Grandes historias 2013: el derrumbe en Bangladesh que sacudió la industria textil

Imagen del edificio Rana Plaza, horas después del derrumbe
Image caption Las empresas textiles no ordenaron el desalojo cuando se advirtió de la presencia de grietas.

Fueron días de ir y venir, de la calle en el distrito de Savar al escritorio, a reportar muertes y más muertes.

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Aquel 24 de abril, en la oficina de la BBC en Dhaka, capital de Bangladesh, no esperábamos cubrir ninguna historia grande. Era la segunda jornada de una huelga general, y los segundos días suelen ser muy aburridos. De pronto hubo una llamada telefónica y alguien informó que algo importante había pasado: un edificio, conocido como el Rana Plaza, había colapsado.

Yo conocía el Rana Plaza. Estaba cerca del campus de la universidad a la que solía ir, al lado de una autopista importante y de un concurrido mercado. Se trataba de una estructura de ocho pisos, con algunos bancos y apartamentos, pero estaba mayormente ocupado por fábricas de ropa.

Image caption Las escenas de angustia de familiares que esperaban noticias se prolongaron por varios días.

Los primeros lo habían desalojado, después de que se advirtiera de la aparición de unas peligrosas grietas. Pero los trabajadores de las fábricas recibieron órdenes de volver al día siguiente. Y a la hora punta, ocurrió lo peor.

Los primeros periodistas en llegar a la escena fueron los corresponsales de varios canales de televisión. A través de las cámaras, vimos cómo un montón de gente estaba atrapada bajo los escombros. Lloraban y decían "por favor, ayúdennos".

Era un día caliente y estaba oscuro. Toda la zona estaba cubierta de polvo. Era imposible identificar a un ser humano, a una persona viva, en esas condiciones.

Del mismo modo, era difícil concebir que en ese lugar había habido un edificio. No quedaba absolutamente nada. Parecía un gran sandwich aplastado. Era una escena increíble.

Ya entonces teníamos idea de cuánta gente había muerto. El sentimiento no puede describirse en ningún idioma. Es un peso enorme en el corazón. La cifra oficial al cierre de las labores de rescate, el 13 de mayo, fue de 1.129 muertos y 2.515 heridos.

Como es fácil imaginar, las historias de dolor comenzaron a multiplicarse, conforme se aclaraba el polvo y se adentraban los bomberos y equipos de emergencia.

Image caption Un total de 1.129 personas fallecieron en el desastre del Rana Plaza.

Uno de mis trabajos era monitorear lo que publicaban otros medios. Hay un titular que no me abandona hasta hoy, en uno de los periódicos locales. En la primera página había sólo una cita: "Dénme algo para cortarme la mano derecha".

Cuando lo leí sentí como si me hubieran cruzado la cara de una cachetada. Se refería a una mujer atrapada bajo los escombros. Sobre su mano derecha había un cadáver; sobre el cadáver había un pedazo de concreto. No podía liberar la mano.

"Saqué la mano izquierda por un hueco para atraer la atención de la gente, les grite que estaba atrapada y que no podía soltar mi mano derecha, así que les pedí que me dieran algo para cortarla", le dijo al periódico.

Alguien le dio un cuchillo de cocina para que se la cortara ella misma. Pero no pudo hacerlo. Afortunadamente, algunas horas después fue rescatada por los bomberos.

Lea: "Esperaba la muerte" bajo los escombros

En el otro lado de la balanza, hubo historias que me devolvieron un sentido de esperanza y de que la vida significa algo. Una de ellas fue el rescate de Resham Begum, una joven de 19 años que sobrevivió bajo ruinas de concreto y hierro, por 17 días.

Image caption El edificio, de ocho pisos, se encontraba en una zona concurrida en las afueras de la capital.

Cuando la sacaron, el país entero estaba pegado al televisor: era como presenciar la ocurrencia de un milagro. Todos vimos como esta mujer, casi blanca por el polvo, era sacada en una camilla y llevada en carrera al hospital. Fue la última persona en emerger con vida de la devastación del Rana Plaza.

Un par de días después de que ocurriera el incidente, pasé por allí. Me estacioné a un lado del cordón policial, como tantas otras personas que por entonces se detenían a ver con sus propios ojos una realidad que sólo conocían a través de la televisión.

Era irreal. Uno no alcanzaba a comprender que algo de tal magnitud, con un número tan elevado de víctimas, había ocurrido en ese lugar preciso. No había absolutamente nada. Era una zanja enorme.

El derrumbe del edificio de Savar pasó a la historia como el accidente estructural más mortífero del mundo y el peor desastre industrial de la historia de Bangladesh. Pero había sido el único.

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Como suele ocurrir en naciones del Tercer Mundo, sólo cuando ocurren estos eventos tan dolorosos comienza a hablarse sobre las causas de fondo y se presiona por respuestas.

Image caption El derrumbe pasó a la historia como el accidente estructural más mortífero del mundo.

En nuestros países la gente acepta la realidad tal como se le presenta. De repente ocurre algo que la conmociona y le toca que enfrentar que tiene una materia pendiente. Así ocurrió en este caso. Fue la primera vez que el país dijo: tenemos que revisar este problema y encontrar una solución.

Cuando comenzó el gran boom de la industria textil en los 80 en Bangladesh, el énfasis se puso en la mano de obra barata. La gente no tenía empleo. Se les dio una oportunidad de trabajar y aceptaron cualquier cosa que se les quisiera pagar.

Desde entonces, el gobierno de Bangladesh ha capitalizado un éxito tremendo. Ahora los trabajadores están diciendo: "nosotros somos quienes lo hacemos posible, ¿dónde está nuestra parte de las ganancias?".

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Image caption El accidente generó varias movilizaciones sociales en Bangladesh.

Así se dio inicio a un movimiento social en pro de salarios justos y de beneficios para los trabajadores. No sé en qué va a parar, porque todavía las partes están negociando. Pero la historia va a seguir viva por mucho tiempo dentro de Bangladesh.

Desde el punto de vista del resto del mundo, todavía hay un debate enorme. Las compañías internacionales que manufacturan productos en el país se han visto forzadas a aceptar parte de la responsabilidad. Todavía están tratando de evadirla, pero ahora no les resulta tan fácil.

El Rana Plaza desapareció físicamente. Pero promete quedarse.

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