Confesiones de la hija del asesino en serie de la carita feliz

Melissa Moore Derechos de autor de la imagen Krista Boivie

Melissa Moore era apenas una adolescente cuando se enteró de que su padre era el "asesino de la carita feliz", un hombre que entre 1990 y 1995 mató a ocho mujeres en Estados Unidos.

Keith Hunter Jesperson recibió el apodo del "asesino de la carita feliz", porque se burlaba de la policía con cartas anónimas en las que confesaba sus crímenes y firmaba con este símbolo :-).

Cuando finalmente fue capturado por la policía, Jesperson aseguró haber matado a decenas de mujeres, aunque sólo se le pudo comprobar los asesinatos de ocho, crímenes por los cuales fue sentenciado a tres cadenas perpetuas.

Melissa empezó a enterarse de la historia de su padre cuando su madre reunió a los hermanos en el sótano de la casa de su abuela, donde malvivían a causa del divorcio, para contarles que el padre estaba preso por asesinato.

Entonces escribió un libro "El silencio destrozado", sobre el horror de descubrir lo que su progenitor había hecho y su sentimiento de culpa por asociación.

Recuerdos de infancia

"Me fui al sótano a llorar e imaginarme todos los escenarios posibles", contó a la BBC. "Lo primero que recordé fue cuando vivíamos en una granja en el estado de Washington y yo era una niña".

"Recuerdo unos hermosos gatitos que saqué del sótano para jugar, pero mi papá me los quitó y empezó a torturarlos, colgándolos de un cordel para ropa", dice. "Sonreía, como si disfrutara atormentándolos, mientras yo gritaba pidiéndole que los bajara, pero cuanto más gritaba, más parecía él disfrutar".

Sin embargo, Jesperson no era realmente violento con su esposa ni con sus hijos.

"Era normal, encantador, sociable, educado con las mujeres, las hacía sentirse protegidas", relata. "Parecía cualquier vecino común y corriente".

¿Doble personalidad?

Derechos de autor de la imagen Clark County Sheriff Dept.
Image caption Keith Hunter Jesperson fue arrestado el 30 de marzo de 1995.

Al principio, Melissa no podía hacer encajar estas dos percepciones de su padre y empezó a pensar que eran dos personas diferentes.

"Cuando lo arrestaron yo no quería admitirlo, estaba en negación", reflexiona. "Recuerdo que cuando regresaba de viajes largos era muy amable y cariñoso, parecía tan bueno".

Pasaron años para que aceptara la realidad: "Yo creía que él amaba a su familia, pero cuando crecí me di cuenta que todo era una ilusión, una fachada, que realmente no sentía remordimientos ni amor. Es duro decirlo, porque yo sí sentía amor y empatía por él".

Melissa le escribió una carta a su padre en la que le preguntaba por los asesinatos, a la que él respondió: "No quiero que el mundo me juzgue, yo era un buen papá, mi única falla fueron mis ocho errores de juicio".

"¡Estaba hablando de asesinatos y refiriéndose a ellos como errores!", expresa contrariada. "Yo solía decir que era un buen padre, pero un buen padre no tortura animales frente a sus hijos ni asesina ni viola a mujeres".

Jesperson les decía a sus hijos que su apellido era muy importante, que no permitieran que fuera denigrado. "Resulta extraño, con la desgracia que nos ha acarreado", se queja. "Cuando lo fui a visitar a la cárcel, su primer consejo fue que me cambiara de apellido".

Eso la convenció de su culpabilidad.

Ideas extrañas

"Yo intuía que en mi papá había algo oculto bajo la superficie, que empezó a desarrollarse tras el divorcio, en 1990", rememora. "Pero cuando era chica no podía articularlo; la mejor forma de describirlo es que empecé a sentir ansiedad y miedo cuando estaba con él".

Melissa recuerda que más adelante, durante unas vacaciones familiares, su padre expresaría ideas extrañas como "sé cómo matar a alguien impunemente".

Le decía que se pondría sus zapatos de ciclista, porque no dejaban huella. Ella, que tenía 13 años, pensaba que eso era "espeluznante", pero su joven mente lo procesaba como si fuera ficción.

"Lo asumía como si estuviera contándome en primera persona una escena de una película", agrega.

Después de aquellas vacaciones, la madre de Melissa no la dejó volver a salir de vacaciones con él.

Mientras escribía su libro, tuvo una conversación con su abuelo, quien le contó que fue a visitar al padre en la cárcel, donde lo sorprendió al confiarle que sí le había pasado por la mente matar a sus hijos.

"No se hizo justicia"

También recuerda el rechazo inicial a la noticia cuando estaba en la escuela: "Los padres de mis amigas se aterrorizaron de que pudieran haber estado expuestas al contacto con un asesino en serie, así que mantuvieron a sus hijas lejos de mí".

"Sentí mucha vergüenza y que algo andaba mal conmigo, que quizás tenía eso en mi ADN", confiesa. "No soy una psicópata, pero me preguntaba cómo mi padre o cualquier persona se puede convertir en un asesino en serie".

Una gran prueba para ella fue tener que contarle a su novio Sam, ahora su esposo.

"No quería yo también ser condenada a cadena perpetua, no era justo", dice. "Tuve que decirle que estaba preso por varios asesinatos. Sam fue comprensivo, afortunadamente no me dejó".

Jesperson pasará el resto de su vida en la cárcel, pero Melissa no cree que sea una sentencia apropiada.

"Esas ocho mujeres eran madres, eran hijas, y nunca se les hizo justicia. Creo que mi padre merece la pena de muerte por lo que hizo".

"Tal vez la gente no comprenda esto, pero saber que mi padre me habría podido matar me dio libertad, me permitió despedirme de él y responder la pregunta de cómo encajar a las dos personas que veía en él", expresa.

Melissa ya no tiene contacto con su padre: "¿Qué clase de relación podría tener con él, si no es capaz de sentir empatía ni compasión o de ser honesto?".

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