Cuba se anota un triunfo simbólico en la Celac

  • 30 enero 2014
Plenaria de la II Cumbre de la Celac en La Habana Cuba
La cumbre de la Celac en La Habana logró un notable éxito de convocatoria.

Hasta el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez, un hombre que cuestionó la frecuencia para él insustancial de las cumbres diplomáticas, habría reivindicado la importancia simbólica de la que cerró este miércoles en La Habana la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac).

Al cabo de dos días, los representantes de las 33 naciones miembros del foro suscribieron una declaración final consagrando la región como "zona de paz", comprometiéndose a profundizar la integración regional y con el respeto "inalienable de cada estado a escoger su sistema político, económico, social y cultural".

Un lenguaje común en este tipo de encuentros, pero esta última frase consagra el proceso de reinserción de Cuba que empezó cuando en 2009 la Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA) reunida en Honduras revocó "sin condiciones" la decisión que tomó en 1962 de suspender a La Habana por el acercamiento de la naciente revolución a la hoy desaparecida Unión Soviética.

Así, la Celac, un organismo sin estructura burocrática, sin presupuesto ni capacidad ejecutiva, da a Cuba el mayor espaldarazo que ha recibido de las naciones del hemisferio en su cincuentenario enfrentamiento con EE.UU.

Como uno de los principales promotores de la Celac, Chávez habría apreciado la importancia de ese gesto que, sin demasiada retórica, refuerza la idea de que el gobierno cubano no está tan aislado del resto del continente como ocurría hasta hace poco.

Los límites de lo simbólico

Para Raúl Castro la reunión continental es un importante espaldarazo diplomático.

Quizá conscientes de la simbología del momento, la inmensa mayoría de los jefes de estado y de gobierno de los estados miembros acudieron a la reunión del foro, del que no forman parte EE.UU., Canadá, o las dependencias coloniales europeas que hay en América.

Fue todo un éxito de convocatoria, como se ufanaba una nota de prensa en el sitio web del encuentro. Si bien algunos, como el presidente Juan Manuel Santos de Colombia, llegaron tarde y otros se retiraron temprano, como las presidentas de Brasil, Dilma Rousseuf y de Argentina, Cristina Fernández.

La simbología también tiene sus límites, que están en la naturaleza de la Celac, que es un espacio de encuentro sin armas para garantizar que las decisiones que adopte sean reforzadas.

La comunidad fue concebida en 2011 como un foro en el que las naciones latinoamericanas y caribeñas pudieran interactuar sin la presencia ni los condicionantes de los estadounidenses –y por extensión lingüístico-cultural quizá más que política, de los canadienses- a los que Chávez y otros líderes acusaban de "manejar" a la OEA.

Pero lo que muchos presagiaron como el progresivo dominio de la Celac en la escena diplomática latinoamericana no ha sucedido. Incluso el propio secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, participó en la cumbre cubana.

La presencia de Insulza en el encuentro fue otro de esos elementos que algunos gustan de calificar de "históricos", pues marcó la primera visita de un jefe del organismo a Cuba desde la expulsión de 1962.

Si bien tras la asamblea en Honduras, Cuba decidió no reintegrarse a una OEA que consideraban desprestigiada, agradeció el gesto que implicaba una importante derrota para Washington y sus aliados en ese viejo pulso geopolítico.

Antiimperialismo moderado

Raúl Castro y el venezolano Nicolás Maduro rindieron homenaje a Chávez, inspirador de la Celac.

No habría sorprendido que una cumbre sin EE.UU. en Cuba se usara una retórica antimperialista más efervescente, aunque quizá la ausencia del verbo encendido de Chávez y el proceso de reformas acometido por el presidente Raúl Castro hayan ayudado a moderar el tono reflejado en el documento final.

Cierto que el presidente de Bolivia, Evo Morales, aprovechó para fustigar al "imperialismo" y que en sus palabras de apertura Castro se refiriera al escándalo del espionaje telefónico descubierto por las filtraciones a la prensa de Edward Snowden, pero el tono final de la declaración de 18 páginas y 83 puntos parece ignorar las tensiones con Washington.

En un momento del encuentro el anfitrión Raúl Castro, un comunista de vieja data, destacó cómo un millonario conservador como el chileno Sebastián Piñera podía estar de acuerdo con el discurso integrador socialista latinoamericano del venezolano Nicolás Maduro.

Gobiernos como los de Venezuela, Nicaragua o Bolivia, acudieron con lo ideológico por delante para ratificar el afán de contrarrestar la influencia de Washington en la región que dio origen al organismo, otros pueden haber tenido otras motivaciones.

A México le vino bien en la estrategia del presidente Enrique Peña Nieto de acercarse a la comunidad latinoamericana luego de una década en la que la diplomacia del Partido de Acción Nacional privilegió los vínculos con sus socios de América del Norte y con Asia.

La cumbre marcó el acercamiento entre México y Cuba que promueve el presidente Peña Nieto.

A la presidenta de Brasil, Dilma Rousseuff -de inocultable inclinación hacia Cuba- le ayudó a promover al sector empresarial de su país, como demuestran las ambiciosas nuevas instalaciones en el puerto de Mariel hechas con inversión brasileña que inauguró con Castro antes de la cumbre.

Y hasta el presidente Santos, considerado el "último buen amigo" de Washington en América del Sur, tiene razones para agradecer a los cubanos por servir de sede a las negociaciones de paz con la guerrilla de su país.

Más allá del respaldo a una Cuba plenamente integrada en América, la reunión dejó claro que los países latinoamericanos, aún en su natural diversidad de intereses, reconocen en la Celac un espacio de proyección que puede servir, más que a la interacion regional, a sus políticas nacionales.

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