hosni Mubarak abandonando la presidencia después de 18 mágicos días de protesta. La ferocidad de la rebelión siria pertenece a otra categoría de insurrecciones.

Los sirios deben haber comprendido lo excepcional que es su situación.

Se tomaron su tiempo antes de desafiar al arraigado régimen. Los primeros disturbios se produjeron dos o tres meses después de que los otros árabes se revolvieran contra sus gobernantes.

En un campo de refugiados de las afueras de Antakya en Turquía, un joven abogado de Jisr al-Shughur –una ciudad sunita que padeció la crueldad total de las fuerzas de seguridad– me dijo que se había preparado para una guerra larga.

Había abandonado su casa en el primer verano tras el levantamiento popular, en 2011, pero se había llevado ropa de abrigo.

No tenía ninguna ilusión respecto a los líderes, sabía que lucharían una guerra de tierra quemada.

Image caption Los creyentes suplicaron a Alá por el fin del régimen de Bashar al Asad.

Eran una minoría, históricamente desdeñada, pero con todo el poder. Habían ascendido gracias a la espada, no conocían otro método, y estaban seguros de que la derrota en el campo de batalla sería el fin de un mundo que se habían construido durante las últimas cuatro décadas.

La premonición del abogado se cumplió.

Una sociedad sunita en guerra con un régimen sin dios buscaba consuelo en su fe.

Los manifestantes de Deraa, Hama y Homs habían deseado contra toda esperanza que se hubiera producido la liberación durante el mes sagrado de Ramadán en agosto de 2011.

En la teología y creencias del Islam, hay una "Noche del Destino" en Ramadán que cae en la 27ª noche del mes sagrado.

En el Corán se enaltece esa noche: "Es mejor la Noche del Destino que 1.000 meses. En esa noche, los ángeles y el espíritu de su Señor bajan con sus decretos".

Los sirios que suplicaron la ayuda de Dios para que los ayudara contra la tiranía estaban seguros de que terminarían con el régimen ese mes.

Pero el Ramadán llegó y se fue, y después, vino otro Ramadán. El régimen se mantuvo, desafiando todas las probabilidades.

El hombre al mando, un hombre ordinario, poco impresionante con su ceceo al hablar, sin el haiba (aura o grandeza) asociado con los líderes más temidos, se había negado a rendirse.

Ni se embarcó en un avión en busca de un cómodo exilio ni se sometió a la voluntad de su pueblo y se entregó para un proceso judicial. No era ni el totalitario tunecino ni el egipcio transportado al tribunal en una camilla.

Al igual que su homólogo libio, Muammar al Gadafi, Bashar al Asad estaba dispuesto a matar por su reino.

Pero demostró tener mucha más suerte que el hombre fuerte libio. Para los libios, hubo una Noche del Destino: una caballería extranjera llegó al rescate.

En una mágica alineación de estrellas, Reino Unido, Francia y Estados Unidos se vieron involucrados en Libia.

La Liga de Estados Árabes, que nunca se había levantado contra un dictador de los suyos, dio luz verde para la intervención militar occidental contra Gadafi.

Gadafi había ridiculizado a sus socios gobernantes, le había dado la espalda al mundo árabe, se autoproclamó rey de los reyes de África. Los poderes existentes en los consejos árabes estaban más que contentos dejándolo a merced de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Nunca había jugado según sus reglas.

Y en ese momento, Gadafi selló su destino. Anunció su intención de destruir la ciudad rebelde de Bengasi, arrasarla, casa por casa, vecindario por vecindario, callejón por callejón, según sus propias palabras.

Un receloso Barack Obama que había querido mantenerse al margen de las batallas árabes fue conducido hacia el combate.

No quería una Ruanda o Srebrenica bajo su mandato que pudiera manchar su nombre.

"Si no fuera sirio, me gustaría ser libio", se leía en una pancarta de un joven manifestante tras la caída de Gadafi.

Una suerte de "envidia libia" se apoderó de los sirios.

La vengativa muerte de Gadafi, la escena en la que se ve cómo tiran de él por encima de una tubería, fue un alivio indirecto para los sirios.

Ese era el final que ellos deseaban para su odiado líder y para los barones de seguridad y los extorsionistas que lo rodean.

