"El Mundial me cambió la vida": dos historias extremas de Brasil 2014

Mural próximo a la playa de Copacabana, en Río de Janeiro Derechos de autor de la imagen Getty
Image caption El Mundial en Brasil: fuente de fortuna para unos, una desgracia para otros.

Una noche de mayo, Maria de Lourdes Soares perdió lo poco que tenía para ganarse la vida en Río de Janeiro. El puesto de playa donde vendía cocos y galletas fue incautado en un sorpresivo operativo municipal de madrugada.

"Estoy en cero", dice Soares, de 70 años. "No tengo cómo sobrevivir". Y llora.

Según la Alcaldía de Río, la acción de aquella noche fue un procedimiento de rutina en las playas para "mantener el ordenamiento urbano".

Pero Soares, que trabaja en el mismo lugar hace más de medio siglo, está convencida de que fue un maquillaje de la ciudad antes del Mundial de fútbol.

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"Es con la Copa, porque viene mucho turista, mucho gringo, entonces no quieren ver las barracas. Quieren ver cosas lindas", sostiene. "El problema de los políticos y gobernantes es no querer mostrar afuera la pobreza que tiene Río".

Esa misma noche de mayo, José Luis Munin Monteiro regresaba a Río en avión desde Sao Paulo, adonde había sido invitado para relatar a otros emprendedores su historia de éxito gracias al Mundial.

Su pequeña empresa de cemento pre-moldeado fabricó cuatro grandes rampas y un anillo alrededor del Maracaná, el renovado estadio de Río donde se jugarán siete partidos de la Copa, incluida la final.

Ese contrato le permitió asegurar ingresos mensuales constantes durante dos años y aumentar 30% su facturación, un verdadero trampolín que lanzó su firma hacia nuevos horizontes.

"Esta obra generó mi primer millón", señala el empresario de 53 años frente al legendario Maracaná. "Con ese dinero conseguí comenzar a hacer mi segunda fábrica".

Con la fiesta global del fútbol a punto de comenzar, Monteiro y Soares encarnan hoy dos formas opuestas de ver el Mundial en Brasil, él como una fuente de fortuna y ella como una desgracia en su vida.

Son dos ejemplos extremos de la ambivalencia de todo un país ante la Copa.

"Destruyendo todo"

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Image caption Presentación de las fuerzas de seguridad para el Mundial en la playa de Flamengo.

Soares supo recién a la mañana siguiente que su puesto había sido incautado. Llegó a su tienda de la playa de Flamengo y la encontró arrasada.

Viuda, vive con su hija, que estudia derecho, en un barrio humilde de São Gonçalo, una ciudad al otro lado de la panorámica Bahía de Guanabara.

Cuenta que el viaje cotidiano en autobús a Río puede llevarle más de tres horas, por lo que sale de su casa de madrugada para llegar a Flamengo hacia las seis, cuando la gente comienza a hacer ejercicios en la costa.

Soares asegura que su barraca tiene permiso de la Alcaldía, pero las reglas municipales impiden guardar material en la arena. Ella, como otros vendedores que corrieron igual suerte, quebró esa norma porque no podía pagar un depósito nocturno.

Ahora calcula que perdió el equivalente a unos US$3.000 y asegura que este tipo de acciones en Río ocurren sólo antes de grandes eventos como el Mundial.

Image caption A Maria de Lourdes Soares le incautaron su puesto en la playa de Flamengo.

"Quieren mostrar un Río que no es. Bonita es la (turística) Zona Sur. Ve a los suburbios: no tienen agua, saneamiento, nada", reclama.

Ese operativo municipal no fue el único lanzado en Río antes del Mundial.

La misma semana, el gobierno inició su "Operación Barrera de la Copa" para evitar el ingreso de productos piratas o falsos como calzados deportivos, camisetas o fundas de teléfonos móviles.

Sólo en los primeros se incautaron 700 kilos de mercaderías, por un valor estimado de US$66.000.

La mayor fiscalización también responde a exigencias de la FIFA para proteger los negocios de sus marcas y patrocinadores. Pero ha tocado fibras sensibles en un país donde el comercio informal es una forma de sobrevivir de muchas familias.

Un grupo de vendedores de calle en Río se ha unido al Comité Popular de la Copa, una organización que defiende a brasileños desplazados de sus hogares por las obras del Mundial y los Juegos Olímpicos de 2016.

Según el gobierno, esas personas desplazadas "no pasan de 9.000". Pero los activistas afirman que son muchos más y que sus derechos a menudo han sido vulnerados.

Soares nunca integró el Comité Popular, aunque su opinión del Mundial también es crítica. Dice que otros vendedores de la playa de Flamengo "están sin trabajo, pasando hambre".

"La Copa está destruyendo todo", concluye.

