¿Qué tan peligrosa es la endogamia para los humanos?

  • 24 enero 2016
Unos pies de bebé entre las manos de un adulto Image copyright Thinkstock
Image caption ¿Cuántos de nosotros debemos sobrevivir al apocalipsis para que la raza humana sobreviva?

Llegan por decenas. Son depredadores extranjeros, y en un par de años, no dejan a nadie vivo. A casi nadie.

La Pirámide de Ball es un islote deshabitado localizado en medio del océano Pacífico, a unos 600 kilómetros al este de Australia.

Emerge del mar como si fuera un afilado pedazo de cristal.

Y allí viven, en su escarbado precipicio y refugiados bajo un arbusto, los dos últimos supervivientes de la especie.

Lograron escapar de los depredadores, y al cabo de nueve años habían engendrado miles de hijos que, a su vez, tuvieron sus propios hijos y nietos.

Puede que pienses que los cálculos no cuadran. Y que te parezca una versión distinta de la historia de Adán y Eva.

Pero no, la afortunada pareja no era humana.

Eran los dos últimos ejemplares de la langosta de árbol Dryococelus australis, una especie de insecto palo del tamaño de una palma humana.

La especie se creyó extinta poco después de que en 1918 las ratas negras invadieran su ecosistema en la isla Lord Howe, un remanente volcánico del Mar de Tasmania.

Sin embargo, 83 años después fueron encontrados varios ejemplares aferrados a la Pirámide de Ball.

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Image caption La endogamia representa un riesgo en cuanto multiplica las probabilidades de combinaciones negativas.

La especie debe su milagrosa recuperación al equipo de científicos que en 2013 escaló los 152 metros de pared rocosa para llegar hasta su cobertizo.

Los llamaron Adán y Eva y los enviaron al zoo de Melbourne, en Australia, para que fueran sometidos a un programa de cría.

Tres langostas de árbol ponen 10 huevos cada 10 días y son capaces de reproducirse por partenogénesis; no necesitan de un macho para multiplicarse.

Por lo tanto, no parece tan difícil para esta especie salvarse de la extinción.

Pero sería más complicado si esto pasara con los humanos.

¿Podrían dos personas salvar la humanidad? Y ¿cuánto les tomaría repoblar la Tierra?

¿Podrían?

Viajemos 100 años en el tiempo a un hipotético escenario futuro. Los esfuerzos de los humanos han tenido un desenlace inesperado y una revolución de robots los ha borrado de la faz de la Tierra.

Esto ya fue, de hecho, vaticinado por el científico Stephen Hawking en 2014.

Sin embargo, sobreviven dos individuos, un hombre y una mujer.

Cuando tengan descendientes, en la primera generación todos serán hermanos.

El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud creía que el incesto es el único tabú universal junto con el asesinato de los propios padres.

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Image caption En la isla Lord Howe la langosta de montaña logró superar la invasión depredadora. Pero para los humanos el asunto no es tan fácil.

Y no solo es eso, también es peligroso.

Así lo concluyó, por ejemplo, un estudio llevado a cabo en la antigua Checoslovaquia sobre niños nacidos entre 1933 y 1970 y cuyos padres eran parientes en primer grado.

Casi un 40% de estos menores eran severamente discapacitados y el 14% de ellos murió.

Riesgos recesivos

Para entender por qué la endogamia puede ser tan peligrosa hay que fijarse en la genética.

La mayoría de las enfermedades genéticas se producen cuando se unen dos genes defectuosos, que suelen ser recesivos.

Esto significa que para que una persona la padezca, ambos padres deben ser portadores.

La mayoría de nosotros es portador de un gen de alguna condición que probablemente nunca manifestemos.

Pero si tenemos un hijo con una persona que también porta ese gen, existen altas posibilidades de que desarrolle una enfermedad que incluso podría ocasionarle la muerte.

Tomemos como ejemplo la acromatopsia, una enfermedad congénita que hace que, quien la sufre, solo vea los colores blanco, negro y gris en todas sus tonalidades.

Afecta a uno de cada 33.000 estadounideses, pero uno de cada 100 es portador de su gen.

Así que si uno de nuestros supervivientes postapocalípticos fuera portador, su hijo tendría un 25% de probabilidades de tener una copia de ese gen.

Hasta ahí, todo bien.

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Image caption Las limitaciones genéticas han dificultado la prolongación de la especie del kakapo de Nueva Zelanda.

Pero en la siguiente generación, las probabilidades negativas se elevan exponencialmente: los nietos de la pareja original tendrían una posibildad en cuatro de tener dos copias defectuosas del mismo gen. Sus chances, pues, de nacer ya no con un gen recesivo sino con la condición médica son de 1 en 16.

Es el destino que corrieron los habitantes de Pingelap, un atolón aislado en el Pacífico occidental.

La población completa desciende de los 20 supervivientes de un tifón que barrió la isla en el siglo XVIII.

Entre ellos había un portador del gen de la acromatopsia.

Y hoy el 10% de los habitantes de la isla no es capaz de ver otros colores que no sean el blanco, el negro y el gris.

