Siria: por qué Asad puede confiar en su supervivencia

Partidarios de Asad en Damasco Derechos de autor de la imagen AFP

Bashar al Asad y su equipo están aquí para quedarse. Realmente no necesitaba que lo dijera uno de sus aliados más estrechos: el secretario general del grupo libanés Hezbolá, Hasan Nasralá.

Ahora lo asumen la mayoría de observadores y analistas, de diplomáticos occidentales que se afanaron en sacarlo del poder e incluso algunos de los elementos más realistas entre la oposición en Siria.

La razón es simple.

A menos que algunos de los elementos en la ecuación cambien radicalmente –y no hay indicios de que eso ocurra en el futuro cercano– no existen circunstancias previsibles que ejerzan suficiente presión sobre Asad para dimitir o para que el régimen negocie su propio fin.

Igualmente, la victoria militar de los fraccionados y enemistados grupos rebeldes es ahora un sueño distante. Puede que algunos de sus patrocinadores regionales aún lo deseen, pero a las potencias occidentales que mueven los hilos tras bambalinas nunca les interesó.

Un acuerdo negociado es tan remoto como eso.

Las conversaciones en Ginebra, que comenzaron en enero y cayeron en picada en febrero, fracasaron.

Tensiones geopolíticas

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Image caption El grupo libanés Hezbolá dio más impulso a las fuerzas gubernamentales sirias.

En la actual configuración, el único arreglo viable requeriría que la oposición y sus patrocinadores acepten que Asad y su entorno se mantengan con algunas reformas cosméticas, algo que negaría la razón de ser de los rebeldes.

Cualquier otra cosa requeriría de fuertes presiones externas sobre el régimen para hacer concesiones serias, menos probable ahora que nunca, por la ruptura entre Washington y Moscú en torno a Ucrania.

La crisis le dio al presidente ruso, Vladimir Putin, una gran motivación para reafirmarse sobre los estadounidenses en vez de seguirles el juego.

Las presiones actuales sobre Asad son tan ligeras, que se está preparando para ser reelegido para otro período de siete años, en lugar de optar por una extensión negociada de dos años, una idea barajada hace unos meses, cuando la diplomacia estaba activa.

Durante el fin de semana, el mandatario dijo que la crisis estaba amainando debido a avances del ejército y "reconciliaciones nacionales", una referencia a las treguas locales que han pacificado parcialmente algunos suburbios de Damasco tras un bloqueo asfixiante de zonas tomadas por los rebeldes.

Pero nada de esto significa que el gobierno esté a punto de lograr una victoria militar absoluta.

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Image caption La crisis ucraniana creó una capa más de complejidad en el esfuerzo por poner fin al conflicto sirio.

Guerra de desgaste

El pronóstico más probable, como indicó Nasralá, es una prolongada guerra de desgaste si los rebeldes se niegan a llegar a un acuerdo con el gobierno.

Por ahora, el conflicto se ha quedado en una especie de estancamiento inestable, con la balanza un poco del lado del régimen, gracias a su uso desenfrenado de poderío aéreo, un generoso flujo de suministros militares de Rusia y mucha ayuda de Irán y combatientes chiitas aliados de Líbano e Irak.

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Image caption Las fuerzas gubernamentales han logrado avances en áreas previamente en poder rebelde.

El propio Asad, según un funcionario ruso de visita en Siria, predijo que "la fase activa de la acción militar" terminaría este año y que despúes sería cuestión de "combatir a terroristas y atacantes suicidas".

Eso podría tener un tinte de ilusión. Pero el gobierno ha venido consolidando sostenidamente su control en la capital y áreas en el oeste y centro del país, pese a penetraciones rebeldes en el norte, el control en el este y muchos combates en el sur.

"Si las actuales tendencias continúan –y hay poco que indique que no– el régimen tendrá una posición dominante y un control efectivo de una masa crítica del país para fines de 2015, si no antes", escribió el analista Yezid Sayigh, del Fondo Carnegie para la Paz Internacional.

Puede que no sea descabellado imaginar un futuro donde la resistencia a Asad se reduzca a zonas periféricas en las que extremistas del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL, por sus siglas en inglés) han consolidado su presencia, cerca a la frontera iraquí.

El patrón ya fue establecido en Iral, con ISIL, la desafección sunita y el respaldo iraní al gobierno central como factores comunes.

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Image caption Más de 140.000 personas murieron desde que empezó la guerra en 2011.

