Cartagena, ¿el Hay Festival como forma de exclusión social?

  • 3 febrero 2014
Asistentes al Hay Festival Cartagena frente al teatro Adolfo Mejía.
Los turistas se toman Cartagena para asistir a las actividades del Hay Festival.

"Para darse cuenta cuán incluyente en realidad es un evento, en Cartagena nada más hay que fijarse en si hay negros".

La observación me la hace un colega cartagenero por adopción y, como resultado, poco después me descubro contando a las personas de apariencia afrocolombiana que asisten las actividades del Hay Festival Cartagena.

El encuentro, de cuatro días de duración –y una de las diez versiones internacionales de una iniciativa nacida en la ciudad británica de Hye-on-Wye en 1988– es probablemente el principal festival cultural de Colombia y uno de los más importantes de América Latina.

Su directora, Cristina Fuentes, me lo describe como un evento con un corazón muy literario pero sobre todo como un festival de conversaciones, palabras e ideas. Y la agenda de este año incluye una serie de diálogos entre escritores, creadores y pensadores entre los que se cuentan novelistas de la talla de Juan Gabriel Vásquez, Héctor Abad, Rosa Montero, Cees Nooteboom e Irving Welsh, pero también intelectuales como Ignacio Ramonet, políticos como el expresidente español Felipe González y actores como el mexicano Gael García Bernal, por mencionar tan sólo unos cuantos.

Cientos de asistentes. Aparentemente muy pocos cartageneros.

Pero yo ahora estoy más interesado en el perfil de sus audiencias. Y cuando sólo faltan cinco minutos para el conversatorio del periodista estadounidense Jon Lee Anderson con la bloguera disidente cubana Yoani Sánchez en el teatro Adolfo Mejía cuento nada más a trece personas con evidente presencia de sangre negra en las venas.

De estas, tres son edecanes, tres trabajan en los servicios de socorro y al menos uno tiene nacionalidad cubana.

Con los otros no consigo hablar: están demasiado lejos. Pero para un aforo que ya supera fácilmente las 400 personas la cifra es tremendamente baja, especialmente si se considera que, según el último censo, en esta ciudad cuatro de cada diez habitantes se identifican como afrocolombianos.

Y en las conversaciones que he espiado por aquí y allá tampoco abunda el acento "costeño", propio de esta región del país. ¿Significa esto, como sugiere el examen recomendado por mi colega, que el festival no logra atraer a los cartageneros? ¿Y dice esto algo sobre el Hay? ¿O más bien dice algo sobre Cartagena?

II

A los participantes del festival se los puede reconocer por las acreditaciones que les cuelgan del cuello, a los que que llegaron a la ciudad fundamentalmente para asistir al Hay por la forma en la que se apuran para llegar a tiempo al próximo evento.

Según los organizadores unas 50.000 personas participaron en las actividades del festival el año pasado.

Y muchos de los que llegan de fuera también visten el uniforme no oficial de los turistas en Cartagena, que en el caso de los hombres por lo general incluye frescas camisas blancas, de lino o algodón. Yo mismo llevo una. Soy uno de ellos.

Pero no quiero pecar de prejuiciado, asi que decido que para diferenciar a locales de visitantes lo mejor es simplemente preguntar.

José Fernando Flórez pertenece al segundo grupo, viene de Bogotá y tiene seis años consecutivos asistiendo al Hay Cartagena. Me cuenta que la primera vez llegó solo, pero de cada edición se fue con nuevos amigos. Y ahora se pone de acuerdo con un grupo de ellos para coincidir en lo que ya es una cita anual.

"El festival es muy interesante por dos razones. La primera, por el ambiente de Cartagena. Y la segunda porque es un centro de conglomeración de personas con inquietudes literarias e intelectuales", me dice este abogado y politólogo de 32 años.

En su grupo de amigos –que este año ya suma una decena de personas– también hay varios escritores, un crítico de cine, una empresaria y un periodista.

