Irak sufre una de sus peores y más violentas crisis

Protestas de suníes en Faluya, el 26 de abril de 2013
Image caption Las fuerzas de seguridad mataron a 23 suníes en Kirkuk y estallaron las protestas.

La violencia sectaria en Irak parece no tener freno. Abril fue el mes más sangriento desde 2008: según estimaciones de Naciones Unidas más de 700 personas murieron por ataques durante ese mes. Y en lo que va de mayo ya han muerto más de 150 personas por atentados en diversos puntos del país.

Tan solo este jueves, más de 30 personas murieron por múltiples atentados con bombas en distritos principalmente chiítas de Bagdad, la capital iraquí, y en la ciudad de Basora, también de mayoría chiíta.

Jim Muir, corresponsal de la BBC en Medio Oriente, se pregunta en este artículo si Irak se encamina hacia una secesión.

Algunos observadores creen que la actual situación de creciente violencia en Irak es la peor crisis que enfrenta el país desde 1921, cuando se constituyó como Estado.

Otros creen que es el momento más crítico desde la caída de Saddam Hussein en 2003, o desde la salida de las tropas estadounidenses a fines de 2011.

Muchos están convencidos de que Irak está al borde de una guerra civil que podría llevar a la desintegración del país y que un acuerdo de partición sería la opción menos mala.

Más allá de sus dinámicas internas, de carácter centrífugo, Irak se encuentra envuelta en medio de profundas tensiones regionales, en que sus diversos componentes se ven disparados en direcciones diversas por las mismas fuerzas que pelean en la vecina Siria, cuyo conflicto está teniendo un impacto directo sobre Irak.

No importa cómo se la mire, la situación no se ve bien.

Pero eso no quiere decir que vayan a cumplirse las peores predicciones.

El país ya ha mostrado en el pasado una increíble capacidad de salir de una crisis a otra, sin conseguir estabilizarse, pero son explotar en pedazos tampoco.

El peor escenario

Hay, sin embargo, un panorama desalentador.

De concretarse, el país se dividiría a causa de tensiones en torno a líneas sectarias y étnicas que separan a sus tres principales comunidades: la mayoría chiíta (60%), los suníes y los kurdos.

Las señales de alarma ya están sonando, y no sólo se leen en el número de víctimas de los últimos estallidos de violencia en varias partes del país.

La mayoría de las estimaciones coinciden en que abril fue el mes más sangriento desde 2008. Naciones Unidas dice que más de 700 personas murieron en ataques con bombas y otras formas de violencia; de ellas más de 430 eran civiles.

Image caption Nunca desaparecieron las milicias insurgentes suníes.

Muchas de la violencia ocurrió a fines de mes, tras un incidente en la ciudad de Hawija, en la provincia de Kirkuk, que tuvo lugar el 23 de abril. Ese día fuerzas de seguridad leales al primer ministro Nouri al Maliki mataron a un gran número de manifestantes suníes.

Esto desató más disturbios e incidentes, especialmente en las áreas suníes, en tensión contra el gobierno de al Maliki desde diciembre pasado.

Insurgentes, presumiblemente vinculados con al Qaeda y su "Estado Islámico en Irak", también incrementaron sus atentados contra poblaciones chiítas.

Todo esto no surgió de la nada. Es parte de una progresión lógica que se remonta a la formación del actual gobierno en diciembre de 2010, con una demora récord: las elecciones habían tenido lugar en marzo de 2010.

¿Unidad nacional?

Se suponía que el gobierno liderado por Nouri al Maliki sería de unidad nacional.

El líder kurdo Masoud Barzani (cuya coalición, Iraqiyya, había obtenido un mejor resultado que al Maliki) consiguió establecer un acuerdo para que al Maliki compartiera el poder con Iyyad Allawi (un chiíta de corte secular, que obtuvo la mayoría del voto suní), quien debía encabezar un "Alto Consejo Nacional de Estrategia", con considerable poder.

No ocurrió nada de eso. En vez de ser percibido como socio, al Maliki ha sido acusado de hacer las cosas por su cuenta, con un creciente poder autocrático derivado de su control del aparto de seguridad del Estado, incluyendo los ministerios de Defensa e Interior.

Image caption El gobierno de Nouri al Maliki, dominado por chiitas, respalda al presidente de Siria, Bashar al Assad.

Los suníes han visto su participación cada vez más marginalizada y su voz alienada por la incapacidad de al Maliki de responder a las demandas y quejas de esta comunidad, especialmente en lo concerniente a la liberación de presos, leyes antiterroristas, empleo, etc.

Las actividades insurgentes de militantes suníes nunca desaparecieron.

