Cómo es vivir en el país con más y menos homicidios del mundo

Chile y Honduras. Los dos extremos en América Latina en cuanto a homicidios.

El primero tiene la tasa más baja de homicidios de la región, 3,1 por cada 100.000 habitantes, mientras que Honduras cuenta con la más alta: 90,4 por cada 100.000 habitantes.

La información fue publicada en el estudio anual de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito sobre homicidios en el mundo.

En BBC Mundo, le damos dos visiones, desde Santiago de Chile y Tegucigalpa, sobre cómo es vivir en el país con más o menos homicidios de América Latina.

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Chile, menos seguros de lo que correspondería

Por Paula Molina, Santiago de Chile

Derechos de autor de la imagen Getty

¿Cómo se siente vivir en el país con menos homicidios del continente? A la luz de las cifras, mucho menos seguro de lo que correspondería. Las notas policiales abren cada noche los noticieros locales.

Se enrejan las calles, en los barrios de mayores ingresos se contratan guardias y no es raro que suenen las alarmas de las casas, a veces por algún hecho lamentable, pero muchas veces aunque no pase nada.

Mirando las cifras de la ONU, en Chile podríamos sentirnos un poco más seguros, mirarnos con menos desconfianza.

Pero no es fácil. Chile es también uno de los países con la mayor desigualdad del continente. Separados según ingresos en barrios y colegios, el temor a los otros muchas veces se utiliza para obtener provechos políticos o económicos, pese a la realidad que muestren las cifras o la experiencia diaria de la mayoría.

En los lugares públicos o privados más resguardados, las medidas de seguridad, aunque a veces aparatosas, en general se remiten a pedir el número de identificación de las personas.

La baja cifra de homicidios que reporta la ONU se puede ver en la conmoción que causan todavía los crímenes violentos en Chile. Aunque hay preocupación por las bandas que se organizan en barrios más desprotegidos o vulnerables, todavía la mayoría de las muertes que más impactan no se vinculan con el narcotráfico o las grandes pandillas: en muchos de los crímenes recientes más vistosos, las víctimas han sido mujeres a manos de parejas o exparejas.

Tipificados como femicidios, el Servicio Nacional de la Mujer lleva un conteo público de cada uno de ellos y cuenta 13 este año.

Si Chile es uno de los lugares más seguros del continente, eso también se refleja en sus inmigrantes. Muchos vienen de otros países en busca de mejores oportunidades, pero algunos también lo han hecho huyendo de la violencia. A ellos, los números de la ONU les dicen que no se equivocaron.

Honduras, un arma en cada esquina

Por Will Grant, Tegucigalpa

Derechos de autor de la imagen Getty

Mientras que las armas son evidentes en muchas grandes ciudades de América Latina, en la capital de Honduras, Tegucigalpa, están en exhibición en casi cada esquina. Fuera de grandes hoteles, centros comerciales, incluso en las cadenas de comida rápida uno se encuentra a un hombre uniformado blandiendo una escopeta o un arma automática.

Aunque parezca increíble, hay el doble de guardias de seguridad privada que agentes de policía. Para los hondureños, al parecer las armas son sólo una parte de la vida cotidiana, casi tan comunnes como los teléfonos móviles.

Todo se suma a la atmósfera de temor que ha envuelto al país en los últimos años. La cultura de la violencia de las pandillas está presente en los grandes centros urbanos y las pequeñas aldeas rurales por igual.

La ciudad de San Pedro Sula aún tiene el título poco envidiable de "capital mundial del asesinato".

Los hombres jóvenes que no tienen trabajo y poca educación suelen recurrir a unirse a una de las dos pandillas principales: la Mara Salvatrucha o Barrio 18.

Ambas están duramente enfrentadas y a pesar de los intentos de una tregua auspiciada por la iglesia, los miembros de las pandillas continúan su lucha por el territorio y el control del tráfico de drogas en las calles.

En ninguna parte vi este conflicto de forma tan contundente como durante una visita a un centro de detención de menores fuera de Tegucigalpa el año pasado. Visité el centro penitenciario unos días antes de las elecciones presidenciales y hablé con jóvenes miembros de pandillas, algunos de apenas 14 años de edad, sobre sus esperanzas para el futuro.

Todos, ya fueran de la Mara Salvatrucha o de Barrio 18, dijeron que sólo querían volver a la vida en la calle tan pronto como sea posible. No había programas de rehabilitación en el lugar y aparentemente tampoco esfuerzos para educar o capacitar a estos jóvenes a reintegrarse en la sociedad.

La violencia de pandillas era la única vida que conocían.

A pesar de ser adolescentes, muchos de ellos ahora eran curtidos criminales, cumpliendo condenas por extorsión, violación y asesinatos múltiples. "Podemos ser jóvenes", me dijo un preso de Barrio 18, "pero esto no es un juego".

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