Uno viene de Medellín, pero todos los demás viven en la capital. Y, según Flórez, durante el tiempo que lleva asistiendo al Hay no ha hecho ningún amigo cartagenero.

Tal vez es que después de los conversatorios los locales no acostumbran quedarse a socializar, como hacen los que vienen de fuera.

Pero Flórez reconoce que se nota su ausencia.

"Aquí se hace sobre todo contacto con la gente de Bogotá. De hecho han criticado mucho a este festival porque dicen que es el más elitista de todos los festivales que se hacen aquí en Cartagena, que es un poco la élite bogotana asoleándose y oyendo intelectuales hablar", me cuenta.

III

Si ese es realmente el caso no parece sea por diseño.

José Fernando Flórez estima haber gastado unos US$1.250 en gastos para asistir al festival.

Efectivamente, hay que pagar para entrar a los eventos del Hay, pero las boletas cuestan 20.000 pesos: unos US$10 al cambio actual.

Y aunque ciertamente 20.000 pesos no significan lo mismo para todo el mundo, la aventura es mucho más costosa para los que llegan de lejos.

Para sacarle el máximo provecho al viaje, por ejemplo, Flórez este año tenía planeado asistir a todos los conversatorios posibles. "En todos los horarios tengo boletas para algún evento. En total son 20 entradas para los cuatro días, contando el concierto", me cuenta.

Y a eso hay que sumar el boleto de avión, el alojamiento y las comidas en la que es la ciudad más costosa de Colombia.

"Yo diría que es un viaje de 2.500.000 pesos (unos US$1.250)", calcula Flórez.

Esto tal vez explica el perfil de muchos de los que llegan de fuera. Pero como los locales no tienen que incurrir en todos esos gastos, el factor económico no explica completamente la aparente autoexclusión de los cartageneros.

IV

Soy un corresponsal feliz: el festival desperdiga sus actividades por el centro histórico de Cartagena, dándonos a todos la excusa perfecta para deambular por las calles de su majestuoso casco viejo.

Angie y Elián, dos asistentes cartageneras en el Hay Festival.

Y esto ayuda a hacer de esta versión del Hay algo tremendamente especial, incluso mágico. Aunque para Angie Castillo, una estudiante cartagenera de 17 años que acaba de asistir por primera vez a una actividad del festival, esto no alienta la participación de aquellos que viven fuera de la ciudad amurallada.

"Es que aquí es donde se concentran los turistas y eso", me explica a la salida de la charla inaugural del evento, que este año tuvo como protagonista al director de cine argentino Juan José Campanella.

Y su convicción de que eso demuestra que el festival está pensado fundamentalmente para atraer turistas la veré repetida entre muchos cartageneros.

"Si algo sabemos es que está es una ciudad muy desigual", me recuerda.

Efectivamente, aunque los turistas que pasean por el centro histórico difícilmente lo notarán, en el resto de Cartagena abunda la pobreza, que aquí afecta particularmente a los afrocolombianos.

Y la relación de la población negra con la ciudad amurallada es dolorosamente evidente: los afrocolombianos de Cartagena trabajan en la restauración de las casas, pero no viven en ellas; atienden en los restaurantes, pero rara vez se los puede ver sentados a la mesa...

Eso tal vez explica por qué en mis conversaciones con los cartageneros más humildes a menudo se insinuará cierto convencimiento de que lo que ocurre dentro de las murallas no es para ellos.

"Ya ni me acuerdo", me dice por ejemplo en el mercado de Bazurto Olga Acevedo, de 33 años, cuando le pregunto por la última vez que visitó la parte más hermosa de la ciudad en la que ha vivido desde siempre.

En taxi, un viaje desde el mercado toma 15 minutos.

Pero, en la vida cotidiana de Olga, bien podría tratarse de otro planeta.

V

Cristina Fuentes, sin embargo, me ofrece una perspectiva diferente.