El año que sucedió a la formación del gobierno de al Maliki la violencia se mantuvo en niveles similares a los de 2010.

Empeoraron en 2012, y ahora parecen estar intensificándose aún más, a medida que aumentan las quejas suníes.

Si al Maliki mantiene su curso actual, uno que impactaría de lleno en los intereses suníes, existe el riego de que diferentes corrientes tribales, religiosas y políticas se unan en bastiones suníes como las provincias de al Anbar y Nineveh, para crear una revuelta en contra del gobierno controlado por los chiítas.

Retiro kurdo

En marzo pasado los kurdos, que mantienen sus propias diferencias con al Maliki, retiraron a sus ministros y parlamentarios de Bagdad.

A raíz del incidente de Hawija, sus fuerzas militares también expandieron el control sobre la disputada provincia de Kirkuk, rica en petróleo.

Así que no es difícil imaginar que Irak se divida, a medida que suníes y chiítas se hunden más y más en una guerra sectaria, mientras los kurdos se consolidan en el norte.

Haciendo caso omiso de esa dinámica interna y de su propio rol, el propio al Maliki ha advertido de una guerra civil, asegurando que "la lucha sectaria" va a volver a Irak desde Siria.

"Un viento sopla detrás de esto, hay dinero, hay planes", dijo, en lo que parecía ser una referencia al apoyo que insurgentes y disidentes recibirían de los poderes regionales suníes.

Desde el comienzo ha habido una interacción real entre las áreas suníes del oeste de Irak y la revuelta suní del lado Sirio; no es algo sorprendente, teniendo en cuenta los lazos tribales y familiares, además de las actividades que militantes suníes vinculados con al Qaeda realizan de un lado y del otro de la frontera.

Mientras los suníes han apoyado por lo general a los rebeldes sirios, el gobierno mayoritariamente chiíta de al Maliki -tal vez influido por Irán- ha tendido a apoyar a presidente Bashar al Asad, a pesar de haber tenido diferencias en el pasado.

Irak dependerá mucho, entonces, de lo que termine sucediendo en Siria. Si el régimen de la minoría alauita colapsa y el país se divide o queda bajo la mayoría suní, puede ser que se vuelva más difícil mantener a los suníes iraquíes bajo la órbita del gobierno central.

Si terminaran uniéndose de un modo y otro a una Siria suní, eso podría dejar a los chiítas iraquíes con pocas alternativas más que acercarse más aún a sus correligionarios del este, en Irán.

Pero dentro de un contexto iraquí, si al Maliki puede demostrar que lo que ocurrió en Hawija fue una aberración, y hacer concesiones que apacigüen a los suníes, tal vez consiga controlar la situación, no en menor medida por el hecho de que a los suníes les cuesta unificarse.

Influencia iraní

Todo dependerá mucho, también, de qué quiera Irán, dada su indudable influencia en la mayoría de los grupos políticos chiítas y -en menor medida- kurdos de Irak.

Las cavilaciones de Teherán están dominadas en estos días por la necesidad de salvar a su tambaleante aliado en Damasco.

Es difícil ver cómo una profundización de la fragmentación y el caos en Irak podrían ayudar a conseguir ese objetivo.

Teherán estuvo involucrado en el acuerdo para compartir el poder al que se llegó a fines de 2010 y no hay ninguna razón para suponer que ahora favorece la vía de la desestabilización y desintegración.

Aunque hay elementos separatistas en todas las comunidades iraquíes, en términos generales una partición no interesaría a ninguna.

En el norte los kurdos disfrutan de lo mejor de ambos mundos: tienen un nivel de autonomía casi lindante con la independencia, a la vez que reciben una porción importante -aunque disputada- del presupuesto federal, concentran bastante poder y tienen un rol vital en la política de Bagdad.

Aunque siguen soñando con la independencia, saben que al no tener salida al mar dependen de sus vecinos (Irak mismo, Irán, Siria y Turquía), cuya aprobación sería esencial para que fuera viable. Por lo pronto, hacer su juego dentro de un Irak federal es su mejor opción.

Los chiítas serían "quienes más perderían con una partición; ¿y qué ganarían uniéndose a Irán?", dijo un veterano observador de la política iraquí.

"En lo que concierne a los suníes, pocos quieren separarse de Irak; quieren controlarlo todo, como lo hicieron por siglos".

Esto no significa que los peores escenarios no se concreten.

Pero todavía hay poderosos factores que mantienen a Irak unido.

Y, al menos por el momento, los iraquíes siguen discutiendo acerca de la dura pelea que se dará en las urnas, cuando se lleven adelante las elecciones generales de 2014, y no hablan de cavar trincheras.

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