Pero más allá de este riesgo de la endogamia, si nuestros supervivientes tuvieran suficientes hijos, existiría la posibilidad de que alguno de ellos fuera sano.

¿Pero qué ocurre cuando la endogamia continúa por años y años?

Un caso de la vida misma

Existe una comunidad que no puede estar genéticamente más cerca de sus antepasados de lo que está: la realeza europea.

De hecho, tras 200 años de matrimonios entre primos, sobrinos y tíos, los Habsburgo de España son un experimento de ello.

Carlos II, "El hechizado", fue su más famosa víctima.

Fue rey de España entre 1665 y 1700. Nació con una letanía de discapacidades físicas y mentales, y no aprendió a andar hasta que cumplió los 8 años.

Y ya como adulto, su infertilidad condenó a su dinastía, la Casa de los Austrias, a morir con él.

La razón más concreta fue revelada por un equipo de científicos españoles en 2009.

La ascendencia de Carlos II estaba tan enredada, que su "coeficiente de consanguinidad" —una cifra que refleja la proporción de genes heredados idénticos— era mayor que si hubiera sido engendrado por dos hermanos.

Es la referencia que utilizan los ecologistas para medir el riesgo de extinción de ciertas especies.

"Cuando la población es pequeña, todos terminarán siendo parientes antes o después", señala el doctor Bruce Robertson, de la Universidad de Otago, Nueva Zelanda.

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Image caption La realeza del siglo XIX fue prueba viviente de los problemas de la endogamia.

"Y a medida que crece el parentesco, los riesgos de la endogamia son cada vez mayores", añade.

El científico estudia los kakapo, una especie de loros enormes que no vuelan, y de los que solo quedan 125 en el planeta.

Una de sus preocupaciones es el efecto de la endogamia en la calidad del esperma.

Como consecuencia, el porcentaje de huevos que no van a eclosionar ha aumentado del 10% al 40%.

Por ello, a pesar de que el kakapo esté bien alimentado y protegido de depredadores, es posible que no logre subsistir como especie.

Mezcla inmune

La diversidad genética permite a las especies subsistir.

"Es algo que todas las especies parecen dispuestas a promover, incluso los humanos", señala el doctor Philip Stephens, de la Universidad de Durham, en Reino Unido.

"Escogemos compañeros con una composición inmunológica muy distinta, por lo que nuestros hijos tienen un protección mucho mejor en ese sentido", explica.

Por ello, echando un vistazo a nuestro pasado evolutivo, se cree que el apareamiento con neandertales dio a nuestro sistema inmunológico un impulso genético.

Por ello, aunque nuestra especie ficticia sobreviviera a una revuelta de robots, sería irreconocible.

Cuando una población pequeña permanece aislada durante demasiado tiempo, la pérdida de diversidad genética hace que se amplifiquen las peculiaridades genéticas.

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Image caption Es teóricamente posible que podamos pasar de unos pocos a millones en cuestión de siglos.

Así, las nuevas generaciones de humanos no solo tendrían un aspecto distinto y hablarían de otra forma. Incluso pertenecerían a una especie totalmente nueva.

Entonces, ¿cuánta variedad hace falta para preservar la especie?

El 5 mágico

Es un debate que se remonta a la década de 1980, dice Stephens.

Fue entonces cuando un científico australiano propuso una fórmula basada en su experiencia.

"Básicamente necesitas 50 individuos para evitar los efectos de la endogamia y 500 para la adaptación", explica la regla Stephens.

La fórmula se usa aún, aunque ha sido modificada a 500/5000 para dar cuenta de las pérdidas aleatorias cuando los genes pasan de una generación a la otra.

Así informa IUCN Red List, un organismo que cataloga las especies más amenazadas.

Y el concepto también está llevando a cuestionar las políticas de las organizaciones dedicadas a la conservación, quienes históricamente han priorizado a las especies en peligro de extinción.

Sin embargo, antes de aplicar esto a nuestra pareja que se salvó de la invasión de los robots, debemos considerar que nosotros somos la prueba viviente de los fallos de esa fórmula.

Y es que de acuerdo a la evidencia anatómica y arqueológica, nuestros ancestros no habrían podido cumplir con ella.

Entre hace 50.000 y 100.000 años, nuestros ancestros migraron más allá de lo que hoy es África.

Y lo hicieron portando una genética muy poco diversa.

Un estudio llevado a cabo en 2012 entre distintos grupos de chimpancés descubrió en ellos mayor diversidad genética que entre los miles de millones de humanos de hoy.

Entonces, ¿es posible repoblar la Tierra con un hombre y una mujer, teniendo en cuenta la escasa diversidad que esto implicaría?

Es imposible afirmarlo con certeza, dice Stephens, pero se muestra optimista.

"La evidencia de los efectos a corto plazo de la baja diversidad genética es muy fuerte, pero todo esto es probabilístico. Hay historias de viajes increíbles al borde del abismo, por lo que todo es posible", concluye.

Siempre y cuando el apocalipsis no destruya los cimientos de la civilización moderna, la humanidad podría recuperarse sorprendentemente rápido.

Lee la historia original en inglés en BBC Future

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