Bajo el reino carcelario de las "maras"

Cárcel de Ciudad Barrios en El Salvador.
Image caption Los característicos tatuajes que pueblan su pecho les identifican.

"Nuestros oficiales pueden morir de cuatro formas", dijo Gabriel Rodas, director de la prisión de Ciudad Barrios, en El Salvador: "La primera, cuando reciben dinero de los prisioneros y luego no cumplen con su parte del trato. La segunda, si golpean a algún preso. La tercera, cuando tratan mal al visitante de algún recluso, y por último, si tienen algún romance con las novias de los presos".

Desde el año pasado, dos guardias han sido asesinados en Ciudad Barrios. Y sus muertes sucedieron lejos del entorno relativamente seguro que supone una prisión. Sin embargo, Rodas está convencido de que los internos tienen mucho que ver con estos crímenes. Los miembros de la pandilla conocida como la Mara Salvatrucha (MS) "convocan a su gente fuera de la prisión a través del celular y luego ellos cometen los asesinatos", dijo.

Drogas

Esta banda nació en los años 80 de un grupo de emigrantes salvadoreños que residían en Estados Unidos. Rápidamente se extendió por toda Centroamérica.

Image caption Los internos son sospechosos de organizar crímenes desde la cárcel.

En la última década, las autoridades estadounidenses han deportado a centenares de jóvenes que militan en las "maras", pero la MS ha utilizado esta política en su propio beneficio: gracias a la presencia internacional de sus miembros ahora pueden traficar con drogas, entre otras actividades delictivas. Ya son casi 7.000 los miembros de las maras en las cárceles salvadoreñas, lo que supone un tercio de la población reclusa de todo el país. Sin embargo, la encarcelación como arma para debilitar a la MS y a sus rivales de la Pandilla 18 ha resultado ser tan poco efectiva como las deportaciones.

Mejoras necesarias

Douglas Moreno, el recién nombrado jefe del sistema penitenciario, dijo que las condiciones de las cárceles locales aún no son satisfactorias. "El estado tiene que buscar soluciones de una vez, no esperar que lleguen por sí mismas", dijo. Parte del problema es la política nacional de dedicar cárceles enteras a una banda en particular. Su objetivo es evitar que haya violencia entre grupos rivales, pero en la práctica esto significa que el estado ha dejado los centros en manos de las "maras", criticó Jeanette Aguilar, experta de la Universidad Centroamericana (UCA). "Las cárceles se han convertido en el lugar donde las bandas se han institucionalizado. Han creado redes criminales económicas", explicó.

El "barrio" de la MS

Image caption Los reclusos se refieren coloquialmente a esta prisión como su "casa".

Los reclusos de Ciudad Barrios suelen referirse coloquialmente a esta prisión como su "casa" o su "barrio". La ausencia de supervisión permite a los presos utilizar los teléfonos, que según las autoridades les sirven para cerrar tratos ilegales y ordenar asesinatos. Su poder se puede ver a apenas 100 metros de los confines de Ciudad Barrios, en lo que parece ser un tranquilo campo de cultivo cafetero. Aquí la extorsión por parte de los prisioneros ya es parte de la vida diaria. Una empresaria local mostró a la BBC mensajes de texto en los que se le exige el pago inmediato de grandes sumas de dinero. También dijo que suelen amenazarla dando detalles de la rutina de su familia, como recordatorio de lo que puede ocurrir si no accede a pagar.

Aunque reconoce que ha llegado a negociar las cifras, ya ha pagado más de US$5.000 a los sicarios de las "maras" en la ciudad.

A menudo, estos pagos sirven para costear planes de fuga de los prisioneros. En abril descubrieron un túnel construido en una casa cercana a la cárcel. Por eso, algunos guardias se tienen que ocupar ahora de vigilar otras construcciones de la zona.

Sin espacio, sin higiene

Es difícil creer que, cuando abrió en 1999, Ciudad Barrios nació como una cárcel modelo para los miembros de la MS y la Mara 18. Esta experiencia apenas duró un par de meses, ya que los reclusos de la MS asesinaron salvajemente a uno de la Mara 18. Desde entonces, la cárcel se dedicó solamente a los presos de la Salvatrucha. Una década después, este centro alberga a 1.873 hombres -más del doble de su capacidad- condenados a cumplir entre tres y 223 años por asesinato, violación, secuestro y otros crímenes. Cerca de 60 internos pasan la noche hacinados en cada dormitorio, dos en cada cama. Durante los fines de semana, estas habitaciones se usan para las visitas conyugales, que son tan demandadas que los prisioneros han creado sus propios espacios íntimos en el vestíbulo principal de la cárcel usando sábanas a modo de tiendas de campaña. La falta de higiene es otro gran problema de este centro, donde hace poco se diagnosticó tuberculosis pulmonar a 13 prisioneros.

"Podemos ser productivos"

Los procesos de rehabilitación también brillan por su ausencia. La mayoría de los presos ignoran las clases y talleres que se ofrecen, y prefieren pasar el día viendo partidos en las canchas de la cárcel o jugando a las cartas en sus dormitorios. Los reclusos más veteranos presentan a sus compañeros de "mara" como víctimas de estas paupérrimas condiciones, que también se reflejan en la dieta carcelaria, a base de arroz y frijoles. "Necesitamos oportunidades para trabajar", dijo uno de ellos. El mural que adorna el patio de la prisión es, según él, un ejemplo del talento artístico de los reclutas que se podría aprovechar. "No podemos evitar ser pandilleros, pero podemos ser productivos".

¿Hay soluciones?

Para Jeanette Aguilar, las prisiones salvadoreñas deberían fortalecer sus programas de reinserción, bloquear las señales de celulares y tratar a los reclusos de acuerdo a su perfil criminal, y no según la banda de la que procedan.

Éste es precisamente uno de los desafíos del gobierno del nuevo presidente, Mauricio Funes.

Algunos internos confían en encontrar un trabajo al salir de la cárcel. Sin embargo, muchos temen que los característicos tatuajes que pueblan su pecho les delaten ante la policía o los miembros de bandas rivales. "Si un tipo de otra banda me encuentra en la calle acabará disparándome", dijo uno de ellos. Sin embargo, pocos se arrepienten de haberse tatuado la piel con las dos letras que les marcarán de por vida: MS.

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