"Oportunidades"

Monteiro se hizo empresario por esas vueltas de la vida. Aprendió de la construcción con su padre, un inmigrante español que era maestro de obras. De joven vendió ladrillos, pero en un viaje a Europa conoció los secretos del cemento pre-moldeado.

Son piezas enteras que salen de fábrica con determinada forma, ahorrándole a la construcción el trabajo y tiempo de montar una estructura, volcar el cemento, esperar a que seque y desmontar la estructura.

Cuando volvió a Río, Monteiro descubrió que todo eso era desconocido y comenzó a ofrecerlo. Creó la empresa Trelicon con su hermano ingeniero y en poco tiempo tuvo algunos clientes y una veintena de empleados.

En una crisis de crecimiento, acudió al Servicio Brasileño de Apoyo a las Micro y Pequeñas Empresas (Sebrae), que le asesoró gratis en áreas como administración y marketing.

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Image caption La empresa de Munin Monteiro fabricó cuatro rampas y un anillo alrededor del Maracaná.

Cuando supo de las obras en Maracaná, fue personalmente al estadio a ofrecer sus productos y en 2008 cerró su "primer gran contrato" de dos años, que le permitió facturar más de un millón de reales (unos US$440 mil).

Hoy Sebrae presenta a Monteiro como un ejemplo de los brasileños que se beneficiaron de las oportunidades del Mundial, con pequeñas firmas de ramos que van desde la fabricación de muebles hasta los agronegocios.

El director técnico de ese servicio estatal, Carlos Alberto dos Santos, dice que hasta abril tenían registrados negocios de empresas participantes del programa del Mundial por cerca de 370 millones de reales (unos US$160 millones).

"En todos los 12 estados cuyas capitales van a ser sede de partidos del Mundial de la FIFA, las empresas están realizando negocios", asegura Dos Santos.

Monteiro rechaza las críticas de quienes sostienen que la Copa sólo fue un negocio redondo para la FIFA y sus patrocinadores, a costas de los US$11.000 millones que Brasil gastó para el evento.

"Yo nunca vi tantas obras en Río. ¿Por qué no buscan esas oportunidades?", pregunta. "Yo soy una empresa pequeña y busqué la mía".

Dos futuros

Ahora que las calles de Río se tiñen tímidamente de los colores verde y amarillo de Brasil, el futuro asoma para Soares y Monteiro en tonos que contrastan.

Image caption "Yo nunca vi tantas obras en Río. ¿Por qué no buscan esas oportunidades?", se pregunta Munin Monteiro.

Soares, que recibe una pensión equivalente a unos US$300 por su marido fallecido, cuenta que pidió prestado a clientes y amigos para reponer algo del material incautado. Su hija inició un proceso para recuperarlo, pero Soares tiene pocas esperanzas de que eso ocurra rápido y dice que buena parte de la mercadería se habrá arruinado de todos modos.

"Con la edad que tengo no consigo más trabajo: 70 años, nadie me quiere", señala secándose las lágrimas. Y dice que ni sabe cómo pagará las deudas.

En cambio, Monteiro ha logrado nuevos contratos con el volumen de producción, experiencia y prestigio que le dio la obra del Maracaná.

Uno de ellos fue para abastecer con cemento pre-moldeado un tramo de las obras del Transcarioca, un sistema de bus rápido que la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, inauguró el domingo en un clima festivo, con música de samba.

Monteiro también hizo realidad su "sueño" de abrir una fábrica de bloques junto a un socio. Emplea a 70 personas en sus dos empresas, ubicadas en una zona industrial de Duque de Caxias, en la periferia de Río.

Al recorrer ese barrio humilde, muestra una calle que pavimentó por cuenta propia y saluda a vecinos a los que donó material de construcción.

Confía que haber participado de la renovación del templo futbolístico de Río le provoca "una alegría que no tiene precio".

Las encuestas dicen que el respaldo de los brasileños al Mundial ha caído.

Un sondeo del Centro de Investigaciones Pew divulgado este martes reveló que el 61% de los brasileños tiene una visión negativa del Mundial porque considera que "quita dinero a los servicios públicos". Un 34% defiende el evento "porque crea empleo".

Pero a pesar de todas las diferencias, Monteiro y Soares parecen tener un fugaz punto en común cuando cuestionan el modo en que se manejó la gigantesca inversión en el Maracaná, por unos US$530 millones.

"¿Cómo el gobierno gasta ese dinero para hacer un estadio y recién después se lo da a la iniciativa privada para explotarlo?", pregunta el empresario. "¿Por qué no se lo dieron antes?".

"¿Por qué invertir millones en el Maracaná y no poner una cosa decente para que trabajemos?", interroga la vendedora de cocos. "Una cosa bonita…".

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