La noche cae en Petion Ville

Me sorprende la noche en Petion Ville, uno de los barrios exclusivos de Puerto Príncipe. Como suele suceder en el trópico, la oscuridad cae repentinamente. Cuando se puso el sol estaba conversando con un grupo de damnificados.

Image caption La exclusividad de Petion Ville es relativa, pues entre casas de gente acomodada se cuelan casas humildes.

Estaba muy lejos de mi "base de operaciones". Y eso, en esta ciudad sin energía eléctrica y por la que vagan sin rumbo y con cada vez mayor desesperación miles de personas, es algo que desaconseja el manual básico de seguridad.

Además, la de Petion Ville es una exclusividad relativa, pues entre casas de gente acomodada se cuelan casas humildes y hasta bolsillos de miseria. Todas han sido democráticamente castigadas por el terremoto del martes.

Pero mientras los de mayores recursos quizá pudieron alojarse en los pocos hoteles que siguen en pie y funcionando, a los más pobres no les quedó mas que echarse a la calle. Literalmente.

A medida que se va cerrando el día, veo como la gente, que estaba al borde de la calle, de pronto empieza a tomar posición en el centro de las vías secundarias cortándolas completamente al tráfico y generando una congestión que retrasa más aún mi regreso a la seguridad que da la planta eléctrica de nuestra base de operaciones.

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Sin prisa

Quiero comunicarle al conductor -que contraté en Haití- el sentido de urgencia que llevamos en salir de esa zona lo antes posible, pero él no parece compartir mi preocupación y cuando le pido que nos vayamos no luce muy angustiado. De hecho, se detiene aquí y allá para mostrarme edificios que ya hemos visto estos últimos días, o para contarme anécdotas del día de la tragedia. Por alguna razón Gervre, mi conductor, no puede hablar y acelerar con la misma intensidad.

Pero es que parece que los locales no le tienen especial temor a la oscuridad de estos días en Puerto Príncipe. Siempre han ejercido en mí una extraña fascinación las ciudades inutilizadas por catástrofes naturales o humanamente generadas. He estado en algunos de esos centros que de un momento a otro se convierten en una carcasa inservible.

Por eso, la noche anterior quise asomarme tímidamente al portón del hotel para ver qué se sentía estar rodeado de esa oscuridad absoluta. Y me llevé un susto, pero no por la falta de luz, sino porque casi me atropella una muchacha de piel muy negra y ojos muy blancos que caminaba rauda por la acera, como si no le hiciera falta una luz para iluminarle el camino.

A medida que vamos acercándonos al refugio de la iluminación empiezo a notar que los locales no están prestando atención al final del día. Que su deambular no se altera por la ausencia del sol. De hecho, veo que los pocos vendedores ambulantes siguen ofreciendo sus magras mercancías y que los viandantes se detienen a comprar algo, al menos los que todavía tienen algún dinero en los bolsillos.

De pronto, siento que vengo huyendo de una amenaza que parece ser sólo obra de mi imaginación, exacerbada por los consejos que me dieron en el helicóptero los dos agentes de seguridad con los que viajé desde Santo Domingo hace unos días. Los dos eran ex militares de fuerzas especiales y los dos parecían tenerle mucho respeto al tema de seguridad en Haití.

Claroscuro

Claro que mi corta experiencia por unas pocas horas oscuras en Puerto Príncipe no van a reescribir años de trabajo de expertos en el tema. Pero me siento tentado de escribirlo porque mi colega de la BBC en Jamaica, que comparte esta cobertura, me dijo, bastante sorprendido, que en Puerto Príncipe después del terremoto se sentía más seguro que en el Kingston de todos los días. "Una sensación", me dijo.

Claro que eso se me ha olvidado en esta carrera desesperada que se ha convertido regresar al hotel y sus luces. Las últimas cuadras se sienten más amenazantes. Y no por asuntos de seguridad personal, sino vial. Los conductores haitianos son de los peores y de los más audaces que he visto. De noche, esas "cualidades" se exacerban y el desdén por la seguridad de los otros es casi criminal.

Casi dos horas después estoy en el sinuoso Boulevard 15 de Octubre. Las luces del hotel se ven reconfortantes al doblar un recodo. Lo que no se ve es el tractor sin señales de peligro que alguien ha dejado varado a la vera del camino. Lo sorteamos tras un susto y entramos al hotel, en donde, al contrario del mundo exterior, todo está iluminado gracias a una generosa provisión de diesel que nos permite mantener operativos nuestros servicios de transmisión.

Entro y me siento reconfortado y seguro. Inmediatamente, recuerdo que en esa oscuridad exterior hay decenas de miles de personas que no tendrán ese respiro ni hoy ni mañana, ni quién sabe cuándo. Y no hablo de luz, que en estas circunstancias es casi un lujo, hablo de lo básico: alimentos, agua, medicinas. En la oscuridad, veo las caras necesitadas de la gente que dejé en Petion Ville.

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