El polista mexicano que les enseñó a jugar a los príncipes William y Harry

  • 27 febrero 2014
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Image caption Carlos Gracida era considerado uno de los mejores polistas del mundo.

La muerte de Carlos Gracida, el mejor polista mexicano de la historia y uno de los grandes de todos los tiempos, ha colocado bajo el foco de la atención pública a un deporte de minorías que merecería mayor repercusión popular.

Cayó en su ley, a los 53 años, mientras jugaba el martes con su equipo Santa Clara, un partido en el Everglades Polo Club, en Wellington, Estado de Florida: derribado en un lance del juego, su caballo le cayó encima, provocándole heridas de las que murió en el hospital.

Los primeros informes destacan también el fuerte choque de su cabeza con la del caballo, que había recibido antes un golpe del mallet de un adversario: el impacto habría provocado una hemorragia y la inflamación del cerebro.

El polo es un deporte peligroso. No muy lejos del campo donde cayó Gracida se registró, en abril de 2007, el accidente que costó la vida del influyente aficionado estadounidense Sumerville K "Skeeter" Johnston III, que había sido precedido en diciembre de 2006 por la muerte del gran polista profesional chileno Gabriel Donoso, mientras se entrenaba en Argentina.

En el ámbito del polo se dijo entonces que el deporte era tan riesgoso como el de las carreras Nascar. El profesional argentino Ignacio "Nacho" Figueras, al explicar el accidente que le costó una fractura de pelvis, en 2009, agregó que ya había perdido la cuenta del número de caídas que le habían causado, entre otras lesiones, fracturas del tabique nasal (dos veces), una muñeca y un tobillo.

Lea: Argentina, el polo se abre al uso de caballos clonados

La dinastía Gracida

La familia Gracida es una de las dinastías que abundan en el mundo del polo.

Sus dos hijos, Carlos y Mariano, son polistas profesionales, lo mismo que su hermano Guillermo "Memo" Gracida. Su padre, Guillermo, llegó a tener 9 goles de hándicap y retuvo un hándicap elevado hasta los 65 años de edad.

Carlos alcanzó 10 goles de hándicap (el máximo posible) en 1985 y se mantuvo en ese nivel durante quince años. Su don de gentes y sus dotes de maestro lo convirtieron en una de las figuras más solicitadas del circuito internacional.

Es el único polista que ha ganado el Grand Slam del deporte, los abiertos de Argentina, Estados Unidos y Gran Bretaña en el mismo año calendario.

Debido a su costo elevado (hasta el mejor jinete no llega muy lejos sin los mejores caballos, que son muy caros), el polo es muchas veces un deporte de privilegiados, de individuos o familias capaces, ya sea por poderío económico propio o de algún patrón acaudalado, de financiar un costoso tren de vida.

El argentino Adolfo Cambiaso, reconocido por muchos como "el mejor de los mejores", ha clonado a 100 de sus caballos, para evitar lo sucedido cuando debió sacrificar a su favorito, Aiken Kura: "si lo hubiera clonado a él todavía lo tendría", dijo Cambiaso; "la tecnología es muy costosa, pero necesaria".

Maestro de reyes

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Image caption El Polo es considerado por muchos un deportista elitista.

Todas las figuras de primer nivel son solicitadas en el circuito internacional. Gracida era particularmente apreciado en Gran Bretaña: su periodo de mayor esplendor deportivo, en los años ’80, coincidió con la tirantez entre los aristócratas británicos, tradicionalmente aficionados al polo, y los polistas argentinos, que entonces como ahora abundaban en el deporte internacional.

La guerra del Atlántico Sur entre Gran Bretaña y Argentina hizo políticamente inconveniente para algunos británicos, en particular de la familia real, una relación formal o de amistad con ciudadanos argentinos, aunque éstos se hubieran opuesto en su momento a la ocupación de las Islas Malvinas/Falklands.

El mexicano Gracida fue el polista más popular en Inglaterra durante dos décadas: gran deportista, apuesto, excelentes modales, buen conversador… Los obituarios destacan que fue el polista preferido de la reina Isabel II.

Fue maestro, formal o informalmente, del príncipe Carlos y sus hijos Guillermo y Harry, así como del rey Constantino de Grecia y de una larga lista de personajes importantes en el mundo del polo, en particular algunos "patrones" (millonarios que financian los equipos y a cambio ocupan un puesto en ellos).

La élite latinoamericana

Una de sus relaciones más importantes fue con los australianos Kerry y James Parker, padre e hijo, dueños de Ellerstina, varias veces ganador del Abierto argentino.

Lo cierto es que los polistas latinoamericanos, desde México hasta la Patagonia, destacan nítidamente en la lista de los jugadores de mayor hándicap, que se mide a partir de -2 (el que comienza) hasta 10 (la perfección).

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Image caption Gracida fue maestro del príncipe Guillermo de Inglaterra

Desde el punto de vista deportivo, el polo merecería una proyección popular que no tiene, salvo tal vez en Argentina, donde el Abierto tiene hasta 80.000 espectadores durante su transcurso, con 20.000 en el partido final.

Lo que ocurre es que la estructura y la cultura del juego alrededor del mundo están íntimamente ligadas al poder económico y la exclusividad social.

El "clásico"

En 2004 nos hicimos eco de lo ocurrido en la final del Abierto Argentino, entre La Aguada y La Dolfina: hinchas del club de fútbol Nueva Chicago, muy "ofensivos" para la sensibilidad del polo, acudieron para apoyar a La Dolfina.

El choque de culturas fue monumental, mucho más pronunciado que en partidos de Copa Davis entre países que ofrece el tenis: a fin de cuentas, el tenis, alguna vez "elitista", ya se ha convertido en un favorito del público.

Pero el polo sigue siendo elitista, sigue siendo exclusivo: es muy difícil que esto cambie en el corto plazo, a pesar de esfuerzos para modificar las reglas.

Lo que ocurre es que el poder económico que controla el polo no tiene interés en aumentar el número de espectadores, o su difusión mediática.

Su interés está centrado en incrementar el atractivo para los anunciantes y promotores de la exclusividad: Maserati, Ralph Lauren, Dior, Gucci…

Carlos Gracida fue un deportista excepcional, un personaje moderno, tan a gusto (creemos) entre los hinchas de Nueva Chicago en el Campo Argentino de Polo, como en compañía de los príncipes y ricachones de este mundo.

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