Baia, la "ciudad del pecado" de la Antigua Roma que fue tragada por las aguas

Vista panorámica de Baia. Derechos de autor de la imagen Getty Images
Image caption Hace más de 2.000 años, Baia era el Las Vegas del Imperio Romano.

Los ultrarricos de Roma viajaban aquí los fines de semana para celebrar sus fiestas.

Poderosos estadistas construyeron lujosas villas en su playa, con spas y piscinas con mosaicos donde podían entregarse a sus deseos más salvajes.

Uno de sus residentes llegó a encargar un ninfeo, una gruta privada rodeada por estatuas de mármol dedicadas en exclusiva a los "placeres terrenales".

Hace más de 2000 años, Baia era el Las Vegas del Imperio Romano, una ciudad vacacional a unos 30 kilómetros de Nápoles, en la calurosa y picante costa occidental de Italia, que satisfacía los caprichos de los poetas, generales y personas de toda condición que allí recalaban.

Cicerón, el gran orador, compuso algunos de sus discursos en su retiro junto a la bahía, mientras que el poeta Virgilio y el naturalista Plinio mantuvieron residencias en las cercanías de sus rejuvenecedores baños públicos.

"Hay muchos relatos de intriga asociados a Baia", afirma John Smout, un investigador que ha colaborado con arqueólogos locales para investigar el sitio.

Circularon rumores de que Cleopatra escapó en su barco desde Baia después de que Julio César fuera asesinado en el 44 a.C., mientras Julia Agripina planeaba, también en Baia, la muerte de su marido, Claudio, para que su hijo Nerón pudiera convertirse en emperador de Roma.

Su agua mineral y un clima amable fueron lo que primero atrajo a la nobleza de Roma en el último cuarto del siglo II a.C.

El lugar era conocido como los Campos Flégreos, así llamados por las calderas volcánicas que salpican la región.

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Image caption Bajo las aguas del Tirreno se ocultan algunas de las ruinas de la antigua ciudad romana.

Las calderas eran veneradas por los griegos y los romanos como entradas al inframundo, al Hades, pero también impulsaron un gran número de avances tecnológicos.

El invento local del cemento resistente al agua, una mezcla de limo y rocas volcánicas, espoleó la construcción de bóvedas abiertas y fachadas de mármol, así como estanques privados con peces y suntuosas casas de baño.

Pero, dada la reputación pecaminosa de Baia, quizá fue correcto que la abundante actividad volcánica en la zona fuese también su perdición.

Durante algunos siglos, el bradisismo, el aumento y descenso gradual de la superficie de la Tierra causados por la actividad sísmica e hidrotermal, hizo que gran parte de la ciudad se hundiera en una gran sepultura acuosa, el lugar en el que todavía hoy se asienta.

El misterio de los moluscos

El interés turístico por esta zona costera solo se renovaría en los años 1940, cuando un piloto mostró una fotografía aérea de un edificio justo bajo la superficie del mar.

Pronto, los geólogos asombrados empezaron a buscar respuestas a los agujeros que habían dejado los moluscos en ruinas descubiertas cerca de la orilla, indicios de que partes de la colina habían estado alguna vez sumergidas.

Dos décadas después, las autoridades italianas enviaron un submarino a investigar las partes de la ciudad que permanecían bajo el agua.

Lo que encontraron fue fascinante: desde los tiempos de Roma, la presión subterránea había hecho que la tierra que rodea Baia se alzara y hundiera continuamente, empujando las antiguas ruinas hacia lo alto, hacia la superficie marina, antes de que lentamente el agua se la vuelva a tragar de nuevo.

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Image caption Su clima suave fue uno de los encantos que primero atrajeron a la nobleza romana hacia Baia.

Las ruinas sumergidas han sido dominio exclusivo de unos pocos intrépidos arqueólogos hasta muy fecha muy reciente. El yacimiento arqueológico submarino no fue formalmente designado como zona protegida hasta 2002, cuando abrió al público.

Desde entonces, la tecnología 3D y otros avances en arqueología submarina han permitido los primeros vistazos a este capítulo de la Edad Antigua.

Buceadores, historiadores y fotógrafos han podido captar rotondas y pórticos sumergidos, incluido el del famoso templo de Venus (en realidad es un sauna), todos ellos descubrimientos que han dado pistas sobre el más rabioso desenfreno de la antigua Roma.

Debido a la ondulación de la corteza terrestre, las ruinas yacen en aguas relativamente poco profundas, a una media de seis metros, permitiendo a los visitantes ver algunas de sus misteriosas estructuras subacuáticas desde barcos con el suelo de cristal o, como se las conoce, videobarcas.

Centros locales de buceo como Centro Sub Campi Flegreo, que colaboró con la BBC en un reciente documental sobre Baia, también ofrece a los submarinistas paseos por las ciudad sumergida, ya mar Tirreno adentro.

En un día tranquilo, los visitantes pueden distinguir columnas romanas, antiguas carreteras y plazas pavimentadas. Estatuas de Octavia Claudia, la hermana del emperador Claudio, y Ulises señalan la entrada a las grutas submarinas, con sus alargados brazos cubiertos de percebes.

Pero también hay mucho que ver en la superficie. De hecho, muchas de las esculturas sumergidas son en realidad réplicas; los originales pueden encontrarse en lo alto de la colina, en el castillo de Baia, donde la Superintendencia Arqueológica de Campania gestiona un museo con las reliquias recuperadas de las aguas.

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Image caption La presión sísmica ha hecho que la tierra que rodea a Baia se alce y hunda constantemente.

El Parque Arqueológico de las Termas de Baia, la parte de la antigua ciudad todavía sobre el nivel del mar, excavada en la década de 1950, expone otros tesoros.

Fue Amedeo Maiuri el arqueólogo que desenterró Pompeya y Herculano, quien sacó a la luz los restos de terrazas con mosaicos y casas de baños con techos abovedados.

Rodeando al Parque Arqueológico está la moderna Baia, una sombra de su antigua magnificencia, pero que aún contiene el espíritu de su molicie y placer.

Hoy en día, la costa, que estuvo antaño cubierta con mansiones y saunas, luce una pequeña marina, un hotel y un puñado de restaurantes especializados en pescado y marisco, todos alineados en la estrecha carretera que conduce al noreste, hacia Nápoles.

El tiempo para ver este vestigio de la antigua opulencia de Italia podría estar agotándose.

Los sismólogos prevén un incremento de la actividad volcánica en la costa de Baia en el futuro próximo, haciendo su destino incierto una vez más. Solo el pasado año, se registraron 20 pequeños temblores y en los últimos años se ha empezado a hablar de cerrar las ruinas sumergidas al público.

Pese a ello, los visitantes pueden por ahora buscar en esta ciudad sumergida una entrada oculta, si no al inframundo, al menos a los espectaculares tesoros que esconde.

Lea la historia original en inglés

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