¿Por qué hay tanta fascinación con los piratas antiguos si los modernos nos causan horror?

Una escena de la más reciente entrega de la saga cinematográfica "Piratas del Caribe" Derechos de autor de la imagen Disney
Image caption Como todo pirata que se precie, Jack Sparrow habrá cometido muchos actos de violencia. Y sin embargo, la audiencia lo aprecia grandemente.

Si una saga cinematográfica representa un tesoro en las taquillas, esa es la de "Los piratas del Caribe".

Pero esto va más allá de Johnny Depp y su alter ego, el capitán Jack Sparrow. Es un hecho que la audiencia global está seriamente interesada en la mitología de los piratas y bucaneros del siglo XVIII.

Incluso hay un "Día Internacional de hablar como un Pirata", que se celebra cada 19 de septiembre desde 2002.

¿Pero por qué nos horrorizamos por los actos de piratería moderna en la costa oriental de África y, sin embargo, celebramos los despiadados actos de "Barbanegra", "Calicó", Jack Rodman y "Bart Negro" Roberts, en la década de 1720?

La respuesta radica, en parte, en 200 años de cultura popular que idealizan a esos piratas que actuaron en la frontera de la legalidad.

Sin embargo, detrás de todo hay una razón más profunda: nuestra ambigua relación con el crecimiento del estado burocrático moderno, en el que el comportamiento social está tan regulado que la libertad ilimitada, representada por los piratas, resulta atractiva.

Por eso nos atraen tanto los pistoleros de las películas de vaqueros, los mafiosos de la época de la Ley Seca, los caballeros medievales y hasta el contrabandista espacial Han Solo, de la Guerra de las Galaxias.

De ahí que, incluso sin darse cuenta, muchos se hagan eco del sentimiento del tema original de "Los Piratas del Caribe" de Disney: "Yo-ho yo-ho, pirata siempre ser, yo ho!

Edad dorada de la piratería

La llamada "Edad de oro" de la piratería en el Caribe y el Atlántico transcurrió desde aproximadamente 1690 hasta las ejecuciones de "Barbanegra" en 1718 y "Bart Negro" en 1722.

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Image caption Con su barco de 40 cañones "La venganza de la reina Ana", Barbanegra logró sitiar Charleston, en Carolina del Sur. En 1718 recibió un pago gigantesco.

Esa época fue resultado de un momento singular en la ley marítima cuando las naciones que estaban en guerra podían declarar "corsarios" a los capitanes de barcos.

Eso significaba que tenían una "patente de corso" oficial que les permitía atacar un barco enemigo y quedarse con sus mercancías, siempre que le dieran una parte del botín a su propio gobierno.

El término "bucanero" se aplicaba especialmente a los barcos ingleses, holandeses y franceses que asediaban a los navíos españoles de la época.

Eran mercenarios autorizados que actuaban al lado de las armadas oficiales.

Los gobiernos imperiales siempre han recurrido a personajes como esos, de dudosa legalidad y acompañados de una negación oficial, que pueden resultar extremadamente útiles.

De corsario a pirata

El problema surgió cuando las alianzas cambiaron o se declaró la paz.

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Image caption Anne Bonny y Mary Reid fueron mujeres piratas que sirvieron a Calico Jack Rackham. Fueron capturadas y sentenciadas a la horca, pero las dos evadieron ese destino.

Después de la firma del Tratado de Utrecht en 1713, miles de capitanes corsarios y tripulantes se quedaron sin trabajo.

Al seguir con sus andanzas, se volvieron piratas con capitanes como Edward Teach -quien se transformaría en el legendario "Barbanegra"- que pasaron a actuar ilegalmente.

Fue una actividad que prosperó frente a las costas de África y en el Caribe donde las islas estaban llenas de riqueza y, al ser mantenidas como colonias por un mosaico de potencias europeas, la autoridad en las aguas locales siempre fue débil.

Leyenda impresa

Rastrear cómo se transformaron en leyendas populares resulta fácil.

Justo cuando la Edad de Oro estaba llegando a su final, un tal Capitán Charles Johnson (no se ha podido descubrir quién se escondía detrás de ese seudónimo) publicó un famoso compendio titulado: "Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas" (1724).

Lleno de detalles sanguinarios y narraciones sin respiro, el libro aseguró el estatus de leyendas de "Barbanegra" y "Bart Negro" y se convirtió en todo un fenómeno editorial.

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Image caption La bandera de la calavera representaba la República de los Piratas, que dominó las Bahamas entre 1706 y 1718, hasta que los ingleses restablecieron el poder del imperio.

Tras su éxito, un segundo volumen fue publicado en 1728.

