Salvadoreños buscan verdad sobre adopciones

Martina, Graciela y Flor Ruiz (Foto Sarah Booker).
Image caption Martina fue adoptada y creció en Italia (foto Sarah Booker).

Por casi dos décadas Martina Torresendi vivió la vida de una jóven italiana normal, creciendo como hija única, consentida amorosamente por sus padres.

Siempre supo que había sido adoptada en la lejana El Salvador, pero no conocía muchos detalles acerca de las circunstancias de su adopción, o de su familia biológica.

Por eso, cuando en 2003 recibió una llamada telefónica de alguien que decía ser su hermana, viviendo cerca en Roma, no podía creer lo que oía.

"Tengo una hermosa familia en Italia, y eso siempre ha sido suficiente", dice Martina, de 28 años de edad. "Pero siempre soñé con tener una hermana, o un hermano. Es tonto, pero yo quería conocer a alguien que se pareciera físicamente a mí".

Se organizó un encuentro y Martina viajó desde su hogar en Verona a la capital italiana para ver a una jóven que resultó ser su hermana mayor, Silvia.

Ella había sido adoptada por otra familia italiana.

"Fue el momento más feliz de mi vida", recuerda Martina.

En los días y semanas que siguieron a la reunión, las dos mujeres pasaron horas mirándose mutuamente en el espejo, incapaces de creer su parecido físico.

Preguntas incómodas

Pero junto con la felicidad aparecieron varias preguntas incómodas.

Por ejemplo, ¿Cómo habían podido crecer en el mismo país sin conocer de la existencia de la otra por tanto tiempo?

En busca de algunas respuestas, Martina viajó de regreso a El Salvador en diciembre de 2009 para otro encuentro emotivo, esta vez con su madre biológica y una familia extendida salvadoreña.

"Siento como si llegase un ángel del cielo, no puedo describir la felicidad que siento", me dijo Graciela, su madre biológica, con una gran sonrisa en el rostro.

Sentadas juntas en la oficina de San Salvador de la Asociacion Pro-Búsqueda de Niños Desaparecidos, la organización que las reunió, madre e hija se rieron acerca de sus rasgos familiares, especialmente su frente amplia y su cara redonda. "Yo tengo la piel más clara que la tuya, por el frío que hace en Italia", le dijo Martina a la mujer mayor en español con un fuerte acento italiano.

Otra de sus hijas, Flor de María, fijó la mirada, aparentemente incapaz de entender que la jóven de aspecto europeo era su hermana.

Martina me dijo "yo quería que ellas vieran que yo estoy bien, que mi vida ha sido feliz. Por eso regresé. Si no hubiese vuelto ellas se habrían quedado preguntándose qué le pasó a Martina".

Guerra civil

Bautizada como Janet Ruiz, Martina tenía apenas 18 meses de edad la última vez que Graciela la vio.

Era 1982 y El Salvador estaba inmersa en una brutal guerra civil.

Un año antes, la familia había sido desplazada de su pueblo en el oriente del país por guerrillas izquierdistas que también habían matado al padre de Martina.

Al quedarse sola con cuatro niños pequeños, su madre no sabía adonde acudir por ayuda.

Entonces, un hermano mencionó a un abogado que él conocía, que arreglaba adopciones para niños salvadoreños en el extranjero.

Al principio Graciela se negó a escuchar, pero luego aceptó.

"Fueron el temor y la incertidumbre lo que me convencieron, eso y las bombas", dijo en voz baja.

En agosto de ese mismo año, viajaron a la capital para reunirse con el abogado y una de las familias italianas.

En la recepción de un hotel lujoso Graciela le dijo adios primero a Silvia y después a Martina.

"El abogado dijo que ellos (los padres adoptivos) traerían a Martina y a Silvia de regreso cada siete años y enviarían fotos cada año. Pero después de un año, o de un año y medio, no volví a saber nada", recuerda.

Dinero a los abogados

Martina y Silvia, quien todavía no ha vuelto a El Salvador, están entre los cientos de jóvenes salvadoreños localizados por la Asociación Pro-búsqueda desde que empezó su trabajo poco después del final de la guerra civil en 1992.

Varios han sido encontrados con familias adoptivas en Estados Unidos y Europa. Según la abogada del grupo, Leonor Arteaga, durante la guerra había abogados salvadoreños cotidianamente recorriendo los campos de refugiados y los barrios donde vivían desplazados como Graciela, en busca de niños para adoptar.

"Algunos padres adoptivos extranjeros nos dijeron que le habían pagado US$10.000 o US$20.000 a los abogados. Eso era mucho dinero en esos días", señaló.

En el papel, las adopciones eran legales, dijo, pero dada la situación vulnerable de muchos de los padres biológicos, "no fueron adopciones corrientes o justas".

Aunque Martina insiste en que sus padres adoptivos "no pagaron por mi", dice que cree que la gente tomó ventaja de ellos precisamente porque querían un hijo con tanta ansiedad, y por eso se les exigió pagar dinero al abogado involucrado.

Pero en muchas instancias, las familias adoptivas no fueron informadas de todas las circunstancias de los antecedentes de los niños, o si había consentimiento pleno.

"Abandonada"

Image caption Lucía Panameño no ve a su nieta desde 1982. (Foto: Sarah Booker)

Lucía Panameño, de 70 años de edad, todavía no puede explicar como su nieta, Rosa, terminó viviendo a miles de kilómetros en Estados Unidos.

Lucía vive ahora en una casa humilde de la provincia de San Vicente, una de las zonas más golpeadas por la guerra.

Está cerca del pueblo donde vio por última vez a Rosa en 1982, el año en que Martina y Silvia fueron adoptadas por las familias italianas.

Aferrándose a su apreciado album de fotografías con los únicos retratos que ella tiene de su nieta, Lucía contó cómo su familia estaba huyendo de una operación del ejército contra la guerrilla cuando Rosa fue alcanzada por metralla.

En la confusión, la niña se vio separada del resto de la familia.

Después se enteraron que ella había sido llevada a un hospital militar, luego a un orfanato y después ofrecida en adopción.

El juez la registró como "abandonada".

"Tal vez ella vuelva algún día, al menos una vez para vernos", dijo la abuela con tristeza.

"Miedo de perder"

Los padres de Rosa murieron durante la guerra y Lucía es ahora su familiar viviente más cercano. Lo último que supo de Rosa es que está viviendo con su madre adoptiva en el estado de Virginia, en EE.UU.

Según Alexis Rivas, un sicólogo que trabaja con la Asociación Pro-búsqueda, cerca de una cuarta parte de los jóvenes ubicados en el extranjero no han regresado a conocer sus familias biológicas en El Salvador.

"Ellos tienen sus propias familias, tal vez tienen miedo de perder lo que tienen, o tienen rabia porque piensan que los regalaron", explicó.

Sin embargo, para Martina, que ya regresó a su hogar en Italia, no hay nada que temer.

"Es apenas cosa de descubrir tus raíces", dijo, "algo de qué estar orgulloso, algo extra, pero no cambia nada, no cambia quién eres".

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