El festival hace esfuerzos por involucrar a las comunidades más pobres, especialmente a sus niños y jóvenes.

"Los cartageneros se han apropiado del festival y lo sienten muy suyo. Cada vez más. Pero es un proceso", me dice.

"Estaban acostumbrados a que Cartagena fuera la ciudad de ferias y congresos, pero eran casi todos a puerta cerrada", recuerda la presidente del Festival, el que definitivamente se hace sentir en las calles y no escatima esfuerzos para conectar con la gente.

De hecho, según Fuentes, el Hay también mantiene presencia todo el año en algunos de los barrios y comunidades más pobres de Cartagena, gracias a un trabajo conjunto con la Fundación Plan.

Y es así que termino viajando a Turbaco, a más de una hora de la ciudad por carretera, a ver a Juan José Campanella compartir con un grupo de niños de la zona. (Dos días más tarde Gael García Bernal hará algo parecido en un barrio cartagenero).

Las iniciativa hacen parte del programa del Hay Festivalito Comunitario, que es tan viejo como el mismo Hay y busca acercar a los artistas que participan en el festival a las comunidades más pobres, además de organizar actividades dentro de la ciudad amurallada para los niños de esos barrios.

"Hay gente que tiene el cuento de que el Hay es un festival aristocrático, elitista. Pero he notado que los que dicen eso casi siempre son los que nunca han venido", me dice, hablando de eso, el cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos, quien acaba de regresar de una de esas actividades.

De hecho, según la página web del festival "el 20% del aforo de los eventos del programa general se ofrecerán de manera gratuita a estudiantes acreditados hasta completar cupo". Y los organizadores también organizan eventos exclusivamente orientados a estudiantes y jóvenes locales: el Hay Joven.

Además del Festivalito y el Hay Joven, el festival también tiene actividades en Medellín y Riohacha.

En otras palabras, hay esfuerzos. Y sin dejar de reconocer el elevado nivel de segregación social que existe en Cartagena, Alberto también me recuerda que también hay otras explicaciones para las ausencias, como que existe gente a la que no le interesa sentarse a oír hablar de libros o ideas.

"Es raro un cartagenero que vaya a esos festivales de piano y violín. A nosotros lo que nos gusta es el desorden", me dice también el taxista que me trae de regreso del mercado de Bazurto.

"Y además aquí todo el año pasamos en festival", me recuerda.

De hecho, mi taxista parece estar confundiendo el Hay con el recién concluido Festival Internacional de Música. Pronto también se celebrará la primera Bienal Internacional de Arte Contemporáneo. Luego le seguirá una nueva edición del Festival de Cine. Y así durante todo el año.

Y los conductores de la estación de taxis "El palito de caucho" – Nelson, Miguel, José, Ramón y Romulado– quienes esperan clientes cerca de la emblemática Torre del Reloj, no tienen nada malo que decir de esos festivales, por más nunca hayan asistido a ninguna de sus actividades.

"Nos enorgullecen. Nos dan trabajo", me dicen estos veteranos cartageneros, que juntos suman 365 años. Parecen sorprendidos de que me sorprenda que los cartageneros de a pie no sean los principales asistentes a este tipo de eventos.

"Es que aquí la cosa es así, los turistas a lo suyo y nosotros a lo nuestro", me dice uno de ellos.

Y es que esa es, después de todo, la realidad de Cartagena. De hecho es noticia vieja. Y tal vez sea hasta injusto destacar esto en ocasión del Hay, un evento impecablemente organizado y tremendamente estimulante, que en su momento nació para ayudar a este país a romper el aislamiento en que en cierta forma la habían sumido tantos años de violencia, y que no merece ser responsabilizado por las dinámicas de la ciudad.

Pero mientras disfruto de la ocasión no puedo dejar de pensar que no deja de ser sintomático que algunas de las cosas que más se enorgullecen los colombianos, como la misma Cartagena, sean al mismo tiempo las que mejor resuman la desigualdad y la exclusión que afecta al país.

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