Oposición fracturada

Es un giro sorprendente. Muchos observadores –incluido quien escribe– que hace apenas 16 meses creían en la inminencia del colapso del régimen a manos de los rebeldes, han tenido que tragarse sus palabras.

¿Haremos lo mismo dentro de 16 meses? Parece improbable.

Los partidarios de Asad –principalmente Rusia e Irán y sus aliados– demostraron ser más sólidos, consistentes y abiertos que el variopinto grupo de potencias occidentales y regionales que apoyan a la oposición y los rebeldes en el terreno. Eso no cambiará.

El mismo régimen y sus Fuerzas Armadas se mantuvieron sólidos y coherentes, en contraste con las disputas endémicas que afligen a la nunca muy creíble dirigencia opositora en el exilio y a la caótica pelotera imperante entre numerosos grupos rebeldes rivales, entre los que los radicales islámicos van cada vez más a la delantera.

Teóricamente, todo eso podría variar, pero implicaría un cambio radical de todo lo ocurrido en los últimos tres años.

La dirigencia política de la oposición tendría que unirse y representar con credibilidad a las fuerzas reales dentro del país. Se debería establecer una estructura militar centralizada y autorizada que unifique, comande y abastezca a las fuerzas rebeldes en el terreno.

Tendrían que aislarse y suprimirse los grupos radicales vinculados a al Qaeda. Las potencias occidentales, Turquía, Arabia Saudita, Qatar y otros partidarios de la oposición deberían andar tras el mismo programa coherente, no cada uno en el suyo.

Ahora mismo, todo esto suena utópico.

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Image caption La oposición en Siria nunca ha sido capaz de presentar un frente unido.

Reticencia occidental

Pero en ausencia de esas condiciones, es difícil imaginar que los estadounidenses y otros den luz verde a una seria entrega de la clase de armas de calidad –incluidos los misiles antiaéreos Manpad– que necesitan los rebeldes para inclinar la balanza en su favor.

Por ahora, no hay indicios de ello. Las potencias occidentales parecen ver la crisis siria cada vez más bajo la óptica del antiterrorismo, atormentados por el miedo a que las armas de calidad caigan en manos de yihadistas y de que cientos de radicales islamistas entrenados, curtidos en la batalla y adoctrinados desde sus propios países vuelvan a casa con un propósito maligno.

No es sólo una cuestión de ISIL, que ha alienado a otros grupos rebeldes por su conducta extrema y es visto por muchos como manipulado por el régimen, sino también de facciones como la franquicia oficial de al Qaeda, el Frente al Nusra, que está mucho más profundamente incrustada en el núcleo de la actividad rebelde, donde predominan grupos islamistas.

Así que la mejor apuesta es que los estadounidenses y sus aliados continuarán racionando astutamente su respaldo a los rebeldes armados, dándoles lo suficiente para mantenerse a flote e impedir un colapso, pero sin cambiar el rumbo decisivamente contra el régimen.

El destino de los rebeldes se mantiene peligrosamente como rehén de las vacilaciones de las políticas occidentales y los caprichos de la política regional, como la actual disputa entre Qatar y Arabia Saudita.

Su posición podría verse severamente debilitada en el caso, por ejemplo, de un acercamiento entre Irán y los sauditas, que se está explorando.

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Image caption Las potencias occidentales temen que armas avanzadas caigan en manos de grupos extremistas.

Precio a pagar

Todo esto no significa que Asad se quedará para siempre.

Puede que confíe que lo peor de la tormenta ya pasó. Pero no ha terminado, y el daño ocasionado transformará al país. No se puede volver atrás.

Una vez apagado el fuego, podría haber un ajuste de cuentas de elementos actualmente leales al liderazgo que han pagado un alto precio por sus brutales torpezas.

También ha habido una fragmentación y devolución de poder en el terreno en áreas leales, que dificultaría a Damasco su reafirmación a la antigua usanza.

Siempre y cuando el equilibrio estratégico permanezca inalterado, los aliados externos clave que han sostenido al régimen, notablemente Rusia e Irán, podrían también –como han dicho con frecuencia– demostrar que no están casados con Bashar al Asad cuando cese la presión.

"No pretendemos que Asad sea presidente vitalicio", expresó recientemente el vicecanciller iraní, Amir Abdollahian.

"Pero no creemos en la idea de usar fuerzas extremistas y terrorismo para derrocar a Asad y al gobierno sirio".

Pero todo eso puede estar en el futuro. Por ahora, Asad y su entorno pueden sentir que respiran con facilidad.

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