La extraña moda victoriana de electrocutarse para aliviar dolencias (y por qué está de vuelta)

Un científico loco sujetando dos cables que emiten una especie de rayo sobre su cabeza Derechos de autor de la imagen Thinkstock
Image caption La magia de la electricidad capturó la imaginación de los victorianos.

¿Te sientes cansado? ¿Sufres continuos ataques de migraña? ¿O ataques de ansiedad?

Quizás la cura para todos esos males sea más curiosa de lo que piensas: el famosos "cinturón hidroeléctrico", un raro artefacto creado en el siglo XIX por Isaac Pulvermacher.

La correa, parecida a la que utilizaban los vaqueros, proporcionaba descargas eléctricas para aliviar ciertas dolenciasy apareció por primera vez en la primera Feria Mundial, realizada en Crystal Palace de Londres, en 1851.

De inmediato se convirtió en tema de conversación en todos los salones de moda del mundo, y se estima que unas 50.000 personas se "enchufaban" todos los años.

Hasta Charles Dickens se sintió atraído por ella, luego que comenzara a sufrir fuertes dolores en una pierna.

¿De dónde surgió este furor?

Los pioneros

A pesar de su fama, Pulvermacher no fue el primero en considerar el potencial terapéutico de la electricidad.

Derechos de autor de la imagen Creative Commons
Image caption Se creía que las descargas eléctricas podían curar toda clase de dolencias.

En el año 48 a.C., el médico del Emperador Claudio, Scribonius Largus, recomendaba colocarse un pez torpedo eléctrico en la cabeza para curar la migraña.

Para el siglo XVIII científicos como Benjamin Franklin habían comenzado a capturar y controlar esta energía, usando frascos de Leyden para almacenar la carga estática dentro de finas placas de papel de aluminio.

Tampoco perdieron tiempo para explorar los efectos sobre el cuerpo. Por ejemplo, Franklin trató de aplicar descargas eléctricas estáticas para curar a una mujer que padecía de calambres como consecuencia de estados de histeria.

Experiencias peligrosas

Sin duda, esta etapa experimental era riesgosa.

En mayo de 1748, la Real Sociedad de Londres publicó en su revista Transacciones Filosóficas de la Royal Society un reporte de un hombre llamado Robert Roche, quien tenía un hijo de 16 años que sufría de ataques "que lo dejaban completamente fuera de sí".

Derechos de autor de la imagen Science Photo Library
Image caption El furor por las terapias eléctricas llegó a ser tal que no faltaron las caricaturas.

Roche decidió construir una "máquina que electrificaba", con la que le practicaba descargas a su hijo dos veces al día, en un intento desesperado por prevenir las convulsiones.

Durante una de esas sesiones, el traje de su hijo se encendió, provocando "una gran llama… que se elevó como 15 centímetros sobre el cuello".

Afortunadamente, Roche logró contener el fuego con sus propias manos. Posteriormente notificó que había rediseñado el equipo para evitar nuevos incidentes.

Avances tecnológicos

La aparición de la primera batería química cambiaría dramáticamente este tipo de tecnología durante el siglo XIX.

La pila generaba corriente eléctrica al utilizar materiales bañados en una solución ácida.

Al llegar la revolución industrial, estos dispositivos se pusieron al alcance de la población en general.

"La producción masiva de estos aparatos abarató los precios y, gracias a los catálogos enviados por correo, podías venderlos en todo el país", comenta Anna Wexler, de Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Derechos de autor de la imagen Creative Commons
Image caption Este diagrama en el manual de Pulvermacher muestra cómo es posible que haya sido tratada la pierna de Charles Dickens.

Esto provocó un rápido crecimiento de innumerables electroterapias, que buscaban mejorar la circulación o reducir obstrucciones en ciertos órganos.

El éxito de Pulvermacher

La popularidad del cinturón hidroeléctrico lo convirtió en el más exitoso del mercado, vendiéndose por miles en Europa y Estados Unidos.

El invento de Pulvermacher llegó incluso a figurar en la novela de Gustave Flaubert, "Madame Bovary", a través del personaje Monsieur Homais, al que al parecer le otorgaba un asombroso atractivo sexual.

El "cinturón mágico" tenía la facilidad de reducir o aumentar el número de baterías que usaba y de cambiar la posición de los electrodos, de manera que pudiera colocarse en la cintura o en la cabeza del paciente.

De esta forma, el artefacto prometía la cura a los dolores de cabeza, reumatismo, dispepsia, palpitaciones del corazón, hidropesía, fatiga y otros padecimientos nerviosos.

Los fabricantes no advertían ningún tipo de efecto secundario, más allá de ciertas ulceraciones donde se colocaban los electrodos.

Sí alertaban a los usuarios sobre no usar del cinturón al máximo poder, debido a que podía generar una sensación de corriente eléctrica "insoportable".