Desde entonces, el libro ha sido fuente de casi todas las representaciones culturales de piratas

Y es fácil entender el motivo con pasajes como éste: "Se adueñó del apodo de Barbanegra por esa gran cantidad de pelo, que, como un aterrador meteorito, cubría toda su cara y asustaba a América más que cualquier cometa aparecido allá en mucho tiempo".

Ya entrando en batalla, dice Johnson, Barbanegra adornaba su barba con cerillas encendidas, lo que lo hacía lucir como "un demonio del infierno".

Castigos brutales y la muerte eran, por supuesto, las consecuencias de sus despiadados actos, pero incluso Johnson ambiguamente lo describió como un "bruto valiente".

Su obra inspiró directamente el personaje de John Silver El Largo en "La Isla del Tesoro" (1883) y el capitán Garfio en "Peter Pan", de J. M. Barrie (1904).

Esos personajes aseguraron la visión del pirata como una figura subliminal de miedo y diversión en la ficción infantil.

Sin embargo, ya previamente los adultos habían quedado sin aliento por uno de los primeros fenómenos editoriales masivos, el poema de Lord ByronThe Corsair en 1814.

Allí, Byron se concentró especialmente en el estatus legal ambiguo de los corsarios.

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Image caption Hubo piratas judíos que saquearon el Caribe, como Jean Lafitte, quien ayudó a las fuerzas estadounidenses a derrotar la invasión británica de Nueva Orleans en 1815.

Escrito por un escandaloso poeta libertino, el libro vendió 10.000 copias la primera mañana de su publicación.

Y la superestrella Byron también fusionó su imagen con la del rebelde pirata, impregnando nuestra concepción del poeta romántico desde entonces.

Saqueos y ganancias

Otro escandaloso escritor bohemio, Robert Louis Stevenson, escribió "La Isla del Tesoro" para entretener a sus hijos.

Fue un texto clave para revivir la forma del romance a finales del siglo XIX, que Stevenson proclamó manifiestamente como "sensual e ilógica" y diseñada activamente para resistir la moral sofocante y las restricciones intelectuales de la novela realista imperante en la época.

Atiborrado de patas de palo, mapas del tesoro y loros parlanchines fue otro enorme éxito de ventas.

Para ese punto, el emocionante retroceso a la Edad de Oro de la piratería ya estaba inextricablemente ligado a la cultura de masas en Europa y EE.UU, y esa asociación solo se vio reforzada en Hollywood.

El novelista Rafael Sabatini fue el responsable de introducir al capitán Sangre en 1922, interpretado primero en el cine mudo por Douglas Fairbanks y luego, en la década de los 30, por Errol Flynn.

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Image caption Todos los febreros en Tampa, Florida, se lleva a cabo una escenificación de la invasión del pirata (ficticio) José Gaspar, aunque supuestamente aterrorizó el área.

Esos espadachines y dandis subversivos eran menos serios que muchos héroes de las películas de Hollywood de la época y, por lo tanto, más atractivos.

Pero la fascinación con el pirata va más allá.

Su Edad de Oro aparece justo cuando las formas legales de la soberanía y los acuerdos internacionales de comercio se estaban desarrollando y eso implicaba un aumento de las restricciones estatutarias, sociales y morales sobre la expresión del Ser.

Muchos piratas, incluyendo numerosas mujeres, se negaron a regresar a la implacable y brutal jerarquía de la Armada Real, la marina mercante o incluso a la vida civil.

Y en su lugar vivieron por un código de honor completamente distinto.

Esos códigos de piratas pueden leerse como un comunicado de una comunidad anarquista, con toma de decisiones colectivas, sin jerarquía, líderes electos y una distribución equitativa de labores y ganancias.

Y, además, mucho ron.

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Image caption Fuertes como éste, en República Dominicana, fueron construidos a lo largo de las costas caribeñas para defenderlas de las incursiones piratas.

Es por eso que la violencia, asesinatos y violaciones asociados con ellos son tantas veces borradas de la historia.

Desde Johnson y Byron, los piratas de ficción han ofrecido una visión prófuga de actos de libertad radical.

Así, aplaudimos la última escapada de Jack Sparrow y no llevamos la cuenta de sus asesinatos porque su sensual y descabellada pillería es nuestra fantasía de proyección desde adentro, lo que el sociólogo Max Weber llamó nuestra "jaula de hierro de racionalidad".

En una era donde los votantes han rechazado a los políticos de carrera y a los burócratas por las aventuras salvajes de nuestros propios temerarios bucaneros, sospecho que la idea del pirata seguirá vigente.

Lee la historia original en inglés en BBC Culture

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