Pero Libia fue como un eclipse solar. Una vez sucedido, no se iba a repetir. Fue una chispa, una casualidad, no una plantilla o patrón. Los legisladores de Washington que se adentraron en Libia pasaron mucho tiempo repitiéndose el mantra "Siria no es Libia".

No faltaban motivos para no involucrarse en Siria. Sus fronteras son más difíciles; sus vecinos, más explosivos. Tiene una fuerza aérea más poderosa que la de Libia. Las puertas de un infierno sectario se abrirían en cuanto se desplegara una fuerza militar occidental y los islamistas heredarían las ruinas, etc.

El régimen se hizo más descarado con cada crimen y cada día que pasaba. El pueblo del régimen, los alawitas, fueron lanzados a la batalla. Puede que tuvieran sus reservas respecto a Bashar al Asad, puede que hubieran quedado fuera del botín que habían acumulado los funcionarios del régimen y sus aliados cristianos y sunitas en Damasco y Alepo, pero no podían concebir un futuro viable sin la tiranía.

Se habían subido al carro, y no había manera de bajarse.

Ahora y entonces, los opositores al régimen repitieron las garantías de que no habría venganza contra los alawitas, pero no hubo receptores para tales promesas. Los campesinos alawitas que habían aterrizado en Damasco y Homs y se habían subido al faldón del régimen, consiguiendo así arañar alguna pequeña ventaja, no podían estar seguros de lo que les esperaba.

Image caption Algunos sirios sintieron cierta envidia con la derrota de Gadafi en Libia.

Hay una refinería de petróleo en la costera ciudad de Baniyas. Empleaba a 4.000 trabajadores y sólo una parte de ellos eran sunitas.

La enfermedad histórica de los árabes, el uso del poder militar y las lealtades sectarias para acaparar el tesoro de la tierra, ha envenenado y resquebrajado la vida política siria.

Un refugiado sirio, también en Antakya –un propietario en su país natal, un hombre elegante de sesenta y pico años, ahora amontonado con los demás refugiados en la miseria de los campamentos- resumió los hechos de su vida y, por ende, del malestar general sirio.

Había tenido nueve hijos. Habían matado a dos de ellos y un tercero, desaparecido, se presumía muerto también. Sus hijos e hijas habían recibido una educación razonable, pero ninguno de ellos, dijo, recibió un trabajo del gobierno, ni siquiera como barrendero.

Image caption Los paralelismos entre Alepo y Guernica son muchos.

El campo sunita había sido olvidado, la relativa prosperidad en Alepo y Damasco lo habían sobrepasado. Un complejo militar-comercial en las ciudades había acumulado los bienes para sí mismo.

Bashar al Asad y su moderna camarilla se vanagloriaron de la "liberalización" que él introdujo tras la muerte de su padre.

Pero esta liberalización se limitó a la retirada de la generosidad estatal del campo. La superposición de resentimientos económicos y sectarios le dio a la revolución siria la furia que hizo que prendiera fuego.

Las analogías no son nunca perfectas, pero según he seguido esta rebelión, y leído y reflexionado sobre ella, me han venido a la mente pensamientos de la guerra civil española.

El rancio odio y la falta de compasión que separa los bandos enfrentados en Siria evoca esa misma calidad de odio que jugó un papel en España. Franco era un hombre tedioso y gris, pero la crueldad era despiadada.

Ningún Picasso sirio le ha dado a Alepo, bombardeada por la fuerza aérea del régimen, la fama de Guernica, pero Guernica era una localidad de 7.000 personas mientras que Alepo es una gran metrópoli, la más grande de Siria, una ciudad con una historia legendaria de viajes y comercio.

El mundo actual es diferente. Románticos y comunistas llegaron a España, la Brigada Lincoln, hombres y mujeres que vieron la causa de la libertad en peligro en esa guerra.

No tenemos brigadas así ahora.

Es verdad que algunos islamistas sunitas, libios y de otras procedencias, han llegado hasta Siria. Pero son un puñado nada más, y los sirios combaten solos. Invocan a Alá más a menudo de lo que lo hicieron a comienzos de su lucha, lo cual es quizá una lectura que describe bien su soledad en el mundo de las naciones.

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