Clientes satisfechos

El invento de Pulvermacher también contaba con una buena estrategia de mercadeo, apuntalada en muchas historias de éxito.

Derechos de autor de la imagen Thinkstock
Image caption Nadie tiene una solución definitiva para las migrañas. Pero los victorianos le tenían fe a la electricidad.

Por ejemplo, la de un cliente satisfecho que sufría de una diarrea severa "que no se detenía con ningún consejo médico".

En dos días ya estaba comiendo nuevamente. En 10 estaba completamente curado.

Obviamente, la fiabilidad de estos testimonios era cuando menos dudosa. Además, los representantes de Pulvermacher eran conocidos por citar fuera de contexto los testimonios de los doctores.

Sin embargo, Wexler aclara que los otros fabricantes de dispositivos similares eran más sobrios a la hora de promocionar sus productos, y también hubo doctores reconocidos que llegaron a utilizar estos equipos.

Fin de la moda

Para la década que comenzó en 1920, este tipo de tratamiento comenzó a pasar de moda tanto en la comunidad médica, como entre el público en general.

No obstante, muchos de estos dispositivos continuaron apareciendo en subastas de antigüedades. Un coleccionista estadounidense llamado Jeff Behary los ha ido acumulando para restaurarlos y probarlos en su propio cuerpo.

Una de las piezas más extrañas de su colección, exhibida en un museo en Florida, está armada de una forma similar al dispositivo utilizado por Roche en la década de 1740.

Derechos de autor de la imagen Thinkstock
Image caption Algunos utilizan aparatos con electrodos en su propia casa, sin supervisión médica.

El "paciente" se para sobre una plataforma de madera, que se encuentra debajo de una corona de metal. A medida que el voltaje se va incrementando, la persona siente la descarga desde la cabeza hasta sus pies.

"Sientes una corriente de energía saliendo de tu cuerpo", comenta Behary, y también se percibe un aire frío sobre la piel.

Para Behary, el cinturón de Pulvermacher era menos dramático: solo generaba una sensación de leve descarga eléctrica.

Terapias polémicas

A pesar del declive de estos equipos, el uso de la electricidad para fines médicos no desapareció por completo.

Por ejemplo, durante las décadas de los 40, 50 y 60 se utilizó la terapia electroconvulsiva, basada en descargas eléctricas para generar convulsiones cerebrales, y de esa manera tratar pacientes con depresión severa.

Los graves efectos secundarios de dicho tratamiento -por ejemplo, importante pérdida de la memoria- hacían que este método fuese considerado como el último recurso de los médicos.

En épocas más recientes se ha desarrollado una terapia más benevolente, llamada "estimulación transcraniana de corriente directa", en la que se aplica una pequeña descarga a través del cuero cabelludo, estimulando suavemente las neuronas ubicadas debajo de la piel.

Los neurocientíficos piensan que, redistribuyendo los electrodos de estos dispositivos, pueden activarse o desactivarse las diferentes regiones del cerebro involucradas en la capacidad de pensar y razonar.

Esta técnica ya ha mostrado señales prometedoras en cuanto a su capacidad para impulsar la recuperación de una persona luego derrame cerebral, disminuir los dolores crónicos y aliviar los síntomas de la enfermedad de Parkinson.

Incluso, algunos experimentos con esta terapia han arrojado resultados positivos en materia de potenciar la capacidad de la concentración, la memoria y las habilidades para la matemática.

Y aunque se requieren mayores pruebas que confirmen estos resultados, eso no ha impedido que algunas personas experimenten con esta terapia en sus propias casas utilizando dispositivos caseros.

Derechos de autor de la imagen Thinkstock
Image caption Las comunidades hoy en día existen en la red.

La historia se repite

Wexler ha encontrado diversos paralelismos entre esta tendencia reciente y la fascinación por las electro-terapias registrada en el siglo XIX.

Por ejemplo, en ambos casos hay un deseo personal por experimentar con el propio cuerpo, alrededor del cual se desarrolla una suerte de comunidad en la que sus miembros se comparten experiencias y consejos.

En el pasado ese "conocimiento" se difundía a través de revistas, en el presente se utilizan foros online.

Otra de las coincidencias es que muchas de estas personas han recurrido a estos dispositivos luego de varias frustraciones con tratamientos médicos.

Y al igual que hace dos siglos, reconocidos científicos y doctores han mostrado su creciente preocupación anteel uso sin supervisión de estos equipos. De hecho, han solicitado a las autoridades que la actividad sea regulada.

Para Wexler, "lo que vemos ahora nos puede parecer nuevo o loco".

"Pero si miras hacia el pasado, te darás cuenta que no es nada novedoso. La historia se repite".

Lee la historia original en inglés en BBC Future

Contenido relacionado