Cómo una nación que odia el ruido dio origen a los primeros tapones para los oídos

  • 10 enero 2016
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Image caption Los alemanes detestan el ruido, dice el autor de esta nota.

Los alemanes tienen una relación difícil con el ruido. Lo odian y con frecuencia convocan protestas en su contra.

Por eso quizás no es casualidad que en este país se inventaran los primeros tapones para los oídos.

Y el año 1907 fue fundamental para el ruido en Alemania.

En Hanover, el filósofo Theodore Lessing creó la primera Antilärmverein,sociedad contra el ruido, cuyos miembros se reunían para debatir cómo los ruidos del mundo moderno, desde las fábricas a los autos o las armas de guerra, pueden afectar al mundo intelectual y cultural.

"El silencio es noble", Lessing le decía con frecuencia a sus compañeros del club.

Mientras, en el distrito Schöneberg de Berlín, el farmacéutico Max Negwer desarrolló los primeros tapones para los oídos modernos, que llamó Ohropax, una combinación de las palabras "oído" en alemán y "paz" en latín.

Negwer consideró que el invento sería una buena ayuda médica. Pero durante años, luchó para convencer a los propietarios de farmacias para que comprasen Ohropax.

Así que viajó a través de Alemania, vendiéndolos a hospitales para enfermos mentales y en las fábricas que proliferaban en un mundo que se industrializaba rápidamente y que su contemporáneo, Lessing, detestaba.

La llegada de la guerra en 1914 proporcionaría a Negwer una oportunidad real para promocionar el Ohropax.

Cientos de miles de soldados ensordecidos volvían del frente. En 1917, Ohropax publicitó sus tapones para los oídos como una protección contra "los efectos del sonido de los cañonazos".

Lejos del mundanal ruido

Un año después, Alemania fue derrotada en el campo de batalla.

En aquel momento, Ohropax había logrado una posición dominante en el mercado y 10 años después exportaba a 42 países.

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Image caption Johann Wolfgang von Goethe intentó por todos medios contener el ruido.

Pero la Gran Guerra (como se conoció en un principio), y la guerra mundial que le siguió unas dos décadas después, son solo un aspecto de una actitud hacia el ruido y el sonido únicamente teutona.

Sus efectos pueden verse en toda la Alemania actual, desde los parques a prueba de sonido y las autopistas, a las fuertes leyes contra el ruido introducidas hace unos 40 años.

Incluso Johann Wolfgang von Goethe, el poeta eternamente laureado del país, intentó contener la intrusión del ruido en su vida, evitando que se construyera una bolera cerca de su casa y desesperándose ante el ladrido de los perros callejeros locales.

"El talento se desarrolla en lugares tranquilos", escribió una vez.

Hoy en día, los alemanes están liderando el camino en la creación de este tipo de lugares en el mundo caótico moderno.

Un ejemplo es la plaza Nauerner, en Berlín. No es el espacio público más verde, más grande o más atrayente de la ciudad.

Situada entre una carretera principal y una línea muy frecuentada del metro, presentaba sin embargo un problema fascinante para los expertos de la Universidad Técnica de Berlín quienes, en 2012, querían convertirlo en un lugar más tranquilo para las familias.

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Image caption Los primeros tapones fueron de la marca Ohropax.

Se colocaron artefactos que emitían el sonido del agua corriendo y de pájaros cantando, y una barrera de 1,5 metros de piedra y plantas.

Los parques infantiles y los bancos se recolocaron para controlar el sonido de alrededor.

El tráfico omnipresente se seguía escuchando, pero el proyecto lo redujo mucho, permitiendo a las familias hablar sin trabas.

Parques infantiles sin ruido

La modernización de la Plaza Nauener ganó el Premio Europeo al Ambiente Sonoro, administrado por la Agencia Europea del Medioambiente (EEA por sus siglas en inglés).

De hecho, las medidas alemanas para reducir el ruido son mucho más evidentes que las de sus vecinos europeos, como habrá podido comprobar cualquiera que haya corrido por la autopista entre enormes Lärmschutzwände (muros de protección del sonido).

Los alemanes, parece, son mucho más sensibles a la contaminación auditiva, la cual según la EEA cuesta a Europa US$45.000 millones y 61.000 años de vida de sus ciudadanos al año.

