Colombia: ¿Se pone Bogotá la ruana en apoyo al paro agrario?

  • 29 agosto 2013
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Joven con ruana en Bogotá en apoyo al paro agrario Image copyright BBC World Service
Image caption La ruana, el poncho de lana de los campesinos de tierra fría, es el símbolo del paro agrario.

Son las 11:30 del martes 27 de agosto y en el centro de Bogotá nada más hay tres personas que visten de ruana.

Lo sé porque llevo más de media hora recorriendo la emblemática Carrera Séptima, entre la Calle 26 y la Plaza de Bolívar, pendiente de ese poncho de lana cruda propio de los campesinos de tierra fría que se ha convertido en el emblema de la protesta que sacude a Colombia desde hace más de una semana.

Es una protesta que puede resultar decisiva para el futuro del agro colombiano.

Y a través de Twitter el apoyo a los pequeños productores se expresa con etiquetas como #LoQueEsConLosCampesinosEsConmigo y, sobre todo, #YoMePongoLaRuana.

En el corazón de esta ciudad de casi ocho millones de habitantes, sin embargo, la inmensa mayoría de la gente sigue en lo suyo, moviéndose a ese ritmo frenético propio de las grandes capitales latinoamericanas.

Sin tiempo, tal vez, para hacer siquiera un simbólico guiño de solidaridad a los problemas de sus vecinos del campo.

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Marchas y cacerolazos

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Image caption Las útimas dos noches han sido testigos de cacerolazos en apoyo al paro agrario.

Pero no quiero ser injusto. Hay muchas otras razones que pueden explicar la ausencia de ruanas, y tanto el lugar como la media hora que elegí para hacer mi diagnóstico no pueden haber sido más arbitrarias.

Y tampoco estoy diciendo que en Bogotá no haya gente dispuesta a marchar o hacerse sentir en apoyo a los campesinos colombianos.

Por el contrario, mi obsesión con las ruanas responde a una necesidad de contrastar lo que ocurre en la calle con el inmenso apoyo que estos han recibido a través de las redes sociales.

De hecho, la noche anterior fueron miles los bogotanos que se reunieron en la Plaza de Bolívar para hacer sonar cacerolas en apoyo al paro agrario, lo que junto a manifestaciones similares en varias capitales colombianas generó incontables autofelicitaciones vía Twitter porque "la Colombia citadina por fin se está sensibilizando con la Colombia campesina" y titulares como "Los cacerolazos urbanos que se oyen hasta en el campo".

Para mí, sin embargo, una concentración o una marcha en la que se hacen sonar cacerolas y sartenes, no es lo mismo que un cacerolazo.

Un cacerolazo es una ola de ruido que se levanta simultáneamente desde los cuatro puntos cardinales para demostrar un apoyo que va más allá de los mismos "sospechosos de siempre", como son los miembros de organizaciones políticas, estudiantiles y sindicales que están convocando a una masiva marcha el jueves 29.

Un cacerolazo es un acto de solidaridad que no requiere mayor esfuerzo que caminar de la cocina hacia la ventana a una hora determinada, lo que lo convierte en un buen termómetro para saber cuánta comunión, o voluntad de movilización, hay en torno a un agravio, una idea, una causa.

De espaldas al campo

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Image caption El paro ya ha hecho subir el precio de los alimentos en las grandes ciudades.

Bajo ese criterio, el veredicto tendría que ser que Bogotá –si es que se puede hablar de una ciudad en singular y como un ente con conciencia propia, y no un escenario que a veces pueden tomar prestado los movimientos sociales– aún no hace suyos los problemas del campo.

Una curiosa contradicción cuando se considera que esos problemas siempre han terminado marcando profundamente a la capital colombiana, que actualmente sirve de hogar a millones de desplazados por años de violencia en las zonas rurales.

Los desplazados, sin embargo, se amontonan en los cerros del sur de una ciudad que mira decididamente hacia el norte y hace todo lo posible por darles la espalda.

