El factor miedo: ¿por qué le tememos tanto al ébola?

  • 9 agosto 2014
El actual brote es el mayor del que se tiene registro.

El actual brote de ébola en África está en los titulares de noticias en muchas partes del mundo. Pero, ¿cuál es la razón para que, entre tantas enfermedades mortales, sea específicamente el ébola el que produce tanto miedo? Esa es la pregunta a la que responde en este artículo para la BBC el doctor Seth Berkley, director ejecutivo de la Alianza GAVI, una asociación dedicada a mejorar el acceso a inmunización en los países pobres.

Al principio, los síntomas no son extraños, se parecen a los de la gripe: fiebre baja y dolores en los músculos y las articulaciones.

Pero en cuestión de días puede tornarse rápidamente en algo más exótico y alarmante: vómito con diarrea, seguido por sangrado en las encías, nariz y el tracto gastrointestinal.

La muerte llega ya sea por fallo de órganos vitales o presión arterial baja por extrema pérdida de fluidos.

Estas descripciones tan aterradoras han estado presentes en los medios de comunicación últimamente.

Sin embargo, en este caso no estoy hablando de ébola sino del síndrome de choque por dengue, una forma extrema de la fiebre del dengue, una enfermedad transmitida por mosquitos que casi nunca está en las noticias.

El ébola es sin duda una dolencia verdaderamente horrible, pero hay muchas otras malas que matan a más gente.

Entonces, ¿por qué es que el ébola llega a los titulares y las otras no?

No sólo esa

En el mundo desarrollado, el sarampión es considerada una afección leve, pero puede matar.

¿Será porque de repente hay gente en África muriéndose?

Eso es poco probable. El dengue tiene un índice de mortalidad relativamente bajo pero en todo caso mata a 20.000 de cada medio millón de personas que se infectan cada año; eso es un orden de magnitud más que el peor brote de ébola. Así y todo, es apenas un 20% del número de personas que mueren por sarampión al año.

Y cuando uno empieza a fijarse en patógenos como el neumococo y el rotavirus -que causan las dos enfermedades que más niños matan, neumonía y diarrea-, el número de muertes rápidamente se alza a los cientos de miles.

Es cierto que el ébola también es muy infeccioso, lo que hace que parte del personal sanitario se aleje por miedo a pincharse con una aguja.

Pero existen tantas otras enfermedades más contagiosas, como el sarampión -a través de gotas suspendidas en el aire- y hepatitis B, que se transmite de manera similar al VIH pero es 50 veces más infeccioso.

La clave

Quizás entonces tenga que ver con el hecho de que no hay una cura y que entre el 50% y 90% de la gente afectada inevitablemente morirá.

Posiblemente, pero tampoco hay una cura para la rabia y apenas una persona desarrolla los síntomas, es casi 100% seguro que morirá y que su muerte será lenta y dolorosa, a menos que hayan sido vacunados tras la exposición.

Y es ahí donde está la clave.

La tasa de vacunación ha caído en partes de países desarrollados.

El hecho es que aunque el ébola lleva a una muerte dolorosa y aislada de los seres queridos, hay otras enfermedades horrendas que también merecen tanto nuestro respeto como temor; dolencias que, como el ébola, son temidas no sólo en África occidental y que regularmente matan a cientos de miles de personas en los países pobres.

Sin embargo, en los países ricos, gracias a la disponibilidad de medicinas modernas, muchas de esas enfermedades a menudo pueden ser tratadas o curadas. Es más, con las vacunas, raramente tienen que ser curadas.

Debido a esta bendición, sencillamente muchos se han olvidado de lo que es vivir bajo la amenaza de enfermedades tan contagiosas y mortales. Y se han olvidado de lo que significa temerles.

Por eso, cuando sucede un brote de estos, es natural que desde la comodidad de ese entorno relativamente libre de enfermedades, observen con horror y les cause terror la probabilidad de que algo como el ébola logre llegar a sus lares.

El problema real de los ricos

Pero aunque el ébola sigue siendo una preocupación genuina en África occidental, si alguna vez llegara a Europa o al norte de América, la probabilidad de que se expanda es remota.

Eso es por dos razones importantes: primero, la vigilancia de las enfermedades es más estricta y, segundo, el ébola mata o inmoviliza al portador antes de que tenga mucha oportunidad de propagarlo.

En realidad, una preocupación más grande para los países ricos es que están retornando algunas dolencias que ya habían sido vencidas, como el sarampión, la rubéola y la tosferina.

Gracias a una complacencia insidiosa ha habido unas reducciones significativas de vacunación en muchas partes del mundo occidental, hasta el punto de que hay enfermedades que no sólo están volviendo sino que han alcanzado niveles tan altos que de hecho las están importando a países más pobres.

¿Cómo se justifica que muera gente de enfermedades que ya se habían combatido y para las que existen vacunas seguras y efectivas?

Y sin embargo estos son los mismos países que ahora preguntan por qué no existe una vacuna para el ébola.

La terrible cotidianidad

De manera que el hecho de que el brote del ébola haya recibido tanta atención es algo que debemos aplaudir.

Por un lado, podría acelerar el progreso de algunos prometedores candidatos a tratamientos y vacunas cuyo desarrollo ha estado detenido.

Más certero es que fomentará el diseño de mejores planes de respuesta a emergencias para los países afectados, medidas que puedan ayudar a prevenir que futuros brotes se expandan tan rápido y tan lejos.

Para la gente de África occidental, que actualmente está tratando de conllevar este terrible brote, eso no es mucho consuelo.

No obstante, si centrar la atención internacional en el ébola ayuda a enfocar nuestras nociones de percepción de riesgo, eso no puede ser malo.

Pero también nos ayuda a recordar que el ébola no es una excepción sino un ejemplo de una terrible normalidad en la que miles de hombres mujeres y niños mueren por una gama de enfermedades horribles cada día.

Así, quizás, el mundo estará un paso más cerca de hacer un poco más.

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