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Image caption Incluso los niños deben contener las ganas de gritar.

"Tiene una larga historia", dice René Weinandy, de la Umweltbundesamt, de la principal agencia de protección ambiental de Alemania.

La Ley federal contra la contaminación de 1974 se introdujo con la intención de reducir el ruido producido por el transporte en lo que antes era Alemania occidental.

Reino Unido, por ejemplo, tardó otros 16 años en adoptar una legislación comparable.

Sin embargo, las leyes no han hecho que los alemanes dejen de protestar contra el ruido.

Cada lunes en Frankfurt, cientos de personas se manifiestan contra el ruido provocado por los aviones.

En el valle del Rin, a través del cual los trenes de mercancías y los camiones retumban durante todo el camino hasta Italia, protestas similares son también frecuentes.

Nueve de cada diez quejas frente al sistema ferroviario europeo provienen de Alemania.

Los parques infantiles de Alemania son conocidos por la ausencia de niños ruidosos, porque tanto los padres como los profesores temen las represalias de los vecinos.

Incluso en Berlín, la capital del país, conocida por sus fiestas, cualquier estridencia está prohibida después de las 22:00.

Incluso una lavadora funcionando tarde por la noche puede generar problemas.

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Image caption ¿Lavadora por la noche? ¡Ni pensarlo!

Los domingos, el Ruhezeit ("tiempo de descanso" en el que no se puede hacer ruido) se adelanta a las 20:00, mientras el país entero se cierra.

Las tiendas no abren sus puertas, los camiones pesados tienen prohibido circular y cualquier práctica de jardinería con máquinas está prohibida.

Los tribunales han llegado incluso a determinar cuándo, y durante cuánto tiempo, pueden ladrar los perros.

Hitler y el ruido

La cultura está en el centro de las actitudes alemanas hacia el sonido. Desde las sinfonías de amor a la naturaleza de Bach y Beethoven, o Goethe, que ensalzó lo salvaje, la cultura alemana ha estado vinculada con ideas complejas sobre el silencio.

Cuando la sincronización del sonido estuvo por primera vez disponible para los directores de cine expresionistas de la década de 1920, dice Lutz Köpnick de la Universidad de Vanderbilt, los directores puristas se opusieron vehementemente a los "habladores".

"Eran muy virulentos, dudaban de si acoger el sonido, porque arruinaba la belleza de la imagen cinemática", dice.

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Image caption Los discursos de Hitler eran muy estridentes.

La cuestión no era solo si el sonido era difícil de sincronizar, sino también si las imágenes, frecuentemente floridas y pictoricistas, se verían fundamentalmente comprometidas por la "complicación" del sonido.

Algunos incluso vinculan el amor actual de Alemania a la tranquilidad con el uso que hizo Hitler del sonido para promover su agenda fascista.

Hitler subsidió el coste de la radio para alcanzar el hogar de todos y cada uno de los alemanes.

Muchos de sus discursos eran tan estridentes que eran deliberadamente ensordecedores, dice Köpnick.

"La radio era una manera clave de llenar las ondas con la voz de Hitler, y los nazis podían mantener el poder sobre la imaginación de la gente".

Tras la Segunda Guerra Mundial, los discursos de los políticos alemanes se volvieron más tranquilos, adoptando un tono más considerado que el de sus homólogos europeos.

La fábrica actual de Ohropax en el pueblo de Wehrheim, en Hesse, no es uno de los lugares más silenciosos de Alemania, con un zumbido saliendo de la línea de producción de miles de tapones de oídos.

Sus productos, sin embargo, han estado mitigando el ruido durante un siglo.

Ellos, como la sede de Ohropax, han ido cambiando a lo largo del siglo XX.

En 1958, con la desaparición de la empresa privada bajo el comunismo en Alemania oriental, la empresa se mudó a Bad Homburg, cerca de Frankfurt, bajo el liderazgo del hijo de Negwer, Wolfgang.

En 1991, con el nieto Michael a cargo, Ohropax buscó una nueva casa y se estableció en Wehrhem. ¿La razón? Según Michael, el lugar "ofrecía una agradable paz y silencio".

Sean Williams es escritor y periodista independiente con base en Berlín.

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