En un rincón de la memoria

Manifestación sandinista en Managua, junio de 2009

El periodista Gilberto Lopes cubrió la revolución sandinista de 1979 y los turbulentos años posteriores. Aquí, cuenta a BBC Mundo su experiencia, 30 años después de aquel julio nicaraguense.

Testimonio

Buscaba cómo irme para Managua.

En la víspera, los sandinistas habían entrado a la capital y celebrado frente a la vieja catedral la concentración de la victoria.

Ese 19 de julio de 1979 culminaba un proceso de insurrección que terminó con más de 40 años del régimen de los Somozas, los mismos que asesinaron a traición a Sandino y se adueñaron del país, controlando el gobierno pero, sobre todo, la Guardia Nacional.

En esa época, el régimen de los Somoza era la columna vertebral de las dictaduras conservadoras que, con excepción de Costa Rica, gobernaban Centroamérica con mano de hierro.

De San José a Managua son sólo 450 kilómetros, pero la carretera estaba intransitable, cortada por las zanjas en forma de trinchera.

La insurrección había llegado a su final. Dos días antes de la entrada de los guerrilleros a la capital, el 17 de julio, el presidente Somoza había huido, dejando un títere en su lugar.

Me tocaba volver a Managua, para seguir contando esa historia.

Con las carreteras intransitables, finalmente logramos alzar vuelo en una pequeña avioneta, con sus cinco pasajeros que buscaban una alternativa para llegar.

Volamos en medio de una enorme tempestad, hasta perdernos, antes de que el piloto dijera: ¿ven aquellas nubes?, apuntando a una pared negra, como de plomo. Son las últimas; después está el lago, el cielo despejado. Así fue.

Y, de nuevo, la vorágine, el siempre irreal triunfo de una revolución, ese momento de victoria en el que todavía no se ha asentado el poder, el aeropuerto vacío, sin autoridades, cada uno cargando su valija por la pista, sin aduanas, sin migración; la advertencia en el hotel, donde no siempre había comida: "Ya revisamos, pero… ¡Tengan cuidado, por si quedó alguna granada perdida debajo de las camas!"

Hacía tan solo 45 años Sandino caía asesinado y nadie imaginaba que solo 45 años después sus herederos políticos tomarían por asalto el poder en Nicaragua.

En Estados Unidos, el gobierno de Jimmy Carter había puesto sobre la mesa el tema de los derechos humanos, y los Somoza no aprobaron el exámen. Corría demasiada sangre en Managua. Cada vez más aislados, sin el apoyo de Washington, la dictadura se derrumbó.

Era el día siguiente de la entrada de los sandinistas a Managua y el búnker de Somoza, su cuartel principal, estaba abierto.

De un estañón con basura traje un ejemplar de “El verdadero Sandino o el calvario de las Segovias”, la versión de Somoza sobre la lucha del guerrillero, con su paginas rotas que guardo todavía en recuerdo de esos días.

¿Qué manos, llenas de rabia, habrán arrancado esas páginas, antes de tirarlo a la basura? No se.

Una Beretta .32, arrimada en una gaveta, y que me reglaron, ya no la tengo. Me la robaron.

Después, otra vez la vorágine, la reforma agraria, la campaña de alfabetización.

Y, de nuevo, la guerra, la creación de un formidable ejército contrarrevolucionario, la “contra”, creada por el presidente Ronald Reagan (81-89) atenazando la revolución sandinista desde sus bases en Honduras, atacando desde Costa Rica, en el sur.

Hasta aquella mañana del 30 de mayo del 84, cuando la guerra contra los sandinistas se intensificaba, en la que nos convocaron a la conferencia de prensa en la orilla nicaragüense del río San Juan, a la que fuimos sin saber que algunos no volverían y que otros vendrían marcados para siempre por aquella bomba escondida en el maletín del falso periodista que la hizo explotar cuando caía la tarde.

Salí volando, quemado, pero vivo, del atentado de La Penca que hoy, 25 años después, no tiene aun responsable en la cárcel.

Una revolución conservadora estaba en marcha en el mundo.

Hoy lo sabemos con detalles: Reagan armó un verdadero ejército de la "contra", en Honduras, en la frontera con Nicaragua.

Del otro lado, al sur, desde Costa Rica montó también operaciones, de menor envergadura, contra el gobierno sandinista, que se fue desangrando.

El ejército de la “contra” se alimentaba, sobre todo, del descontento de sectores campesinos contra políticas confiscatorias, que fueron minando el sandinismo.

Pero fue la guerra, devastadora, con sus 50 mil víctimas en un país de menos de cuatro millones de habitantes; los miles de millones de dólares de daños; la escasez de todo, lo que terminó, en solo una década, por hacer inviable la revolución sandinista. Debilitados, no pudieron triunfar en las elecciones de febrero de 1990.

Esa noche recorríamos las calles de Managua, una extraña ciudad en la que a las cicatrices del devastador terremoto de 1972 se sumaban ahora las de la guerra, en el mismo ambiente irreal en el que, poco más de diez años antes, se dio el triunfo sandinista.

Se cerraba una historia, comenzaba otra, más reciente. El sandinismo revolucionario se desdibujó, se dividió, y pese a que ha vuelto al poder, tiene otra cara.

Todo eso ocurrió, y aunque se nos va borrando de la memoria, ahí están los libros con historias de tragedias y heroísmo que no parecen haber terminado.

Son la prueba de que ocurrieron, aunque ya no quede nada de aquellos días, salvo la memoria, y nos preguntemos si todo habrá, de verdad, ocurrido.