A diez años de su brote, Hong Kong todavía siente el legado del virus del SRAS

  • 30 marzo 2013
Amoy Gardens

Bañada con la luz del atardecer, Amoy Gardens parece una colmena en plena activad.

La gente entra y sale sin cesar de los puestos de fideos, cadenas de comida rápida y otras tiendas, antes de dirigirse a sus casas en el laberinto de apartamentos de este complejo residencial de 19 torres.

Pero hace diez años, estos bloques de apartamentos densamente poblados de Hong Kong, hogar de 19.000 personas, eran un escalofriante pueblo fantasma.

En cuestión de una semana, 200 residentes contrajeron una enfermedad respiratoria mortal, ahora conocida como Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS), sin que nadie supiera cómo se estaba propagando.

Se señaló a las ratas y cucarachas como posibles culpables.

"Los taxistas se negaban a venir", recuerda del mortal brote de 2003 Yip Hing Kwok, antiguo residente y ahora consejero local.

La alarma se convirtió en pánico el 31 de marzo cuando los habitantes del bloque E, donde estaba la mayor concentración de casos, se despertaron con la sorpresa de que no podían salir del edificio después de que la policía y el personal médico ataviados de trajes protectores aplicaran una orden de emergencia de cuarentena.

A la policía se le ordenó perseguir a los que ya habían salido y a los residentes los trasladaron más tarde a dos campamentos vacacionales.

"Intentamos mejorar la limpieza del complejo, pero los casos seguían aumentando", cuenta Yip, quien no vive en aquel bloque maldito. "La situación era insostenible".

Papel estelar

Image caption El conjunto residencial Amoy Gardens fue el mayor afectado por el brote del virus SRAS.

En 2003, Amoy Gardens tuvo un indeseado papel estelar en la historia del SRAS que infectó a 8.096 personas en todo el mundo y mató a 744. La enfermedad, de la misma familia de los virus de la gripe común, surgió en el sur de China a fines de 2002.

Fue un doctor quien portó el virus a Hong Kong. Una estadía de una noche en el hotel Metropole resultó en otros siete huéspedes infectados. Estos, a su vez, se montaron en aviones y esparcieron el SRAS por todo el mundo.

Mientras la enfermedad parecía propagarse con rapidez, el número de muertes era relativamente bajo, especialmente comparado con el medio millón de gente que murió ese mismo año por la influenza.

Pero estos factores no se supieron hasta que la enfermedad fue controlada ese verano. En marzo y principios de abril de 2003, mientras la epidemia parecía haber entrado en una espiral fuera de control, Hong Kong era una ciudad sumida en el miedo.

Las mascarillas de cirujanos se convirtieron en un producto de moda y los centros comerciales, restaurantes y transporte público -normalmente abarrotados- estaban vacíos. Los residentes extranjeros se fueron, las escuelas cerraron y aquellos que podían, trabajaron desde casa.

Entonces, trabajando como reportera en la ciudad, recuerdo una llamada de un contacto que me instaba a dirigirme al aeropuerto, pues Hong Kong estaba a punto de ser declarado un puerto infeccioso y sellado al mundo exterior.

Claro que Hong Kong no fue el único lugar donde se sufrió la epidemia.

Singapur, Taipei, Pekín y Toronto fueron duramente golpeadas. Se mantuvo en la oscuridad a los ciudadanos chinos, mientras que los líderes de ese país rechazaban en un principio aceptar la extensión y severidad de la enfermedad.

Pero es quizás en Hong Kong, la ciudad que sufrió el mayor número de víctimas, donde su legado se siente con más intensidad.

Elogio y crítica

Image caption Con el brote del virus SRAS en 2003, las mascarillas se convirtieron en una prenda esencial.

Hong Kong ganó elogios por su transparencia de información sobre la propagación de la enfermedad, en claro contraste con la forma en que China manejó el tema.

Como el resto de la ciudad, durante el brote yo estaba pegada a las diarias conferencias de prensa de las 4.30pm que detallaban las últimas cifras de nuevos casos y muertes.

Sin embargo, el gobierno fue criticado por cómo manejó la situación al principio del brote. Particularmente en Amoy Gardens, donde murieron 42 personas y 329 fueron infectadas.

Hong Kong se tomó la lección a pecho, tanto en la forma en que maneja las nuevas enfermedades como en el mantenimiento de la higiene.

Diez años después del brote, en los bloques de oficinas y apartamentos todavía se alardea sobre cuántas veces se satanizaron los botones de los ascensores, los pasamanos, las manijas de las puertas y casi cualquier superficie pública.

Hoy en día las mascarillas son de rigor si tienes gripe, y estornudar o toser en público es motivo de miradas desaprobatorias.

Las guarderías, como a la que asiste mi hija, exigen a los padres que cada mañana lleven un registro en un cuaderno especial de la temperatura corporal. Si se nos olvida, una nota de amonestación nos lo recuerda.

La amenaza de un nuevo brote se toma con extrema seriedad y las medidas para evitarlo pueden parecer excesivas en cualquier otra parte.

En 2009, la ciudad puso en cuarentena de siete días a 286 huéspedes de un hotel del centro de la ciudad después de que se confirmara que un viajero mexicano tenía gripe A.

Y la ciudad monitorea de cerca el posible surgimiento de un nuevo tipo de SRAS, tras rumores -más tarde desmentidos- de un caso en febrero.

¿Recuperado?

Image caption Hoy en día el bloque E, donde se reportaron la mayoría de los casos, es un ejemplo de higiene.

Amoy Gardens, como el resto de Hong Kong, se ha recuperado del brote de SRAS y de la crisis económica que surgió con el estilo típico de ritmo rápido de esta ciudad.

Desde entonces, el complejo de apartamentos y el espacio de tiendas ha sido objeto de remodelaciones valoradas en US$7,7 millones, que incluyen cambios en el drenaje y sistema de cloacas, que fue el mayor responsable de que se propagara con rapidez la enfermedad.

Los apartamentos de dos habitaciones que tras el brote eran casi imposibles de vender, ahora están valorados en US$500.000, gracias al reciente boom inmobiliario.

En un tour por el infame bloque E, Yip señala con orgullo los purificadores de aire en el vestíbulo de mármol, donde una encargada de limpieza está atenta de limpiar con detergente y un trapo gris cualquier germen dejado por los visitantes.

Pero los recuerdos son difíciles de borrar.

Yip dice que muchos residentes, cansados del estigma de su dirección, dejaron las residencias tras el brote, y que aquellos que se quedaron le han pedido que desvíe la atención de los medios, atraídos por el décimo aniversario.

En la oficina del comité de residentes, Yip repasa una carpeta con viejos recortes de periódico y se detiene en una foto de un joven haciendo cuarentena que se asoma por una ventana donde un policía armado cerca su casa. Una foto que entonces cuenta que le afectó particularmente.

"Me sentí muy inútil", me confiesa. "Queremos olvidar nuestra imagen triste".

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