Grandes historias 2013: viaje al lugar más caluroso de la Tierra

Valle de la Muerte

¿Qué es lo más parecido al infierno que puede encontrarse sobre la faz de la Tierra? Si le preguntan a este periodista la respuesta está clara: el Valle de la Muerte, en el desierto californiano del Mojave.

El pasado mes de junio tuve la oportunidad de visitar ese lugar de nombre amenazador y geografía marciana en el que muchos días las temperaturas superan los 50 grados centígrados.

Se trató de un viaje improvisado que, meses antes, mientras buscaba nuevas ideas en el frescor del aire acondicionado de la redacción de BBC Mundo en Miami, me había parecido bastante improbable. "¿Quién puede salir de ahí con vida?", me pregunté.

Pero como dice el dicho, hay que tener cuidado con lo que se sueña (o se imagina) ya que puede hacerse realidad.

En mi caso, todo empezó en abril de este año, cuando mi editor me asignó una de esas notas que uno disfruta escribiendo.

Se estaba celebrando en todo el mundo el Día de la Tierra y sugerí que para marcar esa fecha podía compilar "diez datos fascinantes" sobre nuestro planeta.

En el artículo contaba, entre otras cosas, que la Tierra tiene un escudo protector en forma de campo magnético, que la gravedad no es igual en todas partes y que el hierro es el elemento principal de esta esfera (casi perfecta) a la que llamamos casa.

Lea: Diez datos fascinantes sobre el planeta Tierra

También explicaba que nuestro planeta es un lugar de extremos, y señalaba que el punto en el que se ha registrado la temperatura más alta de la que se tengan datos se encuentra en el Valle de la Muerte, donde el 10 de julio de 1913 el termómetro marcó 56,7 grados centígrados.

"Con ese calor a uno se le debe derretir el cerebro", pensé. No se me pasó por la cabeza que apenas dos meses más tarde iba a poder contarlo en primera persona.

"Yo tengo que estar ahí"

Image caption El día de mi visita al Valle de la Muerte no se batió el récord histórico de temperatura, aunque el mercurio alcanzó los 53 grados.

La ocasión se presentó el último fin de semana de junio, pocas semanas después de haberme mudado a la ciudad de Los Ángeles como corresponsal de BBC Mundo.

Las autoridades llevaban días advirtiendo de la llegada de una poderosa ola de calor al suroeste de EE.UU. y apuntaban que en muchos lugares de California, Arizona y Nevada podían batirse récords de temperatura.

Era sábado, y después de una semana intensa de trabajo, revisaba casualmente la prensa para estar al tanto de los estragos que estaba causando la canícula cuando vi la oportunidad de pasar de la imaginación a la acción.

Los meteorólogos tenían la mirada puesta en el Valle de la Muerte: en cuestión de horas, era posible que se batiera el récord histórico de temperatura, no sólo de California o Estados Unidos, sino de todo el planeta Tierra.

Vea: En fotos: viaje al infernal Valle de la Muerte

Sin pensarlo dos veces, me puse a buscar la mejor manera de llegar hasta el Valle de la Muerte. Según indicaban los mapas, tenía por delante unos 500 kilómetros y algo más de cinco horas de viaje.

Quizás pecando de optimista y con la adrenalina del momento, me convencí de que si salía antes del amanecer podía hacer el viaje de ida y vuelta en un día. Tan sólo necesitaba llenar el tanque de gasolina y cargar en el coche con unos cuantos litros de agua.

Llamé a mi editor y le conté mi plan. Una vez me dio el visto bueno, no podía esperar a que llegara el momento de iniciar el trayecto.

¿Se me derritió el cerebro?

Mi aventura en el Valle de la Muerte estuvo repleta de anécdotas y de algún que otro contratiempo.

Lea: El Valle de la Muerte, el sitio más caluroso del planeta

Image caption Tuve que hacer el viaje bajo un sol abrasador, conduciendo por una carretera que parecía llevar al infinito.

Como les conté entonces, no fui consciente de lo arriesgado de la empresa hasta que ya no había marcha atrás y, bajo un sol abrasador, conduciendo por el desierto, lo único que tenía por delante era una carretera que parecía llevar al infinito.

Durante el trayecto el GPS en el que confiaba para encontrar el camino dejó de funcionar y en varias ocasiones temí que el motor de mi auto se recalentara y me dejara tirado.

Tampoco me hizo mucha gracia que la mujer a la que le pedí indicaciones en uno de los puntos de información del valle bromeara con la posibilidad de que me perdiera y de que encontraran mi cadáver unos días más tarde.

Pese a todo, logré mi objetivo, que era llegar hasta la cuenca de Badwater, el punto más bajo de América del Norte y uno de los más secos y calientes del mundo.

También fui hasta Furnace Creek, donde un siglo antes, el 10 de julio de 1913, el termómetro había alcanzado los 56,7 grados centígrados.

En ambos lugares las pocas personas con las que me crucé eran turistas a los que la ola de calor había pillado de improvisto y que no habían podido cambiar sus planes.

Finalmente el día de mi visita al Valle de la Muerte no se batió el récord histórico de temperatura, aunque por poco. El mercurio se quedó en poco más de 53 grados, una marca que igualmente ocupó los titulares de prensa al ser la más alta jamás registrada en un mes de junio en EE.UU.

Tampoco pude llevar a cabo mi plan inicial, que era empezar a escribir la crónica del viaje desde la piscina del hotel en el que me resguardé del calor antes de iniciar el camino de vuelta.

No porque se me hubiera derretido el cerebro, sino porque la tecnología -que tantas veces nos saca de apuros- tampoco resistió las altas temperaturas. No hubo manera de encender mi computador y los dos teléfonos que llevaba también se apagaron.

De regreso ya de madrugada a Los Ángeles tras más de seis horas de viaje, me metí en la cama con la sensación de haber vivido una de esas experiencias que hacen que uno se sienta satisfecho de poder dedicarse al periodismo.

Y es que, no sólo tuve la oportunidad de visitar uno de los parajes más fascinantes y singulares de nuestro planeta, sino que también creo que logré cumplir mi objetivo en el Valle de Muerte.

A ese lugar, que apenas dos meses antes desde la comodidad de la redacción de Miami había imaginado como el infierno en la Tierra, no fui solo. Me habían acompañado ustedes, los lectores de BBC Mundo.

Contenido relacionado