Y, sinceramente, puedo entender por qué, después de casi cincuenta años de conflicto, los colombianos urbanos que pueden permitírselo hacen todo lo posible por vivir de espaldas al mundo rural que le sirve de escenario; aunque también es cierto que la extraordinaria duración de ese conflicto tampoco se explicaría sin el desinterés –e incluso el desprecio– de los influyentes centros urbanos hacia los problemas de esa Colombia que insisten en mantener lejana.

"Ruana sí tendrán, pero como todavía no los toca la crisis…", me dice Jorge Moncaleno, el estudiante de 26 años que es una de las tres personas que hoy caminan por la Carrera Séptima de Bogotá enfundados en una ruana cuando le pregunto por qué no se ve a más bogotanos solidarizándose con el paro agrario.

"Pero cuando la ciudad esté bien, bien bloqueada, ahí sí que dirán 'qué vamos a hacer'", agrega.

Haciéndose sentir

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Image caption El gobierno dijo que no iba a negociar con las vías bloqueadas, pero terminó cediendo.

Lo diferente de esta protesta, de hecho, es que luego de más de una semana los problemas de los campesinos ya no sólo se están haciendo sentir en las pantallas de televisión de los bogotanos.

Numerosas vías siguen bloqueadas en el vecino departamento de Boyacá, lo que complica las salidas y entradas a la ciudad y, sobre todo, ha aumentado sensiblemente el precio de varios alimentos.

Y constantemente llegan reportes de bloqueos y protestas en numerosos otros puntos del territorio colombiano, que producen problemas similares en muchas otras ciudades.

El campo se está haciendo sentir, como nunca antes.

Y el gobierno, que negocia frenéticamente, parece dispuesto a hacer concesiones que hace una semana parecían impensables.

Lo que consigan los campesinos, sin embargo, lo habrán obtenido fundamentalmente porque en esta última semana y media han logrado demostrar su propia importancia, y no gracias al apoyo, físico o virtual, de las ciudades colombianas.

Y, para mi sorpresa, eso parece sorprender a muchísimos colombianos.

Aquí, como en buena parte de América Latina, los pequeños productores del campo no son considerados una fuerza política, como sí lo son, por ejemplo, en países como Francia.

Y la idea de un paro exitoso también parece preocupar sobremanera a muchos actores políticos colombianos, los que temen que "el mal ejemplo" pueda inspirar a otros actores sociales.

"Por andar la ruana un tipo me vio y me hizo pistola con la mano", me cuenta Felipe Alvarado, de 19 años, y el segundo de mis tres "enruanados".

Un buen recordatorio de los costos históricos del disenso en este país suramericano.

Fureza política

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Image caption Este jueves, la Plaza de Bolívar de Bogotá será el escenario de una masiva movilización de apoyo al paro.

Colombia, sin embargo, está cambiando.

A pesar de las acusaciones de abusos por parte de los escuadrones antidisturbios (ESMAD) que quieren mantener las vías abiertas, la violencia no ha sido la respuesta fundamental del gobierno a la protesta.

A pesar del apoyo público de las FARC y el ELN, de su origen rural, la naturaleza de sus reclamos, e incluso sus métodos, la movilización campesina esta vez no ha podido ser descalificada ni aislada por supuestos vínculos con los grupos guerrilleros.

Y el paro agrario también les está demostrando a los tradicionalmente despreciados sectores rurales de Colombia que, unidos, "sí se puede", lo que puede terminar cambiando para siempre la cara de la política colombiana.

En ese sentido, y el contexto de un proceso de paz que busca precisamente que las guerrillas de izquierda cambien las armas por los argumentos, el paro agrario de agosto de 2013 tal vez sea un buen ejemplo de lo que Colombia puede esperar más adelante.

Un país en el que los aparentes consensos no tengan como contrapartida grupos levantados en armas, sino discusiones y pugnas resueltas por vías democráticas que incluyan, por qué no, protestas en las calles.

Y una Colombia en la que la idea de tomar partido no asuste tanto a los ciudadanos, para que todos puedan ser, si quieren, como don José Páez, el boyacense de 81 años que a pesar del simbolismo atribuido a la prenda en los últimos días no dudó en ponerse una ruana para ir a dar un paseo por la Plaza de Bolívar.

"Es que yo uso la ruana siempre, cuando hace frío", dice.