Armstrong y la pérdida de la fe en el deporte

  • 19 enero 2013
personas en un bar observan entrevista de lance armstrong con oprah winfrey
Image caption La confesión quizá no fue sorpresiva pero sacudió a muchos fanáticos del ciclismo.

Molesta, amargada, desilusionada, pero esperanzada. Soy una eterna fanática del ciclismo y así es como me siento después de la confesión de Lance Armstrong, ahora que quizá podamos separar años de mentiras y engaños.

Imagínense cómo se sentirían si descubrieran que ha habido tanta mentira a tan altos niveles en el deporte que adoran. Que una década de marcas no pueden ser creídas ya más.

¿Qué sentirían si no pudiera decir con certeza quién ganó la Premiership (del fútbol inglés) o la Copa Mundial? Pues eso es lo que ha pasado en el ciclismo.

Como fanática dedicada les puedo decir que se siente como una traición. Así como si un buen amigo en quien has confiado y con quien has compartido buenos momentos de pronto resulta ser un gran mentiroso.

Fue doloroso escuchar a Lance Armstrong quien ganó la mayor carrera del ciclismo, el Tour de Francia, más veces que ningún otro corredor, confesar que sus siete victorias entre 1999 y 2005 se lograron con la ayuda de drogas para mejorar el rendimiento y transfusiones de sangre.

Considerando los que engañaron antes y después de él, resulta que solo un competidor de los que ganó el Tour de Francia entre 1996 y 2010 está limpio: el español Carlos Sastre.

La era Armstrong

El informe de la Agencia Antidopaje de EE.UU. (USADA) sobre Armstrong, publicado en octubre del año pasado deja poco espacio para la duda. Armstrong había sido una "mentiroso en serie", decía, y había perpetrado un "fraude masivo".

Pero ahora lo tenemos en sus propias palabras. Le dijo a Oprah Winfrey que todo había sido una "gran mentira", poniéndole fin de años de vehementes negativas.

Este fue el hombre que ayudó a hacer del ciclismo un deporte global, más que uno primordialmente europeo. Fue durante la era de Armstrong que viajé por primera vez a Francia para ver el Tour.

En 2001 vi a Armstrong atacar a su ahora también defenestrado rival, Jan Ullrich, en las lomas de Alpe d'Huez, una de las famosas y más duras escaladas de la carrera.

Su exitosa movida, y la manera indiferente como vio hacia atrás al anterior ganador Ullrich mientras le sacaba ventaja, se convirtió en uno de los momentos más famosos del tejano y pasó a conocerse como "la mirada".

El dominio de Armstrong en las largas, calientes y arduas etapas alpinas de ese año generaron el titular de "El Hombre de Hierro". Todavía tengo enmarcada una copia de esa primera página, aunque no la tengo ya en la pared.

Un engaño generalizado

Cuando el año pasado el reporte de la Usada dijo que sus victorias en aquellos años se debieron "al más sofisticado, profesional y exitoso programa de dopaje que haya visto jamás el deporte", me sentí como una tonta.

Cancelé mi subscripción a Eurosport, justo dos meses después de haber sentido el inmenso orgullo como fanática del ciclismo cuando Bradley Wiggins se convirtió en el primer británico en ganar el Tour.

Pero no fue lo que revelaba Usada lo que me resultó más preocupante. Una nube había estado sobre él y sus logros por años, así que cuando fue oficialmente confirmado no puedo decir que hay sido sorpresivo.

Lo que sacudió mi fe en el deporte por el que había atravesado Europa decenas de veces en los últimos años, fue el comentario de la agencia estadounidense sobre lo generalizado que había sido el engaño.

El reporte de Usada se refirió a la "cultura de silencio" sobre el uso de drogas no sólo dentro del equipo de Armstrong, sino en todo el deporte.

Incluso pidió la formación de un Comité de Verdad y Reconciliación en el que ciclistas puedan presentarse y admitir el alcance de su dopaje, como "única manera de realmente desmantelar los restos del sistema".

Todos sabían

Image caption Armstrong dice querer volver a competir en un deporte.

Lo que le añadió a la sensación de humillación fue la sugerencia de que, por supuesto, "todos sabían" que el ciclismo estaba lleno de trampas.

Cierto que corredores individuales fallaron las pruebas y fueron echados con lamentable regularidad, pero eran casos aislados, con seguridad. ¿Negación? Quizá.

Pero si no piensas que lo que estás viendo es creíble, no hay disfrute y bien puedes dejarlo así. Al final se trata de un asunto de fe.

Todavía hay mucho por hacer y aquí es donde entran los reguladores.

Ahora que la sesión de confesión de Armstrong con Oprah Winfrey ha terminado, el enfoque debe cambiar de lo que hicieron los ciclistas a los reguladores, cuyo trabajo era detenerlo mediante controles rigurosos.

Armstrong dijo a Oprah que no pensaba que era posible ganar el Tour limpiamente y que no temía ser descubierto.

Pero hay razones para el optimismo. El éxito de Bradley Wiggins y el Equipo Sky el año pasado demuestra que un ciclista puede ahora ganar la carrera de tres semanas limpio, o con "pan y agua" como dicen los profesionales.

Además, deportistas que se doparon, como David Millar y el excompañero de Armstrong, Jonathan Vaughters, quien maneja ahora su propio equipo profesional, trabajan para cambiar la cultura que los llevó a pensar que no había otra opción que mentir.

Pero sólo cuando sepamos mas sobre el papel de la Unión Ciclista Internacional, en el engaño que ahora caracteriza los años de Armstrong, podremos volver a tener completa fe en el deporte.

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